Entre la joven que la mirada masculina convierte en objeto de deseo o en damisela en apuros, y la anciana a quien se tolera como abuela, bruja o excéntrica, hay una edad de la mujer, a partir de los 40 o 50, que la cultura pop ha tendido a esquivar o a despachar con arquetipos como la vecina entrometida, la solterona rara o las variaciones de la Castafiore de Hergé que servían, en el mejor de los casos, como alivio cómico y, vistos en retrospectiva, encarnan los usos y prejuicios sociales de su época.
La ilustradora suiza Cati Baur (Ginebra, 1973), antes librera, editora y autora de un popular blog sobre cómics, forma parte de la avanzadilla creativa que en los últimos años aboga por situar el foco en este perfil hasta ahora proscrito de la representación pública: ese “gran batallón perimenopáusico”, en palabras de la propia autora, que ya asoma la cabeza en ficciones audiovisuales y cómics. La protagonista de “Marcie. Punto de inflexión” (2025; Garbuix Books, 2026, traducción de Marta Armengol) tiene 49 años y medio y una hija adolescente, pero también sofocos, insomnio y kilos que se le han plantado en la puerta sin cita previa. La llegada de canas y arrugas la ha dejado sin empleo y la ha convertido en una presencia casi invisible para los demás, una dolorosa desaparición del campo visual ajeno que no duda en llamar “el superpoder de las mujeres de cincuenta años”. Baur dibuja a su heroína alta, algo corpulenta y desgarbada, con barriga y ojeras, para recalcar el absurdo de esta invisibilización pública.
La metáfora sociológica está servida. Una sociedad obsesionada por la visibilidad y la exposición permanente fabrica, sin pretenderlo, a la investigadora perfecta: quien mejor observa porque nadie la observa a ella. Este es el verdadero eje narrativo de un cómic que se disfraza a ratos de comedia y a ratos de novela negra. En su estreno como investigadora, a la protagonista se le encomiendan primero asuntos menores, perros desaparecidos y vigilancias rutinarias, hasta que, durante una guardia, presencia la caída de una joven desde una ventana y ve salir del edificio a una figura cubierta por una sábana.
La investigación sobre el nuevo caso no es más que una excusa para la reconstrucción identitaria de la protagonista, que comienza con la recuperación de su primer nombre, Marcie, oculto hasta ahora tras el más sonoro Carol. Marcie emprende un viaje a Nueva York para resetear una posibilidad de sí misma que había aplazado sine die. Baur estira la metáfora hasta bordear peligrosamente el gag recurrente, pero finalmente logra integrar el espinoso asunto del edadismo de forma fluida, sin convertirlo en una tesis que los personajes se vean obligados a recitar. La autora despliega además un ingenioso juego cromático que vira del gris a los tonos pastel en función de la evolución del personaje.
Este despertar, casi siempre ligado a un cambio de escenario, es una constante en la obra de Baur, donde no escasean los perfiles anodinos con una vida que parece ya escrita hasta que se filtra la luz por una de las grietas. Ya le sucedía a la Marie de “Vacance” (Delcourt, 2009, inédita en España), una profesora de inglés inmersa en una crisis existencial y familiar que sucumbe al impulso de comenzar una nueva vida. La angustia y la melancolía de la protagonista se matizan en clave de sororidad en obras posteriores como “Aguachirri” (2023; Garbuix Books, 2024), uno de los escasos trabajos de la autora publicados en nuestro país, en el que cuatro amigas en torno a los 40 se reinventan creando un espacio común.
“Marcie. Punto de inflexión” abunda en el feminismo de feel good comedy de “Aguachirri”, pero bajo esa ligereza queda un poso más serio de lo que parece. Tirando del hilo, es inevitable emparentarla con “Cassandra Darke” (2018; Salamandra Graphic, 2020), de la autora británica Posy Simmonds, con quien comparte la mirada agridulce sobre las sociedades contemporáneas y un dibujo delicado y en apariencia naíf. En su genealogía figura también la dibujante francesa Claire Bretécher (1940-2020), con su concepción de la historieta como microsociología y su naturalidad para retratar el cuerpo y las situaciones incómodas.
La autora ha anunciado que la historia continuará en forma de trilogía, y lo interesante será ver cómo sostiene esa inversión de la mirada sin convertirla en fórmula. El reto es doble: lograr que la invisibilidad siga funcionando como herramienta narrativa cuando el personaje ya ha aprendido a usarla, y dejar que Marcie siga cambiando sin quedar atrapada en lo que la hace, de entrada, una protagonista tan poco habitual. ∎