Si los productores han ocupado durante décadas una posición secundaria en el relato de la música popular (a medio camino entre el mito del genio en la sombra y la nota a pie de página), aún más invisibles han sido los ingenieros y técnicos de sonido: quienes colocan el micrófono, corrigen el acople, entienden la mesa de mezclas y lidian con la cinta, con la sala, con la voz que no entra o con el músico que llega tarde. Por eso “El oficio de grabar discos. Conversaciones con Joan Surribas” merece, de entrada, cierta celebración: porque documenta un trabajo del que depende buena parte de lo que oímos y sobre el que, sin embargo, casi nunca se escribe.
El libro de César Prieto Álvarez se articula como una larga conversación organizada en capítulos biográficos, cada uno precedido por una breve introducción contextual. Es una fórmula habitual en los ‘Cuadernos Efe Eme’ y funciona aquí como una especie de memoria oral del oficio. Prieto ya había mostrado interés por estas zonas laterales de la historiografía pop en títulos como “Un soplo en el corazón. El misterio de Family” (2024) o “Papeles subterráneos. Fanzines musicales en España desde la transición hasta el siglo XXI” (2021), su historia de los fanzines musicales en España, y aquí vuelve a dirigir el foco hacia otra trastienda poco documentada: la del estudio de grabación. Joan Surribas trabajó como ingeniero de sonido en los estudios EMI-Odeón de Barcelona y posteriormente en estudios Belter, estudios Coral o los estudios KS y KSZ, además de realizar alguna producción puntual. Su carrera atraviesa buena parte de la industria discográfica española de la segunda mitad del siglo XX.
Ahora bien, conviene aclarar qué tipo de libro es este. Quien espere encontrar un análisis detallado de técnicas de grabación, de modelos de consola o de procedimientos con cinta magnética probablemente se quedará con ganas de más. El libro no documenta apenas esos aspectos. Lo que recoge son, sobre todo, las batallitas de estudio: episodios entre bambalinas, recuerdos de artistas, historias de gestión y supervivencia dentro de la industria. Aparecen episodios como el proyecto “Cuba le canta a Serrat” (2005), las dificultades económicas de los Estudios KS (que Surribas prácticamente tuvo que sostener por sí mismo ante la mala gestión de su socio Josep Mas “Kitflus”, cuenta) o su participación en distintos proyectos vinculados a otros eventos como los Juegos Olímpicos o sus estancias en Miami. Sí hay algunos apuntes históricos útiles, por ejemplo cuando relata cómo viajaba a París para realizar procesos de masterización en el momento en que la industria estaba transitando de los estudios analógicos a los digitales. Con ese tipo de detalles se puede reconstruir parcialmente el contexto técnico de la época, aunque el libro rara vez se detiene a explicarlo con profundidad.
El volumen funciona, por tanto, más como archivo de memoria profesional que como documento técnico sobre las artes de la grabación. El problema es que, para llegar a todo eso, a veces una tiene que hacer de tripas corazón. Porque la conversación arrastra un tono generacional que en algunos momentos resulta francamente rancio. No tanto por lo que cuenta Surribas –que a sus 85 años habla desde su época y no se le puede pedir más– sino por cómo se presentan ciertos pasajes en la propia introducción del libro. En la segunda página se menciona, por ejemplo, que tras divorciarse de su primera esposa se casó con “una cubana mucho más joven que él, que también le había sacado todo el dinero”. No es una cita del entrevistado (probablemente lo sea de forma indirecta, aunque no se haya documentado como tal): es una descripción del propio autor. No se trata de pedirle a un hombre de 85 años que hable desde los códigos actuales. Pero sí de recordar que el modo en que se redactan ciertas escenas también forma parte de nuestro trabajo.
Aun así, el libro rescata una memoria de estudio que rara vez queda registrada y lo hace de forma accesible y ordenada. Hay libros que destacan por sus ideas y otros por el vacío que vienen a cubrir. Este pertenece a la segunda. Es suficiente para que se valore alto. ∎