Serie

El caballero de los siete reinos

Ira Parker & George R. R. Martin(T1, HBO Max)
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A estas alturas, convenía acercarse a “El caballero de los siete reinos” (2026-) con cautela, y diría que hasta desconfianza. “Juego de tronos” (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019) no solo tropezó en su recta final, sino que dejó la sensación de haber dilapidado su propio mito. “La casa del dragón” (George R. R. Martin y Ryan Condal, 2022-), pese a su ambición narrativa y visual, a menudo se sintió como una lección de genealogía westerosi con abundantes pelucas: más interesada en el linaje que en la emoción inmediata.

Por eso, cuando HBO estrenó esta nueva adaptación de las novelas cortas de George R. R. Martin centradas en Dunk y Egg, con el canadiense Ira Parker –que ya participó en la primera temporada de “La casa del dragón”– como showrunner, la impresión inicial era cuando menos escéptica. El tono parecía más ligero, incluso cómico, como si la franquicia hubiera decidido reírse de sus propios códigos caballerescos. Había algo casi sospechoso en esa aparente modestia.

Y, sin embargo, ahí reside su mayor acierto: la reducción de escala. Aquí no hay amenazas apocalípticas ni intrigas palaciegas que abarquen continentes. La historia parte de un objetivo sencillo: un joven y enorme caballero andante, Duncan el Alto (Dunk), intenta abrirse camino en un torneo y sobrevivir con dignidad. Es un planteamiento mínimo para una saga acostumbrada al exceso, y precisamente por eso resulta refrescante.

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La primera temporada (breve, de seis episodios de media hora cada uno) confía en la claridad. Dunk no es un héroe predestinado ni un estratega brillante; es un hombre honesto, inseguro, empeñado en estar a la altura de un ideal que quizá le queda grande. Su relación con Egg, el muchacho que insiste en convertirse en su escudero, constituye el corazón emocional del relato. Lo que comienza como una dinámica casi cómica evoluciona hacia un vínculo más complejo, atravesado por cuestiones de identidad, clase y responsabilidad.

Frente a la densidad casi enciclopédica de entregas anteriores, “El caballero de los siete reinos” opta por la economía narrativa. Los personajes secundarios aparecen con trazos definidos y no exigen del espectador una cartografía mental interminable. No hace falta consultar árboles genealógicos; basta con seguir el trayecto de estos dos viajeros. La estructura, heredada de las novelas originales, tiene algo de relato itinerante: cada parada aporta matices sin diluir el foco central.

El tono más ligero no implica frivolidad. La serie introduce humor (en las canciones de taberna, en los roces sociales, en los momentos de torpeza), pero no como parodia, sino como desmitificación. Es como si vinieran a sugerir que la caballería no siempre está a la altura de su leyenda. Las justas no se presentan solo como espectáculo, sino como experiencia física y peligrosa. La cámara se acerca, encierra al espectador en el casco, reduce el campo de visión. La épica se vuelve corporal. Sin necesidad de grandes batallas multitudinarias, la tensión alcanza una intensidad que recuerda por qué este universo siempre funcionó mejor cuando lo íntimo y lo brutal convivían sin filtros.

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En el tramo final de la temporada, el relato se vuelve más introspectivo. Dunk debe enfrentarse a sus dudas, a su sentimiento de no pertenecer a un mundo dominado por la alta cuna. La serie explora con sutileza esa brecha entre los nacidos en la miseria y los herederos del poder, cuestionando la supuesta superioridad moral de estos últimos.

Uno de los factores que explican la solidez del conjunto es su base literaria cerrada. A diferencia de otras producciones del mismo universo, esta adaptación parte de una historia completa, con principio y fin definidos. Esa cohesión se percibe en el ritmo y en la seguridad con la que avanza la trama. No hay desvíos innecesarios ni giros abruptos destinados únicamente a sorprender.

Al final, “El caballero de los siete reinos” demuestra que Poniente no necesita ser más grande para resultar relevante. Al contrario: al reducir la escala y concentrarse en personajes concretos, recupera una claridad emocional que se había diluido entre tramas expansivas. Es un regreso a lo esencial, una reafirmación de que incluso en un mundo marcado por el poder y la violencia, todavía hay espacio para la integridad, la amistad y el derecho universal al honor. ∎

Risas medievales.
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