En “Koljós” (“Kolkhoze”, 2025; Anagrama, 2026; traducción de Juan de Sola), Emmanuel Carrère (París, 1957) se vale del “yo” no como un recurso estilístico, sino como tema principal. La muerte de su madre –la imponente historiadora Hélène Carrère d’Encausse– no desencadena solo un duelo personal, sino una revisión implacable de archivos familiares, recuerdos y, sobre todo, de una idea de Rusia que ambos compartieron durante décadas. Carrère lo revisa con la mezcla de ternura y brutalidad analítica que ha marcado su obra.
El título remite a un ritual infantil: cuando el padre viajaba, los hijos arrastraban colchones al dormitorio de los padres y dormían juntos en una especie de “granja colectiva” doméstica. Un koljós íntimo. La palabra soviética convertida en broma familiar, pero también en tesis. Rusia, para Carrère, ha sido siempre una obsesión geopolítica y una atmósfera doméstica. Una herencia afectiva antes que ideológica. En este libro, ambas dimensiones se funden.
La madre no es solo una figura privada, sino un personaje histórico. Hija del exilio aristocrático ruso, criada entre la nostalgia de un mundo perdido y el orgullo de una estirpe derrotada, terminó convertida en la gran intérprete francesa de la Unión Soviética y en secretaria perpetua de la Academia Francesa. Los presidentes la escuchaban y los platós de televisión la reclamaban cada vez que el Kremlin ocupaba titulares. Su biografía abarcaba príncipes georgianos, barones bálticos, palacios toscanos y apartamentos sombríos del exilio.
El nervio del libro no está en la crónica aristocrática, sino en la fractura ideológica. Carrère ha estado ligado a Rusia durante décadas. Escribió sobre Eduard Limónov con una mezcla de fascinación y repulsión y durante años compartió, en cierta medida, esa fascinación francesa por Rusia como territorio de intensidad moral y exceso espiritual. Una Rusia más profunda, más trágica, más auténtica que la Europa administrativa.
Su madre encarnaba esa pasión, pero en ella derivó hacia la indulgencia. A medida que Vladímir Putin consolidaba su poder, ella insistía en la necesidad de comprender a Rusia, de no humillarla, de aceptar sus particularidades. Carrère reconoce que él mismo tardó en romper ese hechizo. La invasión a gran escala de Ucrania actúa en “Koljós” como un terremoto ético. Viaja a Georgia, tierra de sus antepasados, y a Ucrania, escucha a escritores y filósofos que lo obligan a mirar a Rusia no como mito cultural, sino como potencia colonial.
Esos pasajes podrían haber desviado el libro hacia el reportaje político, pero funcionan como contrapunto íntimo. La muerte de la madre coincide con la muerte de una idea de Rusia. El duelo familiar se superpone al desencanto histórico. El adolescente que leyó “El idiota” (Fiódor Dostoyevski, 1869) como rito de iniciación descubre que esa educación sentimental conllevaba un lado oscuro: amar Rusia implicaba comprar el relato de que siempre era la incomprendida, nunca la responsable.
El “yo” carrereano se somete aquí a examen. Las sesiones de terapia ocupan el centro estructural del libro: escenas infantiles que se repiten en la vida adulta como variaciones obsesivas. ¿Confesión o puesta en escena? A estas alturas, lo que pedimos a Carrère no es exactitud notarial, sino esa vibración emocional que convierte cada libro en una especie de autopsia en tiempo real.
En las páginas finales, el libro se vuelve vigilia. La intelectual brillante se reduce a una mujer que agoniza, capaz todavía de ternura sin olvidar su paradigmática dureza. Carrère no edulcora su legado: registra la severidad hacia el marido, la obstinación, los gestos de gracia. Hay espacio para una piedad dubitativa, pero aquí lo que importa es la atención documental, sin complacencia ni caricatura.
“Koljós” es, en última instancia, una reflexión sobre la herencia. Linajes, ideologías, estilos literarios: todos funcionan como granjas colectivas donde aprendemos a vivir antes de elegir. Carrère no resuelve la tensión entre amor y verdad, pero la mantiene en ebullición. Y en esa ebullición reconocemos al escritor que ha convertido su vida en laboratorio moral, dispuesto a arriesgarlo todo, incluso el afecto, para seguir preguntándose qué significa decir “yo”. ∎