Serie

Eric

Abi Morgan(miniserie, Netflix)
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“Eric” (2024) es una serie sobre monstruos. Más exactamente, sobre el monstruo que cada uno de nosotros llevamos dentro. En ocasiones este se mantiene oculto de por vida, pero, en otras, aparece en momentos de crisis, cuando el mundo parece venirse abajo. Así, cada uno de los personajes de esta miniserie creada por Abi Morgan (Cardiff, 1968) sobre la desaparición de un niño esconde ese lado oscuro y monstruoso. Todos ocultan algo, incluso la propia ciudad de Nueva York, cuyos túneles están habitados por vagabundos y pobres que no tienen donde vivir. El monstruo principal es el padre del niño, Vincent, interpretado por Benedict Cumberbatch, creador de marionetas en un programa infantil titulado “Good Day Sunshine”. Sin embargo, lo que lo caracteriza no es precisamente la luz, sino los traumas que lleva literalmente a rastras. Un proceso de autodestrucción que afecta a los que lo rodean y especialmente a su hijo, quien desaparece de casa afectado por las constantes discusiones entre sus padres. Una oscuridad que se transmite al hijo, quien, como dice el portero de la casa donde vive la familia, está formado por cuatro partes de oscuridad y ninguna de luz.

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A todo esto hay que añadir el opresivo ambiente del Nueva York de los años ochenta. Una ciudad inundada por la basura, la delincuencia, los problemas raciales y el proxenetismo. Aquí es donde aparece la verdadera trama de la serie, más potente que la historia del niño llamado Edgar: la desaparición de un chico afroamericano de 14 años y su relación con la prostitución infantil. Un caso que es investigado por el detective negro y homosexual interpretado McKinley Belcher III, cuya vida y problemas interesan más que los del padre. Durante su investigación recorre la ciudad, una especie de Sodoma en cuyas calles viven toda clase de personajes, policías, políticos o empresarios corruptos que cargan con sus propios monstruos. En el caso de Vincent, alcohólico, de trato imposible y autodestructivo, este monstruo se materializa en forma de muñeco gigante que le sigue por todas partes. Un diseño en realidad creado por su hijo y que muestra cómo el niño ve al padre.

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Hasta aquí las ideas más interesantes de “Eric”, una serie que se sirve de una estructura y desarrollo de personajes basados en un psicologismo forzado y, en cierto modo, infantil. El episodio final muestra de forma clara esta forma de imponerse a los personajes, la búsqueda forzada de redención –uno de los grandes males del cine– y de cerrar, a base de martillazos, el arco de transformación del personaje del padre, quien, por supuesto, ve finalmente la luz. El niño, quien debería haber sido el verdadero protagonista, queda como una marioneta, vacío. La serie ha dejado de lado el punto de vista infantil, siempre tan escaso en el medio audiovisual, y se ha centrado en el de los adultos, que parecen estar escritos siguiendo un manual de guion hasta la última página, la cual nos lleva a un poco creíble clímax final. A veces dejar cosas abiertas en las series permite respirar a los personajes, hacerlos irredimibles, incompresibles y fascinantes. Y mostrar cómo funciona la vida sin una explicación clara y cerrada de las cosas ayudaría a que series como esta aportaran una mirada propia y singular. ∎

En el nombre del padre.
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