El mundo se acaba y ¿qué hace nuestro hombre? Comerse unas aceitunas. Como suena. “Hoy se acaba el mundo y me estoy comiendo unas aceitunas”, informa. El plan original, detalla, era hacerse una pizza, pero lo único que quedaba en las estanterías era un bote de aceitunas rellenas de pimiento. Menos da una piedra, claro. “¿El mundo se va a pique y me quiere dar dinero? ¿Y qué tengo que hacer, si se puede saber?”, replica con sorna la cajera cuando el protagonista intenta pagar. Un par de párrafos más, sonrisa congelada del que no sabe si reír o llorar porque maldita la gracia, y se acabó. A otra cosa. Lo que, en este caso, significa pasar la página y descubrir que, una vez más, Etgar Keret (Tel Aviv, 1967) lo ha vuelto a hacer. Máxima eficacia con los mínimos recursos. George Saunders envasado (aún más) al vacío. Lydia Davis rebozada en humor negro y con desconcertantes reality shows líderes de audiencia en universos paralelos.
A grandes males, historias diminutas, algunas poco más que un suspiro eléctrico y metálico, como las de “El blues del fin del mundo” (“Autocorrect”, 2024: Siruela, 2026; traducción de Ana Martínez Bautista y Claudia Riesco Muñoz), la nueva colección de cuentos del escritor israelí seis años después de “Avería en los confines de la galaxia” (2019; Siruela, 2020). Si en aquella antología Keret ya desplegaba sobre la mesa un abracadabrante arsenal de familias averiadas, tecnología intrusiva, reencarnaciones extemporáneas, cazadores de Pokémon e incluso clones de Adolf Hitler, los 32 relatos de “El blues del fin del mundo” son un nuevo pulso ganado al absurdo que nos gobierna; una soberbia exhibición de cortofondismo narrativo capaz de ventilar temas como el divorcio, la IA, la religión, las drogas, la muerte y, en fin, el fin del mundo, en un par de páginas.
“Vivir es la cosa más fácil del mundo. Ahora bien, sobrevivir es otra historia”, escribe Keret con una de esas frases-latigazo, iridio literario de alta resistencia y composición deliberadamente extraña, con las que construye, capa a capa, unos relatos de extraordinaria clarividencia. “Si antes mis personajes pretendían cambiar el mundo, ahora quiero que se mantengan firmes mientras el mundo pretende aplastarlos”, reconocía el autor de “Pizzería Kamikaze” (Siruela, 2008) en una de las entrevistas promocionales de esta colección que se balancea melancólicamente entre el disparate, el delirio y la inevitable tristeza de todo aquello condenado a acabar mal, cuando no fatal.
El humor ayuda, pero las conclusiones son casi siempre devastadoras. Lo sabe bien el protagonista de “Autocorrección”, cuento que da título a la edición original del libro y en el que diferentes variaciones de un mismo momento acaban estampándose contra la inevitabilidad del destino. También los críos israelíes de “Perro por perro”, en la que Keret resuelve un episodio de tensión y aparente venganza bíblica de la manera más original y sobrecogedora posible. En este caso, necesita la friolera de siete páginas, extensión que delimita algunas de sus grandes gestas.
Porque su gran habilidad, su asombroso superpoder, es la capacidad de construir todo un mundo en un par de cuartillas y demolerlo con una sutil coda final. Página y media para el romanticismo caníbal –o canibalismo romántico, tanto monta– de “Pregunta hipotética”; ocho para el delirio de MDMA, sinagogas y rituales religiosos de “Precepto”; apenas cuatro para las visitas turísticas alienígenas de “Viaje organizado”. A partir de ahí, casi todo es posible: futurismo desencantado, ciencia ficción de proximidad, la luz (apagada) al final del túnel y el ser humano entregado al noble arte de tropezar por millonésima vez con la misma piedra. Desamor en tiempos de capitalismo salvaje, dentistas convertidos en tertulianos, androides educados para emerger como almas gemelas de personas de carne y hueso y viajes en el tiempo para perder peso.
En “Intención”, escrito poco después de los ataques del 7 de octubre, Keret descomprime la historia de un judío ultraortodoxo que reza por la liberación de los rehenes mientras compra schnitzels y sushi congelado siempre en el mismo mercado porque está enamorado de la cajera. “Yehiel-Nahman hacía veinte años que rezaba a Dios. Veinte años enteros en que no pasó ni un solo día sin pedir casarse, encontrar trabajo, tener salud y que llegase la paz a Israel y en que no pasó nada de eso. Yehiel-Nahman seguía igual de asmático, pobre y soltero que siempre, y no se avistaba ningún indicio de paz en el horizonte”, escribe Keret, oráculo involuntario de ese fin del mundo que nos espera a la vuelta de la esquina. ∎