Los tiempos en los que una serie se comprometía con su premisa central, con un núcleo dramático construido con hormigón aristotélico, parecen cada vez más lejos. Hace unos años, incluso las ficciones que no estaban ancladas al hermetismo cotidiano del procedimental parecían vivir “atrapadas” en una especie de designio divino cincelado tanto por el showrunner como por la propia recepción de la audiencia: esto es lo que eres. Por supuesto, vamos a obviar a los raros de la clase, que siempre los hay, y a sacar de la ecuación sitcoms, miniseries y series antológicas tipo “Fargo” (Noah Hawley, 2014-2024), pero tomando como ejemplo solo tres obras tan diferentes como “Los Soprano” (David Chase, 1999-2007), “Mad Men” (Matthew Weiner, 2007-2015) o “Girls” (Lena Dunham, 2012-2017) –por proponer tres puntos álgidos de la televisión contemporánea bien diferentes en forma y fondo– se entiende la idea: obras que, a pesar de posibles variaciones en el devenir de su propio desarrollo, están atravesadas por un motor –mafiosos haciendo terapia; publicistas en caída existencialista; chicas millennial a corazón abierto– que se muestra inalterable desde el primer plano hasta el último corte. Puede que suene reduccionista, pero era justamente este tipo de esencialismo el que daba a una serie su fortaleza interna, casi su razón de ser. Quizá “Succession” (Jesse Armstrong, 2018-2023) sea el canto de cisne de este modelo catódico en cuanto a popularidad se refiere. A riesgo de contradecirme, es evidente que se seguirán produciendo series que encajen más o menos en ese perfil en peligro de extinció, pero, al menos en clave crítica, ¿seguirán interesando? ¿No hemos superado ya ese estado de la ficción televisiva? Quizá (ciertos) seriales de largo recorrido han entendido que en la reinvención está su supervivencia como arte, por muy paradójico que pueda parecer. E “Industry” (2020-) se ha convertido, de tapadillo y probablemente más por inercia que voluntariedad, en paradigma de esta intuición.
Por supuesto, la serie creada por Mickey Down y Konrad Kay tiende un hilo temático inquebrantable –ya se sabe, una exploración de los resortes de la City y sus afluentes– de su primera a su cuarta temporada, pero el abismo que hay entre una y otra, tanto a nivel de intereses narrativos como de soluciones estéticas, es tan evidente que uno puede llegar a preguntarse si está siguiendo la misma serie. Es ahí donde vuelve ese pensamiento inicial con el que imaginar una “Industry” emitida hace unos quince o veinte años en la que probablemente todavía estaríamos en el parqué de Pierpoint & Co. viendo cómo los personajes se desenvuelven a base de puñaladas verbales, mucha coca y poco afecto en este océano de números y jerga indescifrable, subiendo o bajando de planta, pero siempre bajo el cobijo de ese banco de inversión londinense que nos los dio a conocer. Poco queda ya de ese retrato de una cultura laboral tóxica y claustrofóbica –¿alguien se acuerda del pobre diablo que muere de un ataque al corazón por consumir demasiados estimulantes en el primer episodio de la serie?–, de las ambiciones laborales con aires de bildungsroman de esos jóvenes novatos rodeados por tiburones con el ala rota. Ahora, abundan las suites de hotel y las mansiones de campo de la nobleza británica, aunque sean en claroscuro; se priorizan los tejemanejes políticos y los cauces corruptos del cuarto poder. Solo perviven el imperialismo de la libra y los mismos personajes que se desviven por ella.
Un cambio que, por otra parte, se ha ido dando de forma orgánica, incentivado por la necesidad de crecer a la par que sus personajes y, sobre todo, por un súbito estallido de popularidad tras una segunda entrega que alcanzó en todo su esplendor dramático esa hiperventilación bursátil que prometía la esencia de la serie desde sus inicios, con momentos de auténtica taquicardia capaces de transformar la oscilación de una gráfica en un espectáculo a mayor gloria de cualquier criptobro. Como resultado de esa inyección de atención, la tercera temporada se decantó por ampliar el foco disgregando a sus personajes hacia otros entornos profesionales y sentimentales, con una cierta querencia por el melodrama –que si un parricidio, que si un triángulo amoroso, que si una adicción al juego con final fatal– que se mostraba más contenida en sus tonalmente más asépticas y realistas primeras entregas.
Con Pierpoint vendida y (casi) olvidada, la cuarta temporada ha potenciado esa línea operística, con el acierto de dibujarle unos contornos mucho más oscuros que encajan mejor con la decisión de desplazar la serie hacia el thriller de conspiraciones financieras con reverberaciones geopolíticas. Si funciona es sobre todo gracias a la capacidad de concentrar la totalidad del peso narrativo en la trama alrededor de Tender, un procesador de pagos liderado por una especie de Tom Ripley reptiliano encarnado magistralmente por Max Minghella que atrae de una forma u otra a los jugadores ya conocidos: la pareja formada por Yasmin (Marisa Abela) y Henry (Kit Harington) se ve comprometida desde dentro, mientras que la nueva asociación entre Harper (Myha’la) y Eric (Ken Leung) apuesta en corto contra la compañía, considerándola fraudulenta. El añadido de una investigación periodística manchada por la mala praxis termina de moldear el nuevo agarre genérico.
El capital de la serie –más presupuesto, más promoción, más caras conocidas, más música increíble– ha crecido a la par que el de sus personajes. Pero lo que ha ganado en prestige parece haberlo perdido en ingenuidad y joie de vivre –incluso las drogas y el sexo pierden su carácter ocioso y pasional en pos de una difusa funcionalidad maquiavélica–. Pero, sobre todo, ha perdido corazón: la ausencia de Rob, el único personaje capaz de equilibrar la aparente sociopatía del resto, pesa demasiado en este sentido. Y ni la buena voluntad de ese periodista viscosillo interpretado por Charlie Heaton, ni el atisbo de algo de humanidad en Harper, ni mucho menos las idas y venidas muy a cuentagotas de la amistad de esta con Yasmine como núcleo emocional de la serie logran dulcificar la miseria moral imperante, con sirs que prefieren ser condenados antes que convertirse en plebeyos, o madames de la información y el chantaje capaces de arrimarse a la extrema derecha mediante un servicio de escort de menores si es lo que el ansia de poder reclama. La turbiedad de una escalada elitista y sin fondo ético en la que la manipulación del mercado ya parece lo de menos. Al final, en la enésima perversión capitalista, son los brókers los que, aunque sea de forma colateral –su objetivo no deja de ser el enriquecimiento de su fondo de inversión–, dinamitan el fraude dentro de un sistema podrido. Aunque el hecho de que los dos creadores de la serie sean exbanqueros debería hacernos sospechar, por mucho que su voluntad sea precisamente quitarle romanticismo a la vida de estas criaturas.
Quizá “Industry” ha saltado el tiburón más de una vez, pero en su caso esa parece la razón de su propulsión más que el motivo de un posible naufragio: manteniéndose intacta en su notoria construcción de diálogos y sintiéndose vivificada en su capacidad de armar una trama con entidad propia, ha conseguido, con permiso de Jesse Bloom, su mejor temporada hasta la fecha. Su quinta y última, con suerte, será otro salto, otra cosa. ∎