Despachos del comportamiento humano.
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James Baldwin: munición intelectual

La obra de James Baldwin es fundamental para entender la condición y situación de los afroamericanos y de qué manera, desde el pensamiento occidental, han funcionado –y siguen funcionando– los sometimientos de raza, género y clase social. Parte de su prosa está vinculada a su cometido en la época más decisiva de los Derechos Civiles, pero no se le debe ver solo como un autor teórico: su literatura es fluida, firme, rica en descripciones y sutil en las ambigüedades del comportamiento humano (negro, blanco, hetero, gay). Varias editoriales, especialmente Sexto Piso –que ha iniciado su “Biblioteca James Baldwin”–, están reeditando sus libros en España coincidiendo con el centenario del escritor.

El centenario del nacimiento de James Baldwin (1924-1987) coincide con el de Truman Capote, otro disidente, también homosexual, de las mejores letras estadounidenses. Precisamente un episodio de la reciente serie “Feud: Capote vs The Swans” (Jon Robin Baitz, 2024) fantasea con un encuentro entre los dos escritores que le sirve a Capote para avanzar un poco en la redacción de la inconclusa “Plegarias atendidas” (1986), la ascesis de la literatura gossip a partir de la relación del escritor con sus amistades femeninas de clase alta. En esta reunión imaginaria, Capote le expresa a Baldwin lo que le disgusta de ellas, su sutil clasismo y racismo; que quieran a los negros de sirvientes y a los gais para divertirse. Capote era gay y blanco, y podía entretener con sus cotilleos a la refinada burguesía en sus fiestas, cenas y cócteles. Pero Baldwin era gay y negro, y estando extendida la homofobia en los años sesenta, peor era el racismo. De modo que Baldwin no podría haber entretenido, tan solo servir.

Pero este encuentro pudo ocurrir, aunque desde una perspectiva distinta, al margen de que el autor de “Desayuno en Tiffany’s” (1958) asegurara en una entrevista que gracias a él Baldwin pudo empezar a publicar. En una secuencia de otro trabajo en torno a Capote, “Truman Capote” (Bennett Miller, 2005), una de las dos películas centradas en el proceso de elaboración de su libro de no ficción “A sangre fría” (1966), el novelista blanco, encarnado por Philip Seymour Hoffman, cuenta en una fiesta que estuvo comiendo con Baldwin y le pareció un tipo encantador, pero que comentó que su novela no quería ser problemática. Capote hace una pausa, procura una de sus habituales sonrisas cínicas y explica lo que le contestó a Baldwin:“Es sobre un negro homosexual enamorado de un judío. ¿Cómo no va a ser problemática?”. Capote no especifica de qué novela se trata, pero por las fechas en las que acontece el filme y las de la aparición de los libros de Baldwin, puede ser “El cuarto de Giovanni” (1956; Bruguera, 1983; Sexto Piso, 2024) o bien “Otro país” (1962; Versal, 1984; Tres Puntos, 2018), aunque sus tramas no coinciden exactamente con este argumento.

James Baldwin, 1963.
James Baldwin, 1963.
Es una frase inventada por el guionista del filme, pero nos dice bastante sobre Baldwin. Leyendo entonces y hoy sus textos, queda meridianamente claro cuáles eran los parámetros ideológicos en los que se movía. Y no solo eso. Para alguien blanco, europeo, heterosexual, cisgénero y de clase media (como quien esto firma), las novelas y ensayos de Baldwin son los que mejor explican lo que representaba ser negro y homosexual estadounidense en los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo. Y sin embargo, con enorme honestidad y lucidez intelectual, Baldwin, como asegura en la ficción sobre Capote, no deseaba ser problemático. Quería aportar, esclarecer y sumar, buscar soluciones, situándose en posiciones intermedias a las de tres de sus amigos asesinados, Medgar Evers –miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, y sobre cuyo asesinato escribió Bob Dylan “Only A Pawn In Their Game”, una de las canciones del álbum “The Times They Are A-Changin’” (1964)–, Malcolm X y Martin Luther King, sobre quienes inició en 1979 un ensayo inacabado cuyo texto daría pie a la película de Raoul Peck “I Am Not Your Negro” (2016) y al libro compartido “No soy vuestro negro” (2016; Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2022), un diáfano recorrido por el movimiento afroamericano en la era moderna.

Relaciones y estancias

Nacido en el barrio neoyorquino de Harlem, Baldwin era el mayor de nueve hermanos y nunca conoció a su padre biológico. Desde muy pequeño convivió con el nuevo marido de su madre, un estricto predicador baptista de Nueva Orleans, David Baldwin, quien ejerció sobre él un considerable maltrato psicológico. Entre otras cosas, le decía que era el niño más feo que había visto nunca. Baldwin, posteriormente, se describiría a sí mismo como negro, feo y pobre, omitiendo su condición sexual.

Si su primera novela,“Ve y dilo en la montaña” (1953; Lumen, 1972), partía de experiencias propias, sobre todo en la relación con su padrastro y el papel de la iglesia pentecostal en la comunidad afroamericana, la segunda, “El cuarto de Giovanni”, es una de las primeras en tratar abiertamente relaciones homosexuales en la literatura estadounidense. Ambientada en París, ciudad en la que se instaló Baldwin en 1948 huyendo por igual de la segregación racial como de la persecución de la homosexualidad, la complejidad de la novela es remarcable, ya que no se limita a narrar la relación entre el joven norteamericano y el camarero italiano de un bar gay, sino que en sus páginas, de prosa cuidada y rabiosa, laten temas como el conflicto entre homosexualidad y bisexualidad, la homofobia no reconocida, los orígenes de clase y la masculinidad.

James Baldwin en París. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture.
James Baldwin en París. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture.

En el oasis parisino que halló Baldwin en la década de los cincuenta –como tantos otros artistas afroamericanos afincados en la capital francesa en aquellos años–, a la homosexualidad se la denominaba les goûts particuliers. Pero es solo uno de los temas que explora una novela donde el conflicto racial no tiene aún cabida, al revés que el de clase. Baldwin es feroz con sus personajes, a la vez que flirtea con imágenes soñadas, sonámbulas, transfiguradas en las que los reflejos cuentan más que las realidades: “El germen se encuentra en algún punto delante de mí, atrapado en el reflejo que observo en la ventana mientras en el exterior se hace de noche”, comenta David, narrador de la novela, sobre las razones por las que escapó a su primera exploración homosexual en la adolescencia. Y más adelante: “Fijé la vista en el coñac ambarino y en los círculos húmedos sobre el metal. Muy por debajo, atrapado en ese metal, el perfil de mi rostro me miraba con desesperanza”.

En el libro también escribe que nada resulta más insoportable, una vez alcanzada, que la libertad. Quizá por ello volvió a su país en 1957, comprometido activamente en el movimiento por los Derechos Civiles, pero los sucesivos asesinatos de Evers (1963), Malcolm X (1965) y King (1968) pusieron en cuestión algunas de sus convicciones. Enfermó tras una crisis nerviosa prolongada y se instaló definitivamente en el sur de Francia, en la localidad de Saint-Paul-de-Vence, donde fallecería en 1987.

James Baldwin junto a Joan Baez manifestándose en Selma, 1965. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture. Foto: James Karales
James Baldwin junto a Joan Baez manifestándose en Selma, 1965. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture. Foto: James Karales

Si hay un decorado reconocible en la literatura de Baldwin, ese es el de las habitaciones pequeñas, claustrofóbicas. Escribe en “El cuarto de Giovanni”: “El sol apagado fisgoneaba por alguna que otra esquina del atestado cuarto”, el cuarto en el que se comprime y agota la relación de los amantes. En “Otro país”, Rufus, un músico de jazz, vive en un cuarto igual de pequeño que el de Giovanni, un lugar para uno en el que quizá se instale también su amante Leona, otro espacio atestado y compartido. En su penúltima novela, “El blues de Beale Street” (1974; Versal, 1987; Literatura Random House, 2019), llevada al cine por Barry Jenkins en 2018, los jóvenes Tish y Fonny comparten sus mejores horas, y sus sueños de una vida mejor, en la pequeña habitación en la que habita él; aquí es un espacio para la felicidad. En “Otro país” se describen comportamientos igual de dolorosos y mucho más autodestructivos que en “El cuarto de Giovanni”, pero en “El blues de Beale Street” anida algo de esperanza pese a la magnitud de la violencia y represión sobre los protagonistas negros ejercida por los estamentos de poder blancos.

Baldwin asegura en esta novela que siempre es un misterio la forma en la que la gente se quiere. Si “El cuarto de Giovanni” versa sobre una relación homosexual entre blancos y “Otro país” sobre una conflictiva relación interracial –con un retrato muy poco halagüeño del romantizado Greenwich Village–, “El blues de Beale Street” expone una relación heterosexual entre negros. Es una historia de amor evocada, ya que en el tiempo presente del relato Fonny está en la cárcel acusado de haber violado a una mujer blanca, mientras Tish, embarazada, intenta demostrar su inocencia. El estudio del racismo, y como se ejerce a través de la corrupción policial o judicial, sustituye a la observación sobre la homosexualidad y la cuestión de género.

El blues y el jazz están bien presentes en la narrativa de Baldwin. Pero aunque el tono y la estructura de la novela tiene algo de blues, resulta mucho más interesante el título original, “If Beale Street Could Talk”. Interesante y doliente, porque Beale Street calla todo lo malo que ve. Tish habla de Nueva York como de la ciudad que nunca nos quiso y Baldwin pone en boca de la joven sus reflexiones más clarividentes: en este país, Estados Unidos, que se dice libre, un negro tiene que ser el negro de alguien, y cuando no eres el negro de nadie, eres un mal negro, y ese es el “error” cometido por Fonny, mudarse al centro con gente blanca y defender a su novia de la agresividad de un policía caucásico que no se lo perdonará. Con todo, la esperanza antes comentada, pese al final seco y cortante que tiene la novela: si has confiado durante todo este tiempo en el amor, le dice a Tish su madre, no dejes que ahora te venza el miedo. Eso es lo que intentó en todo momento Baldwin a través de sus escritos, que el miedo no lo venciera.

Nina Simone y James Baldwin. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture. Foto: Bernard Gotfryd
Nina Simone y James Baldwin. Colección de Smithsonian National Museum Of African American History And Culture. Foto: Bernard Gotfryd

Un polvorín de ideas

Escribió otras dos novelas –“Dime cuánto hace que el tren se fue” (1968; Lumen, 1974) y “Sobre mi cabeza” (1979; Bruguera, 1982)–, relatos en revistas, dos obras de teatro, un libro de poemas, uno con Richard Avedon –“Nada personal” (1964; Tusquets, 1971), textos y fotos de personajes anónimos y famosos que definen la Norteamérica convulsa del momento– y decenas de ensayos, entre ellos “Notes Of A Native Son” (1955) –cuyo título lo relaciona con “Hijo nativo” (1941) de Richard Wright, otro influyente escritor afroamericano exiliado en París y que fue su mentor–, “Nadie sabe mi nombre” (1961; Lumen, 1970, con traducción del poeta Gabriel Ferrater) –en el que incluyó retratos de Wright, Norman Mailer y un cineasta al que admiraba profundamente, Ingmar Bergman– y “La próxima vez el fuego” (1963; Capitan Swing, 2024).

Se han rodado cuatro documentales sobre su vida y pensamiento, así como cuatro adaptaciones cinematográficas de sus obras: “El hijo del predicador” (Stan Latham, 1985), a partir de “Ve y dilo en la montaña”; “De todo corazón” (Robert Guédiguian, 1998), traslación de “El blues de Beale Street” a escenarios marselleses; el filme de Barry Jenkins sobre esta misma novela, y “The Amen Corner” (Gary Yates, 2006), según su pieza teatral homónima de 1954. En 1972, cuando vivía en París, reescribió los diálogos de una extrañísima película de aventuras africanas, “Yao Of The Jungle”, producida por el novelista Harold Robbins, dirigida por Claude Vermorel, filmada en Costa de Marfil y con banda sonora de Quincy Jones y el contrabajista Ray Brown.

El elegante sello discográfico belga Les Disques du Crépuscule publicó en 1990 “A Lover’s Question”, un álbum basado en sus poemas musicados por el guitarrista Pierre Van Dormael, el cantante David Linx, el armonicista Toots Thielemans y los saxofonistas Byard Lancaster y Steve Coleman, entre otros.

Contra toda opresión.
Contra toda opresión.

Los ensayos

Sus firmes convicciones ante la segregación racial y la discriminación sexual –y no solo eso, ya que en su obra recorre los contradictorios paisajes económicos, sociales, religiosos y políticos de su país desde una perspectiva que no atañe solo a la condición sexual y el color de la piel– están bien delineadas en sus ficciones, pero es en los ensayos donde alcanzan la categoría de manifiesto duro y rabioso, pero siempre a la búsqueda de alternativas; si no para la conciliación, que Baldwin veía imposible en la América blanca, sí para un mejor reparto de las condiciones de unos y otros.

“La próxima vez el fuego” contiene dos ensayos en forma de cartas, “Tembló mi celda. Carta a mi sobrino en el centésimo aniversario de la emancipación” y “A los pies de la cruz. Carta desde una región de mi mente”. El libro apareció el año de la Marcha sobre Washington de 1963, un acto esencial para la consecución de las posteriores Ley de los Derechos Civiles y Ley del Derecho al Voto, y en el que Luther King pronunció su discurso capital en el que argumentaba haber tenido un sueño sobre la coexistencia de negros y blancos, algo en lo que Baldwin no creía demasiado; la historia de las seis últimas décadas se ha encargado de demostrar que el sueño es difícil que se haga realidad por completo.

En estos ensayos, Baldwin intenta explicar la lógica imposible del racista blanco estadounidense a la vez que se explica a sí mismo con, por ejemplo, su encuentro con Elijah Muhammad, el líder de la Nación del Islam desde 1934 hasta su muerte en 1975. El autor apunta casi siempre la influencia de la religión en determinados comportamientos de aceptación por parte de los de su raza, y al hablar de su padrastro, por ejemplo, asegura que tuvo una vida espantosa porque, en su fuero interno, se creía a pies juntillas lo que los blancos decían de él, y por eso, en parte, se volvió tan devoto. En la misiva a su sobrino es lúcido (“La mayor parte de la humanidad no es la humanidad al completo”), furibundo (“Naciste en el seno de una sociedad que aseguraba, con despiadada claridad y de todas las formas posibles, que eras un ser humano despreciable. No se esperaba que aspirases a la excelencia, sino que te resignaras a la mediocridad”) e innovador (“Si la palabra ‘integración’ tiene algún significado es este: que nosotros, gracias al amor, hagamos que nuestros hermanos se vean tal y como son, dejen de huir de la realidad y empiecen a cambiarla”, apelando a la voluntad de cambio radical por parte de los blancos y no de los negros).

El hombre que derribó estereotipos.
El hombre que derribó estereotipos.

En el otro ensayo relata como muchos de sus amigos buscaron refugio en el ejército y volvieron rotos de la Segunda Guerra Mundial: “Algunos se refugiaron en otros estados y ciudades, es decir, en otros guetos. Algunos se dieron al vino, al whisky o a la aguja y ahí siguen. Y otros, como yo, se refugiaron en la iglesia”. Baldwin se hizo predicador a los 14 años, cuando estaba en el instituto, y durante tres años dio como mínimo un sermón semanal. También pensaba que el trato dispensado a los negros durante la contienda bélica marcó uno de los puntos de inflexión más determinantes en la relación de los afroamericanos con los Estados Unidos. No estaba siempre de acuerdo con líderes religiosos negros y musulmanes como Louis Farrakhan, cuando este argumentaba que el cielo del hombre blanco es el infierno del negro, pero tampoco pasaba por alto el papel histórico del cristianismo en el terreno del poder y el de la moral.

Baldwin reclamó una y otra vez un paso al frente de los blancos: “Los blancos de este país ya tienen bastante con aprender a aceptarse y quererse a sí mismos y entre ellos y, cuando lo consigan, que no será mañana ni quizá nunca, el problema de las personas negras dejará de existir, pues ya no será necesario”. Quedaba mucho por hacer, ya que un nutrido número de blancos creían en algo que había sido impreso en la constitución estadounidense: que los negros eran solo tres quintas partes de hombre. Pero no por ello dejaría de criticar ciertas posturas de los de su raza: “Para los negros estadounidenses, los pecadores siempre han sido los blancos, así que todos los negros estadounidenses corren el riesgo de acabar paranoicos”. Baldwin se oponía con rotundidad a cualquier intento de que los negros hicieran a los demás lo que les habían hecho a ellos, porque “quien denigre a otros se denigra a sí mismo”.

“No soy vuestro negro” es un trabajo extraordinario. Raoul Peck hizo su película a partir del ensayo de Baldwin que iba a titularse “Remember This House” (“Recuerda esta casa”), pero tuvo también la necesidad de complementarlo con este libro que es compartido, pues el cineasta ordena y da criterio, pero todos los textos (las 30 páginas de apuntes sueltos, los debates y conferencias grabadas, varias entrevistas radiofónicas) son de Baldwin. El punto de partida radica en los tres amigos y líderes afroamericanos asesinados, King, Evers y Malcolm X, enemigos del poder político blanco, según Peck, porque, desde puntos de vista ideológicos muy diferentes, disipaban la bruma de la confusión racial. Baldwin en aquel entonces figuraba en las listas del FBI y un memorando del bureau de marzo de 1966 termina diciendo que se incorpora su nombre en el índice de seguridad. Y eso por haber expresado pensamientos tan sencillos como que estaba en manos de los blancos decidir “si van a afrontar, abordar y aceptar a este extraño al que llevan calumniando”.

James Baldwin en 1985.
James Baldwin en 1985.

En los últimos años de su vida, el escritor había desarrollado una conciencia incluso mayor sobre el racismo: “La cuestión no es qué está ocurriendo con los negros, sino que la verdadera cuestión es qué va a ocurrir con este país”. Antes había expresado algo tan inaudito como posible: “La verdad es que este país no sabe qué hacer con su población negra, y sueña con algo parecido a la solución final”. En el texto confiesa cosas que nunca habían salido a la luz, como la importancia de la joven maestra blanca que lo tomó a su cargo en el colegio y que gracias a ella nunca logró odiar a los blancos. No fue un musulmán negro ni militó en los Panteras Negras porque “no creía que todos los blancos fueran el diablo y no quería que los jóvenes negros lo creyeran”. Sin embargo, en “No soy vuestro negro” explica que conoció a una chica rubia en el Village y nunca salieron juntos de casa porque ella estaba más segura caminando sola por la calle que con él a su lado. Argumenta cómo el imaginario blanco, culpable y limitado, es el que ha asignado un papel a los negros más allá de lo que estos hagan o dejen de hacer. Una reflexión durante un debate universitario en 1965 resulta demoledora: “Desde el punto de vista de quien trabaja en una barbería de Harlem, Bobby Kennedy lleva aquí dos días y ya está en la carrera a la presidencia. Nosotros llevamos aquí 400 años y ahora te dice que puede ser que dentro de 40 años, si te portas bien, es posible que te dejemos ser presidente”. 44 años transcurrieron desde 1965 hasta la llegada a la presidencia de Barack Obama, y 59 hasta que el Partido Demócrata ha elegido candidata a la Casa Blanca a Kamala Harris para las elecciones de 2024.

Toni Morrison, Premio Nobel de Literatura en 1993, dijo en el funeral de Baldwin que él le dio una lengua que habitar, un regalo tan perfecto que parecía invención suya.

La música en Baldwin

La música del dolor, duelo, fe, comunidad, respeto y emancipación. El góspel estuvo presente en su existencia cotidiana en los años de joven predicador y lo está en una de las primeras situaciones de “El blues de Beale Street” –la descripción del estado febril durante una ceremonia religiosa–, pero de lo que trata en las novelas, y utiliza dramáticamente, es el jazz, blues y soul.

En “Otro país”, “la trompeta de Charlie Parker dominaba todas las voces de la habitación” cuando Rufus y Leona llegan a una fiesta (¿trompeta de Parker?: ¿error de Baldwin o de la traducción?). En uno de los pasajes más determinantes de esta novela, el protagonista se cuestiona lo que le ha hecho a su novia charlando con su mejor amigo, y este pone la canción “Backwater Blues”, interpretada por Bessie Smith con James P. Johnson al piano: “Hay miles de personas que no tienen un lugar adonde ir”, canta Smith coincidiendo con el hecho de que el protagonista de la novela haya deambulado durante semanas vendiendo su cuerpo, sin posibilidad de escape. Su hermana le recuerda a la gente a Billie Holiday cuando era joven. Y en una exitosa noche en un nuevo club de jazz en Harlem, al ritmo de Harlem, Baldwin recurre a Fats Waller: “El local, como Fats Waller hubiera dicho, estaba saltando”. Las referencias al jazz y el blues se incrustan vivamente en la novela, y no solo porque el personaje principal de su primera mitad sea jazzman.

En “El blues de Beale Street”, el padre de Tish le pide respeto a su otra hija de la forma más contundente posible:“Harías bien en escuchar a Aretha cuando canta ‘Respect’”. Las estampas familiares son descritas en este libro de forma musical: Algo que pasa desde hace cientos de años, gente sentada en un cuarto, esperando la cena y escuchando blues”. El rito, la comunidad. Baldwin reflexionó en “La próxima vez el fuego” sobre la música popular negra desde la dicotomía racial: “Todo el jazz, y especialmente el blues, tiene algo cortante e irónico, autoritario y de doble filo. Los estadounidenses blancos parecen creer que las canciones alegres son alegres y las tristes son tristes y, por desgracia, así es como las cantan casi todos ellos. Solo la gente que ha estado ‘down the line’, como dice la canción, sabe de qué va esa música”. ∎

Tres novelas

“El cuarto de Giovanni”
(1956; Bruguera, 1983)

David, el estadounidense ambiguo instalado en París, espera el regreso de su prometida, de viaje por España, e intima con Giovanni, un superviviente en la ciudad francesa que llegó desde su pueblo de origen italiano como un muerto en vida. Se ha acostado con varios homosexuales maduros que frecuentan el bar en que trabaja y encuentra en David una luz, un alumbramiento leve y mortecino. Baldwin estudia la doble moral de David y sus muchas contradicciones, describe un París que dejó de existir, argumenta que el final de la inocencia supone el final de la culpa y se ensaña con los personajes que no le merecen respeto alguno: “El modo de ser despreciable de veras es mostrando desdén por el dolor de los otros”.

“Otro país”
(1962; Versal, 1984)

Además de su estructura, ya que Rufus desaparece antes de la mitad del libro y el protagonismo lo asume su hermana, destaca la exploración de la orientación sexual o las decisiones que se toman en una o más direcciones y la descripción hermosa o sórdida de la sensualidad negra. Rufus, el músico de jazz, habla con su amigo blanco y le pregunta: “¿Alguna vez has querido ser maricón?”. “Todos hemos pasado por las mismas calles. Tampoco existen muchas calles. Solo que nos han enseñado a mentir tanto, sobre tantas cosas, que apenas sabemos dónde estamos”, le contesta. En cuanto a lo segundo, es muy delicada la revelación de Rufus cuando, al contemplar a su hermana con un chal indio que le ha regalado, descubre la belleza de la gente negra. Después están las habitaciones acres, la sábana tiesa por el semen, el porro de marihuana, la aguja, el olor a meado en el subterráneo del recinto y el músculo que crece duro y caliente.

“El blues de Beale Street”
(1974; Versal, 1987)

La historia de Tish, embarazada, y Fonny, encarcelado poco antes de que ambos pudieran emanciparse de sus familias y vivir juntos, da pie a un sobresaliente estudio de comportamientos antagónicos –y no solo entre negros y blancos, sino también entre las familias afroamericanas de los dos jóvenes–, las obsesiones religiosas –Tish es baptista– y sexuales. También propicia el trazo de un interesante mapa estadounidense de clase y raza: los que ayudan a Tish y Fonny son una vendedora de legumbres italiana y el propietario del restaurante de comida española, personaje que da pie por parte de Baldwin a un irónico escupitajo a la cara de Francisco Franco. El autor se muestra igual de mordaz con la masculinidad exacerbada: “Los domingos algunos hombres lavan sus coches con más cuidado que sus prepucios”. Es un blues acerado, con el color de la patata cruda y mojada, como se define en un momento la piel de Fonny. La primera edición española se publicó con el título de “Blues de la calle Beale” (Versal, 1987). ∎

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