Ah, el paso del tiempo. El inevitable empuje del calendario. Hace más de diez años, cuando Jennifer Egan (Chicago, 1962) publicó “El tiempo es un canalla” (2010) y maravilló a todo el mundo con ese retrato coral y mutante del hundimiento de la industria discográfica, el capítulo más disruptivo, también el más comentado, fue el de la presentación en Power Point: setenta y cinco páginas repletas de gráficos y diagramas para supuestamente hablar de las grandes pausas del rock and roll.
Ahora, en “La casa de caramelo” (“The Candy House”, 2022; Salamandra, 2023), novela hermana de la primera a la que la autora estadounidense se resiste a calificar de secuela, la estrella invitada es un capítulo en forma de caudaloso hilo de Twitter. El signo de los tiempos, resumido en 53 entradas y coronado por una frase que parpadea en la página como un neón enloquecido. “La tecnología ha brindado a la gente corriente la oportunidad de resplandecer en el cosmos de las proezas humanas”, leemos. Y de eso va, al menos durante un buen rato, “La casa de caramelo”, reflejo futuro de “El tiempo es un canalla”, caleidoscópico retrato del poder transformador, casi siempre para mal, de las nuevas tecnologías, y cámara de resonancia que amplifica el peso de personajes hasta ahora menores.
El centro de gravedad de la novela, de hecho, es Bix Boutin, genio de las redes sociales y brillante empresario informático que en “El tiempo es un canalla” era poco más que un figurante. También repiten, entre otros,el malogrado productor musical Lou Kline; su exesposa y gurú accidental del desmadre algorítmico Mindy Kline; el ex punk rocker y líder de los Flaming Dildos Bennie Salazar…. Personajes que calcan el patrón de la novela que le valió el Pulitzer y el National Book Critics Circle Award de 2011 (a saber: historias aparentemente independientes pero profundamente conectadas; manejo aleatorio y arbitrario del tiempo y del arco narrativo) y con los que Egan compone una compleja y a ratos excesivamente formalista reflexión sobre la memoria como columna vertebral de la sociedad, también de la nuestra.
Y todo gracias a, tachán, Conciencia Colectiva, la última genialidad de Boutin y su empresa Mandala: una app revolucionaria que permite compartir y colectivizar pensamientos y recuerdos. Un cubo brillante, unos cuantos voyeristas de las vidas ajenas, y magia: una nueva sociedad hecha de programadores, magos del algoritmo, adeptos a la causa y desertores del sistema. Una vuelta de tuerca algo menos pesadillesca aunque igual de inquietante a las distopías tecnocapitalistas de “Black Mirror” que, quizá por eso mismo o porque ya hace años que vivimos hiperconectados en una suerte de mente global, impacta menos que “El tiempo es un canalla”.
Ahí están, sí, la autovigilancia y la soledad; el pasado como refugio y el futuro como escenario eminentemente hostil. La droga de la nostalgia y las partidas de Dragones y Mazmorras como terapia para adictos a la heroína. La irresistible tentación del progreso (de ahí el título) y, en fin, unos excesos formales (el abuso de los algoritmos, ese capítulo en forma de cadena de correos electrónicos que se antoja algo desfasado en pleno 2023) que disipan y diluyen la idea central de la novela. ¿Lo mejor? Los capítulos más aparentemente sencillos: el de ese programador de Mandala obsesivamente metódico que acumula regalos por si acaso algún día tiene que regalárselos a su amor platónico de la oficina; el de las hijas de Lou y Mindy Kline reconstruyendo el pasado de sus padres… El humanismo de toda la vida, sublimado en plena revolución tecnológica. ∎