Ser el primero en descubrir un paraíso es el primer paso para destruirlo. Así lo sentencia Jérôme Ferrari (París, 1968) y para ello nos pone delante un espejo en “La isla”, que lo que refleja no invita precisamente a hacer las maletas. El título original en francés y alemán, “Nord Sentinelle” (“Centinela del Norte”, 2024), ya es toda una declaración de hostilidad. Alude a esa minúscula isla del Índico donde los locales tienen la sana costumbre de rechazar cualquier visita a flechazo limpio. En 2018 dejaron a un misionero estadounidense como un colador por intentar evangelizarlos. Como era de esperar, al traducirlo al español bajo el título de “La isla”, toda esa deliciosa mala baba se evapora. Aunque bastante tenemos aquí con llamar a todo Palma, Las Palmas o La Palma, en lo que parece un complot nacional diseñado exclusivamente para que el turista despistado aterrice en el archipiélago equivocado.
Volviendo a esta debacle, el autor arranca recordando cómo el explorador Richard Francis Burton logró pisar la ciudad prohibida de Harar en 1855. Salió vivo de milagro, sí, pero su mera llegada sentenció la ruina de aquel lugar. Trasladando esta metáfora a la Córcega contemporánea, Ferrari nos avisa de cómo los locales “nos abrimos de brazos como imbéciles ante el primer viajero”, desencadenando la catástrofe. El detonante es de una banalidad que asusta. El joven Alexandre Romani apuñala en un puerto atestado de turistas a Alban Genevey. ¿Su imperdonable crimen? Introducir de contrabando una triste botella de vino en el restaurante del agresor. Un acto que, en el fondo, fue la culminación de una calculada y sutil humillación previa sobre el pago de una cuenta, haciendo saltar por los aires el frágil ego local.
Lo que en manos de otro escritor sería un suceso más de la crónica negra, en la pluma del ganador del Premio Goncourt en 2012 por “El sermón sobre la caída de Roma” (“Le sermon sur la chute de Rome” en su título original francés; Literatura Mondadori, 2013) se convierte en una sátira implacable. Su sintaxis, tejida a base de oraciones larguísimas y perfectamente hilvanadas, exige un pequeño peaje inicial. Al principio cuesta entrar en su ritmo, pero una vez que te atrapa, el apego es total y resulta imposible cerrar el libro. A través del impecable trabajo de traducción de Pablo Martín Sánchez, Ferrari despliega así una prosa barroca, febril y mordaz.
El narrador es un profesor de filosofía –un alter ego nada disimulado del propio autor– que reconstruye la genealogía de la violencia de la poderosa dinastía local de los Romani. Todos ellos descarriados. Una estirpe que incluye desde al mítico antepasado Pierre-Marie Romani, aquel bandido que la lio parda en los años treinta, hasta el insufrible Philippe y su exmujer Catalina, la eterna debilidad de nuestro narrador.
Ferrari no tiene piedad con nadie. Destripa por igual la arrogancia de los isleños y la estupidez del turismo de masas. El esperpento llega a tal punto que la isla sufre una grotesca epidemia de locura animal, con escenas donde unos cerdos se comen a un perro pomerania, un toro psicópata pisotea campistas y un burro muerde a una nudista. Interesante recordar a Schopenhauer, quien afirmaba que en la tragedia de la vida ni siquiera se nos permite ser “héroes trágicos”, sino que estamos condenados al papel de “bufones dignos de lástima”. En este zoológico humano hay espacio para recuerdos de juventud junto a personajes pintorescos como el guitarrista Django, su hermana Bethsabée y los inseparables gemelos Benetti. Ese destello de pasado contrasta con un presente asfixiante donde el aeropuerto “se ha convertido en un supermercado del infierno”. En este ecosistema, los locales acaban atrapados en “una espantosa dialéctica que nos enfrenta y nos une indefectiblemente a ellos, en un cara a cara de corrupción mutua”.
El autor bordea lo mitológico cuando sugiere que un “poderosísimo djinn” parece orquestar el dolor de los hombres para simplemente generar el caos. Si sois de los que idealizan los paraísos mediterráneos, igual esta narrativa compleja y humana no es para vosotros. Al final, tras este festín de miseria moral, queda la incómoda sensación de que todos somos un poco culpables. En esta novela no hay escapatoria. Solo queda el pesado ambiente de las terrazas atestadas y la certeza de que, tal y como sentencia Ferrari de forma lapidaria, “no hay nada que vuelva más manifiesta la fealdad humana que la cálida luz del verano”. ∎