“Cosechadora universal” (“Universal Harvester”, 2017; Aristas Martínez, 2026; traducción de Javier Calvo), segunda de las tres novelas de John Darnielle (Bloomington, 1967), más conocido por su faceta como músico al estar desde 1991 al frente de The Mountain Goats, tiene su punto de partida en Nevada, Iowa, población que, según Wikipedia, en 2010 tenía un censo de 6.798 habitantes, el 94% de ellos blancos. Allí, a finales de la década de los noventa, en aquellos años en que aún no vivíamos online, se ambienta la primera parte del libro, que nos hace asistir, expectantes, a cómo entre las rutinas de un videoclub y su clientela, que destilan parsimonia del Medio Oeste estadounidense, germina una historia (o casi mejor decir cuatro historias entrelazadas) con un punto pesadillesco y malrollero alrededor de unas grabaciones caseras que van apareciendo, insertadas sin saberse muy bien a cuento de qué, en las cintas VHS que despacha el establecimiento.
La manera en que se va tirando del hilo para descubrir de dónde vienen esos vídeos domésticos podría describirse como la carretera principal del relato, pero a medida que este avanza y vamos pasando las páginas percibimos que lo de esas grabaciones es más bien un macguffin que nos han colado, la zanahoria al final del palo, hasta el punto de que llega un momento en el que (casi) qué más nos dan esas grabaciones. Es ese momento en el que ya nos sentimos tan integrados en esa tierra de maizales, en su aislamiento y en la angustia de los lugareños (dos madres desaparecidas, dos accidentes de coche…), que lo de menos es –para entendernos y guiñando el ojo a David Lynch, cuya sombra no puede negarse en esta obra– quién mató a Laura Palmer.
Y así, con sus misterios, va avanzando el libro, presentándonos personajes que, uno detrás del otro y todos con sus heridas, lanzan miradas hacia fuera, como si estuvieran haciendo fotografías, para así buscar imágenes hacia dentro, como si de esa guisa quisieran materializar su interno mundo de fantasmas, ese donde preguntas sin responder mueren de hambre en silencio. Y mientras lo hacen vamos topándonos con afirmaciones de esas que, ya con el macguffin de las cintas VHS un poco al margen, te alegran la lectura porque sí y porque, al fin y al cabo, de eso se trata, como la de que “las granjas siempre consiguen parecer al mismo tiempo intemporales y efímeras sin comprometerse nunca con ninguna de ambas ideas”, o la de “recorrer mundo no era una vida para todos los gustos, y eso no tenía nada de malo, a veces solo querías averiguar cómo encajabas en el mundo que ya conocías”. Tampoco está nada mal la de “la cuestión no era cómo de saludable era la comida, pensó para sí mismo, arrugando el papel de aluminio, la cuestión era cuánta hambre tenías”, soltada para sí mismo en su cabeza por Jeremy Heldt, al que podríamos llamar protagonista principal del libro, tras mordisquear la promesa falsa y reluciente de una hamburguesa de una gasolinera, reseca e insípida, que no valía la pena.
Porque al final, en resumidas cuentas, lo que nos viene a decir John Darnielle es –o a mí me da que es– lo que suelta en la última página, la 312, para rematarnos: “Si disponías del tiempo necesario, había mucho en lo que pensar, incluso en lugares que la mayoría de la gente no podría encontrar en un mapa”. Porque siempre hay que intentar ver más allá de la superficie, ya sea en Nevada, Iowa, o ya sea donde estés ahora. ∎