John Irving (Exeter, New Hampshire, 1942) regresa en su última novela, “La reina Esther” (“Queen Esther”, 2025; Tusquets, 2026; traducción de Juan Trejo), al espacio físico y moral de una de sus obras más extraordinarias, “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” (1985; Tusquets, 1986): el orfanato St. Cloud’s. El director del centro es el obstetra y abortista Wilbur Larch, encarnado por Michael Caine en la versión cinematográfica de aquella novela, “Las normas de la casa de la sidra” (Lasse Hallström, 1999). Irving, en su único crédito como guionista, ganó el Óscar al mejor guion adaptado por su trabajo de condensación y adecuación de su propio texto, tarea que complementó con otro libro, “Mis líos con el cine” (1999; Tusquets, 2000), un ensayo sobre la relación entre cine y literatura escrito a partir de la experiencia de llevar a las imágenes en movimiento aquello que ha sido concebido para ser leído.
Pero conviene decir que el regreso a St. Cloud’s no es más que un reclamo y que el orfanato del doctor Larch tiene importancia al principio, pero ninguna incidencia en su posterior desarrollo. “Larch leía en voz alta a los niños y los animaba a leer”, recuerda Irving para que nosotros recordemos al personaje en la anterior novela, publicada hace cuarenta años. También explica uno de los rasgos distintivos del doctor, su adicción al éter, consecuencia de la gonorrea que le transmitió la prostituta con la que su padre le obligó a acostarse cuando era un adolescente. La sexualidad, o la negación de esta desde planteamientos realmente revolucionarios para la ortodoxia de la primera mitad del siglo XX –y más en el puritano New Hampshire, en Nueva Inglaterra–, es uno de los ejes fundamentales de “La reina Esther”.
La novela es una mezcla, no siempre fluida en las primeras 100 de sus casi 500 páginas, accidentada como una cordillera, vertiginosa y cambiante, de ficción y novela histórica. El personaje principal del primer capítulo acaba siendo el hilo conductor, pero no el protagonista de excepción. Se llama Jimmy Winslow, y no ha nacido al comenzar la narración. Es descendiente de una de las familias de puritanos que llegaron al país en 1620, concretamente a Pennacook, localidad de New Hampshire. Su abuelo, Thomas Winslow, es uno de los profesores más queridos de la academia de la ciudad. Pero adelanta Irving que Jimmy no será muy querido en la comunidad. Es hijo de madre huérfana y de padre desconocido. Para los demás es hijo de nadie. Los orígenes de Jimmy atañen a su madre asexual y adoptiva, una de las hijas de Winslow, y a su madre biológica, el personaje que enlaza los vericuetos de la trama con St. Cloud’s, ya que fue abandonada en 1908 por dos mujeres en el orfanato cuando tenía 4 años. Una frase resuena entre los muros de St. Cloud’s y sirve de acicate para muchas de las cosas que Irving quiere contar: las dos mujeres, posiblemente antisemitas, solo dicen, al alejarse, que la niña es judía. Una niña enigmática a los 4 años y después: en el orfanato hablaba ya como un adulto y aseguraba no haber conocido nunca a ningún niño.
“El libro de Ester” es el único de la biblia hebrea, junto al “Cantar de los cantares”, en el que no se menciona a Dios. La reina Esther de Irving será una judía sionista convencida, y sus decisiones, tanto en materia política como en las que atañen a la gestación y su idea poco común de la maternidad y las relaciones de familia, vertebran buena parte de la novela. Irving pone el foco en muchos aspectos, logrando a partir de un momento concreto una modélica armonía. Nos importan tanto los abuelos de Jimmy –pertenecientes a dos familias adineradas del área metropolitana de Boston con casas de veraneo en Marblehead; la parte final de estos dos personajes es preciosa– como el mismo Jimmy y sus dos madres. Cuando la acción acontece en Viena, durante el año de estudios de Jimmy, recién cumplidos los veinte, la trama se enriquece con un grupo variopinto de personajes –un estudiante francés heterosexual, una estudiante neerlandesa y lesbiana, la profesora de Jimmy, la hija de la propietaria de la casa que acoge a los estudiantes– e Irving explora inesperados recovecos sobre los orígenes, la cultura, la religión y la familia adquirida. Estamos entonces en 1963, con John Fitzgerald Kennedy enviando soldados estadounidenses a Vietnam. El empeño de casi todos es conseguir que Jimmy no sea alistado, para lo cual puede alegar tener un hijo, una dolencia grave o haber sufrido un disparo en la rótula.
El libro es apabullante, con ese ritmo de vértigo a través del cual Irving pasa de un personaje o un tema a otro sin perder nunca el hilo. Hijos subrogados; embarazos interesados; madres solteras; padres solteros; una chica lesbiana que acepta gestar el hijo de un amigo de su pareja; tías de casi la misma edad que su sobrino; mujeres que desean tener un hijo sin querer que un pene entre en su vagina ni que algo del tamaño de la cabeza de un bebé salga a presión por la misma; abuelos que enseñan a vivir enseñando la prosa de Charles Dickens –Thomas le regala a su nieto Jimmy un ejemplar de “Grandes esperanzas” (1861) cuando cumple los quince años, y le sugiere leerlo en voz alta, él los capítulos impares y el adolescente los pares–; muchachas que quieren tatuarse cerca de los pechos la frase “Sé cuidar de mí misma”, perteneciente a la novela de Charlotte Brontë “Jane Eyre” (1847). La novela es prolija en situaciones, hechos históricos, conflictos y personajes, pero algunos de estos se definen siempre por los escuetos comentarios y réplicas, de modo que Irving mezcla y retuerce constantemente formas de ser y estar en el mundo, de relacionarse con él: “No sé si me gusta como suena eso, Connie”, le dice Thomas Winslow a su esposa. “No lo sabes todo, Tommy”, es la parca respuesta de la mujer, y la situación concluye ahí mismo.
La ficción de los Winslow queda incrustada en ese recorrido panorámico por la historia, estadounidense y hebrea, de las seis primeras décadas del siglo XX. Es notable el estilo de Irving para suministrar altas dosis de información sin que parezca un informe periodístico o un ensayo histórico. De este modo, mientras cuenta los vaivenes emocionales de los Winslow en general y los de Jimmy en particular, explica la historia de la circuncisión en medio mundo y la del aborto en los Estados Unidos, y cómo a partir de la década de 1840 los médicos se hicieron con el control del negocio de la reproducción a la vez que expulsaron a las comadronas del negocio del aborto. O los orígenes de Nueva Inglaterra con los colonos puritanos, los orfanatos, la diferencia de clases en la América de entre siglos, la identidad judía, el sionismo moderado, las sinagogas conservadoras y reformistas, la división judía en dos grupos geográficos en la Edad Media –los azkenazíes del norte y este de Europa y los sefardíes de España, Portugal, el norte de África y Oriente Medio–, la existencia de colonias templarias en Palestina después de la huida de nazis y fascistas a España y Argentina, los movimientos de la Haganá –la principal organización paramilitar sionista destinada a proteger los asentamientos judíos de los ataques árabes–, el Mosad, la guerra herbicida en Vietnam, el asesinato de JFK o la Viena de los años sesenta llena de cazadores judíos de nazis. ¿Novela prosionista? En absoluto, Irving muestra y cuestiona todo aquello que él considera cuestionable sin negar, a través de sus personajes, las diversas realidades. Por ejemplo, la identidad hebrea hasta extremos paroxísticos: Esther considera “Solo ante el peligro” (1952) un wéstern judío porque su director es Fred Zinnemann.
Hay más, inagotable, desde una perra llamada Hard Rain por la canción de Bob Dylan “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” hasta disquisiciones sobre la lucha libre y la grecorromana; de la importancia de la novela de Arthur Schnitzler “Camino a campo abierto” (1908) a la convicción que tiene Jimmy de saberlo todo sobre historias de amor condenadas al fracaso porque, a los veinte años, ha visto “Al final de la escapada” (Jean-Luc Godard, 1960), “Jules y Jim” (François Truffaut, 1962) y varias películas de Ingmar Bergman. Pero la cuestión de Israel y Palestina resulta determinante, por ella misma y por lo que implica en personajes tan alejados de esa realidad como los descendientes de los puritanos de Nueva Inglaterra. Su madre le cantaba a Jimmy una especie de canción sobre el “no a la guerra” en New Hampshire mientras la madre biológica proclamaba, a su escurridiza manera, la lucha armada sionista en tierras hebreas. Dice Irving que, en los cincuenta y sesenta, abstenerse de atacar a civiles árabes inocentes era una forma de no perjudicar la imagen positiva de la ideología sionista ante el resto del mundo. Es imposible leer esto y abstraerse de la realidad actual del conflicto en Gaza. Junto a su historia del aborto, el puritanismo, la enseñanza, la orfandad, la maternidad o del sentido y breve retorno a los parajes de St. Cloud’s, “La reina Esther” debe verse como una novela “con historia” antes que histórica, escrita en 2025 sobre los judíos en Palestina. ∎