“Salir, tocar para verte sonreír / Coger al vuelo el sentido de vivir / Y después, a la hora de volver / (...) Solo al final / Tiene sentido la soledad / Cuando el silencio es total / No queda nadie en el local / Mil caras que estudiar, uh / Mil caras que olvidar, eeh, no”. Estos versos forman parte de “Lo que tú y yo sabemos”, incluida en “Dibujos animados” (1985), el cuarto álbum de Nacha Pop. El autor es el inefable Antonio Vega (1957-2009), un hacedor de canciones de nivel superior.
“Antonio Vega. Entre el espacio y el tiempo” es un conjunto de textos tan sereno como oblicuo. Tal vez la intención del autor sea un homenaje a partir de un indudable conocimiento de causa sobre la vida y la obra del cantante y compositor madrileño. Aquello que da personalidad a la obra –que mezcla bien biografía y compilación de documentos inéditos: diarios, pensamientos, poesías, notas sueltas, etc.– al mismo tiempo se ve lastrado por la pátina del elogio permanente.
Una prueba son las declaraciones recogidas de la mayoría de los invitados –Nacho García Vega, Basilio Martí, Enrique Bunbury, Eva Amaral, Ana Curra, Antonio Carmona, Alejandro Díez, Sole Giménez, Quique González, Mila Rico o Estrella Morente– que participan en el texto. Antonio esto, Antonio lo otro dentro de un panegírico abrumador. Por contra, se separa del encomio la fotógrafa Paula Montávez, uno de cuyos retratos luce en la cubierta del libro. Los mejores testimonios, sin duda, son los de Carlos Vega, arquitecto de profesión y también músico, uno de sus dos hermanos mayores que hizo de mentor de su hermano menor, y los del propio Antonio. Ambos se conocen a sí mismos. Saben de qué pasta están hechos.
Como buen vegalómano, Jordi Tormo (Alcoi, 1978), geógrafo de formación, no esconde estar rendido a la figura y la música de Antonio Vega, pues trata con mimo tanto la nostalgia, el desgarro, la lucidez o el humor como la astronomía, la relatividad de espacio y tiempo o el fin del amor. Elementos que caracterizan la personalidad y, por tanto, la obra del músico madrileño. Aunque en ocasiones no parece tener en cuenta que gran parte de los lectores conocen bien la obra de Vega, ya que entienden al autor de “Una décima de segundo” como un relator de sus propias vidas. También es cierto que el autor maneja con elusividad, no ausente de delicadeza, la fragilidad de determinados pasajes del biografiado.
Tras la etapa en Nacha Pop (1980-1988), el consumado guitarrista y compositor decidió darse un respiro. El silencio finalizó con la edición del estupendo “No me iré mañana” (1991), que dio inicio a su extensa carrera en solitario. “A la larga te das cuenta de que no puedes vivir sin subir a un escenario. Lo comprendes cuando llevas tres años sin grabar; entonces sientes la necesidad, deseas tener esa sensación de que dando un solo paso entras en otra realidad, una realidad que no resulta utópica, que no es intangible”.
El compositor de “La chica de ayer” fue uno de los primeros que practicó el pop de autor cuando apenas existía esa denominación. Manejaba los silencios y los códigos verbales con soltura, concreción y elegancia. Tan etéreo como tangible. Todo este imaginario se halla en las páginas de este libro, que además incorpora un set de fotografías en papel cuché, una detallada discografía y una extensa bibliografía. ∎