Enero de 1982: muerte súbita en un restaurante de París, mientras cenaba con, entre otros, Gabriel García Márquez. La fallecida, la escultora colombiana Feliza Bursztyn (1933-1982), tenía 48 años. “Murió de tristeza”, afirmaba poco después el autor de “Cien años de soledad” (1967).
Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) –Premio Alfaguara por “El ruido de las cosas al caer” (2011)– bucea en la vida de la artista en un tapiz que entrelaza autobiografía, ficción y realidad para devolver a la vida la trayectoria de una mujer fascinante, siempre a contracorriente de cualquier tipo de convenciones, que luchó a brazo partido por mantener su libertad y su visión creadora, mirada con desprecio y condescendencia en los ambientes artísticos de la Colombia de los años sesenta y setenta.
Hija de inmigrantes judíos polacos que acabaron recalando en Bogotá, Feliza estudió en París y Nueva York y vivió en primera persona la efervescente (y reducida) escena intelectual bogotana donde escritores, pintores, poetas y bohemios de todo pelaje intentaban animar la provinciana vida artística de la capital. También, desde una feroz independencia, se empapó de las vibraciones revolucionarias que recorrían Latinoamérica, con la Cuba castrista como faro.
Un matrimonio fallido con el norteamericano Lawrence Fleischer, una apasionada relación con el poeta y crítico Jorge Gaitán y, finalmente, un segundo matrimonio con el ingeniero químico Pablo Leyva marcarían la trayectoria sentimental de un espíritu libre que antepuso sus pálpitos de humanidad y empatía a los dictados de los dogmatismos de cualquier tipo. El gobierno de Julio César Turbay (1978-1982), en su lucha contra la insurgencia y los elementos “indeseables”, la puso en su punto de mira por sus relaciones con activistas de izquierda: militares allanaron su casa en julio de 1981 y no le quedó más salida que el exilio, primero en México y, finalmente, en París, donde la muerte la golpeó durante su rencuentro con los García Márquez.
Vásquez, con la complicidad de Pablo Leyva –a quien está dedicado el volumen–, devuelve a la vida a la ausente Feliza, consciente de que lo que queda de alguien que se fue son los resbaladizos recuerdos, frágiles fragmentos de memoria que activan efímeramente lo que fue o lo que pudo haber sido. Por encima de datos contrastados, lo que queda en “Los nombres de Feliza” es la inextinguible luz de una mujer que se bebió la vida sin miedo, protagonista y víctima de los laberintos de la Historia. ∎