El puño del hombre, la mano de Dios, en México 86. Foto: Bob Thomas (Getty Images)
El puño del hombre, la mano de Dios, en México 86. Foto: Bob Thomas (Getty Images)

Deportes

La camiseta de la mano de Dios era falsa

El 22 de junio de 1986, el estadio Azteca de la Ciudad de México acogió el que muy probablemente sea el partido más icónico de la historia del fútbol. Hoy, casi 40 años después, el coliseo mexicano acoge el partido inaugural del Mundial de Canadá-Estados Unidos-México. Excusa perfecta para recordar esos 90 minutos que, en realidad, nadie ha podido olvidar.

Fútbol y política no deben mezclarse. Lo dicen aquellos a los que no les interesa que nada se mezcle con política por miedo a que se cuestione el discurso hegemónico. Pero aquel partido fue mucho más que unos simples cuartos de final de la Copa del Mundo entre la Argentina de Diego Armando Maradona y la Inglaterra de Gary Lineker. Fueron 90 minutos en los que los albicelestes perpetraron la revancha de la derrota en la Guerra de las Malvinas, aquel pleito sin sentido por unas islas de ultramar con el que los milicos argentinos querían disimular en falso orgullo patriótico los horrores de su cruel dictadura, si es que una dictadura no puede ser otra cosa más que cruel.

La Guerra de las Malvinas se inició el 2 de abril de 1982 cuando las tropas argentinas desembarcaron en el remoto archipiélago controlado administrativamente por los británicos. Echaron ancla y sacaron los cañones para reclamar su soberanía. Se rindieron el 14 de junio. En aquellos 74 días de absurdo ultranacionalista, murieron 649 soldados argentinos, 255 británicos y 3 civiles. Justo cuatro años después, el conflicto se trasladó al terreno de juego del estadio mexicano, esta vez con la correlación de fuerzas intercambiadas. Inglaterra, con el entrañable Bobby Robson como entrenador, salió con un once en el que figuraban nombres como Peter Shilton a la portería, Glenn Hoddle o Gary Lineker, que poco después ficharía por el FC Barcelona. No eran unos tuercebotas, pero delante tenían al mayor genio de todos los tiempos: Diego Armando Maradona, porque Messi es el mejor futbolista de la historia, pero lo de El Diego iba mucho más allá del fútbol.

Argentina-Inglaterra 86, un partido de leyenda. Foto: David Cannon (Getty Images)
Argentina-Inglaterra 86, un partido de leyenda. Foto: David Cannon (Getty Images)

La jugada de todos los tiempos

Era el minuto 6 del segundo tiempo y Steve Hodge hizo aquello que cualquier entrenador de benjamines recalca a los críos el primer día de entreno: “Jamás de los jamases deis un pase hacia dentro del área, menos sin mirar”. Maradona pasó por ahí y marcó “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”. Si histórico fue aquel primer gol de Argentina, legendario fue el segundo con el 10 gambeteando, uno tras otro, todos los futbolistas ingleses hasta meterse dentro de la portería. “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial y deja el tendal, va a tocar para Burruchaga... ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... Gooooool... Gooooool... Gooooool... ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme... Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... Barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2-Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0”

Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? Foto: Archivo El Gráfico (Getty Images)
Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? Foto: Archivo El Gráfico (Getty Images)
En una de las locuciones deportivas más populares de todos tiempos, así, con ese estilo latámico genialmente hiperbólico, cantó el periodista Víctor Hugo Morales –un uruguayo celebrando un tanto argentino– el que bautizaron como “Gol del siglo”. Los ingleses recortaron distancias en el 81 con un gol de Lineker. Tuvieron alguna más. Ya nada más cambió. Argentina se clasificaba para semis. Maradona le metió dos más a Bélgica. Ganaron el Mundial tras vencer 3-2 a Alemania Federal, porque entonces, todavía con el Muro de Berlín en pie, había dos Alemanias. Al acabar el partido, el de cuartos, Steve Hodge se cruzó con Maradona en las entrañas del Azteca. Le hizo la señal de cambiarse las camisetas. El Diego aceptó. Hodge entró en el vestuario sabiendo que habían sido eliminados, pero que se llevaba el trofeo más preciado de aquel Mundial. Metió la camiseta del 10 en su bolsa y no dijo nada a nadie. Lo que no sabía era que la remera era falsa.

Choripán y Coca-cola

“Esto es increíble. Falta un día para jugar contra Inglaterra y estas mujeres nos están arreglando la camiseta”, se oye decir atónito al futbolista argentino Jorge Burruchaga. El culpable de que este vídeo, en el que se ve a cuatro mujeres cosiendo de urgencia el escudo de la AFA –Asociación de Fútbol Argentino– sobre unas camisetas azules, es Néstor Clausen. El defensa argentino decidió combatir el hastío de la concentración comprándose una cámara para inmortalizar todo aquello que le parecía interesante. No sabía “El Negro Clausen” que su afición por las grabaciones caseras acabaría siendo el testigo irrefutable de que Argentina jugó el partido más importante de su historia con una equipación que no era la original.

César Luis Menotti abandonó la comandancia de la selección argentina tras el fiasco del Mundial de 1982 en España. La vacante la ocupó su particular Salieri: Carlos Bilardo. Ambos eran entrañables, pero su filosofía vital y balompédica distaba tanto como dista un viaje en Renault Clio entre la Patagonia y Jujuy. Si el primero apostaba por la vistosidad, el segundo se encomendaba a los resultados. Es la eterna puja, lucha y pelea entre los polos opuestos del fútbol. Menotti pedía talento para ganar. Bilardo lo que fuera necesario, tanto si era legal como si bordeaba lo denunciable.

De pie: Sergio Batista, José Luis Cuciuffo, Julio Olarticoechea, Nery Pumpido, José Luis Brown, Oscar Ruggeri y Diego Armando Maradona. Agachados: Jorge Burruchaga, Ricardo Giusti, Héctor Enrique y Jorge Valdano. Foto: Mike King (Getty Images)
De pie: Sergio Batista, José Luis Cuciuffo, Julio Olarticoechea, Nery Pumpido, José Luis Brown, Oscar Ruggeri y Diego Armando Maradona. Agachados: Jorge Burruchaga, Ricardo Giusti, Héctor Enrique y Jorge Valdano. Foto: Mike King (Getty Images)
Tras conquistar el campeonato argentino de 1982 con Estudiantes de La Plata, Bilardo era el entrenador de moda en Argentina y a nadie le sorprendió que fuera nombrado seleccionador albiceleste con el objetivo de recuperar el cetro mundial ganado en 1978 y lastimosamente perdido en 1982. Entre las obsesiones de este técnico de la vieja escuela para lograr su objetivo, había una que le generaba TOC de manera especial: combatir la altitud y el calor que sospechaba que sus futbolistas sufrirían en los siempre bochornosos veranos mexicanos. Y entre las muchas decisiones peculiares que adoptó, pidió a los seleccionados que llegaran a México con dos kilos de más sobre su peso óptimo. A su entender, y de entrada había que creerle porque había estudiado medicina aunque su especialidad era la ginecología, los perderían con la altitud. Dicen que, incluso ya en pleno torneo, se pasaba por las habitaciones de los futbolistas con bandejas de choripán. “No había sofisticación nutricional en aquella concentración”, recordaría años después Jorge Valdano. “De los once que jugamos contra Inglaterra, diez desayunamos con Coca-Cola”. La otra gran inquietud de Bilardo eran las camisetas con que jugaría su equipo. Desde una gira en verano de 1979 por Alemania Federal y Yugoslavia, al combinado argentino lo vestía Le Coq Sportif, pero Bilardo no estaba contento con la marca francesa. Consideraba que sus camisetas de algodón eran demasiado gruesas, demasiado calurosas. Una desventaja respecto a muchas otras de las grandes selecciones, que ya vestían remeras diseñadas con tejidos más ligeros.

¡Qué linda esta camiseta!

Ofuscado con el tema, pocos meses antes de la cita mundialista Bilardo solicitó una reunión de urgencia en Buenos Aires con los representantes de la marca del gallo. Su petición era incuestionable: quería una camiseta no solo mucho más liviana, sino que absorbiera el sudor de los futbolistas para no sumar peso con su transpiración y aligerar el cansancio en los últimos minutos de los partidos. Le Coq Sportif satisfizo los deseos de Bilardo aplicando al uniforme albiceleste una nueva tecnología denominada Air-Tech. Pero solo lo hizo con la primera equipación, la segunda, la azul, seguiría siendo la de las viejas camisetas de algodón fatigosas y sudadas.

El 16 de junio, Argentina jugó en Puebla los octavos de final de aquel Mundial contra uno de sus mayores rivales históricos: Uruguay. El partido fue tosco, rozando lo violento, como todos los Uruguay-Argentina. Dicen las crónicas que aquel día Maradona jugó el mejor partido de la competición. Hasta que se hartó de recibir patadas de los uruguayos y desertó. Y aun así, se impusieron 0-1, gol del delantero Pedro Pasculli. Argentina, en condición de visitante, vistió la segunda equipación, la azul, la de algodón. Peor aún, aquella tarde en Puebla llovió. La camiseta, empapada, pesaba como una armadura de caballero medieval. El siguiente partido también lo disputarían como foráneos. Y no solo eran los cuartos de final de un Mundial, sino que eran unos cuartos de final contra la Inglaterra que los había humillado militarmente en las Malvinas.

Pelusa, algodón y sudor: la camiseta original (que no se utilizó en el partido contra Inglaterra).
Pelusa, algodón y sudor: la camiseta original (que no se utilizó en el partido contra Inglaterra).
“Hacedlo como queráis, pero quiero unas camisetas nuevas”, fue la orden que dio Bilardo a los responsables de la AFA de cara al partido contra los ingleses. Pero era imposible que Le Coq Sportif produjera una remesa de la segunda camiseta argentina con tecnología Air-Tech y las enviara al estadio Azteca de Ciudad de México antes del domingo 22 de junio de 1986 a las 12 del mediodía local. Desesperado, el gerente administrativo de la AFA en aquel Mundial, Rubén Moschella, se lanzó a las calles de la ciudad con la imposible esperanza de dar con una tienda de deportes en la que tuvieran camisetas azules de la marca Le Coq Sportif fabricadas con una tela mucho más ligera que las del segundo uniforme oficial. El pobre tipo se pateó calle a calle la infinita capital mexicana, y pasó por todas las tiendas de deportes hasta dar con una en la que tenían un par de modelos parecidos a lo que le exigía Bilardo: eran camisetas azules, eran de la marca Le Coq Sportif y, aunque no estaban diseñadas con tecnología Air-Tech, eran algo más livianas que las malditas remeras de algodón.

De vuelta a la concentración, le mostró sus hallazgos a Bilardo, pero al técnico no le gustó ninguna de las dos opciones. Moschella quería colgarse de alguno de los mástiles en los que izaban las banderas en el estadio Azteca. Pero por ahí pasó Dios y se obró el milagro: “Qué linda esta camiseta”, dijo señalando a uno de los dos modelos. “Con esta le ganamos a Inglaterra”. Si el Diego daba su aprobación, Bilardo asentía. Moschella regresó de urgencia a la tienda y compró 36 camisetas, dos para cada uno de los 18 futbolistas convocados. Ahora solo faltaba que alguien se encargara de coser el escudo de la AFA sobre el corazón y los números de los futbolistas en la espalda. Una tarea que, por contactos de Bilardo, se encomendó a un equipo de empleadas del Club América de México. Las cuatro mujeres que aparecen bordando en el vídeo de Néstor Clausen. Solo hay que fijarse un poco para apreciar que aquel fue un trabajo contrarreloj: al escudo le faltan los laureles que lo rodean en su versión oficial, y los dorsales son extremadamente grandes y de un color plateado casi cegador. No eran dorsales de fútbol, sino de fútbol americano. Los únicos que Moschella encontró con tantas prisas. Pero con esa camiseta, como vaticinó Maradona, Argentina ganó a Inglaterra en el partido más icónico de la historia del fútbol.

El vídeo de Néstor Clausen que muestra cómo se cosieron las camisetas de Argentina para el partido contra Inglaterra.

Al Diego no se le podía decir que no

Hodge se cruzó con Maradona en las entrañas del Azteca y le hizo el signo de cambiarse las camisetas. El Diego aceptó. El centrocampista inglés, que tituló su autobiografía como “El hombre con la camiseta de Maradona”, ha vivido siempre de esta anécdota. Lo seguirá haciendo en el futuro. Tras años custodiando en casa la remera con el 10, en 2003 la cedió al Museo del Fútbol de la ciudad de Mánchester. Por entonces aseguraba que nunca la vendería. No tardó en cambiar de opinión. La subastó a través de la popular casa de pujas Sotheby’s el 6 de abril de 2022. El precio de salida era de 4,7 millones de euros. Se acabaron pagando 8,5. Maradona, sin embargo, se deshizo rápidamente de la camiseta de Hodge. Cuando el Pelusa llegó al vestuario y vio que Oscar Garré tenía la inglesa con el 10 de Gary Lineker, le entró el antojo. “Vinieron los ingleses con sus camisetas, tocaron la puerta y nos dijeron ‘change’. Yo se la cambié a Lineker, que era el 9 del equipo pero usaba la 10”, recordaba Garré al deportivo argentino ‘El Gráfico’. “Diego se enteró enseguida y me dijo: ‘Perro, vos sabés que yo colecciono los números 10’, ¿no me la das?’. ¿Y cómo le iba a decir que no?”. ∎

Steve Hodge con el mayor trofeo que jamás conquistó.
Steve Hodge con el mayor trofeo que jamás conquistó.
Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados

Rockdelux
Ministerio de Cultura
Ministerio de Cultura

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición, del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.