Cómic

Luis Bustos

MesetaAstiberri, 2026

“Meseta” se abre como un conjuro pronunciado sobre tierra seca: “Qué país, qué paisaje y qué paisanaje”, escribió Miguel de Unamuno, y la frase, más que una cita, actúa aquí como una maldición que atraviesa el tiempo. Unamuno escribía desde el desarraigo existencial del viajero que observa el paisaje humano y no se reconoce en él. El historietista madrileño Luis Bustos (1973) retoma esa herida que nunca se ha acabado de sanar para encuadrarla en un presente igualmente agitado.

La premisa de arranque de “Meseta” es engañosamente prosaica: tres desconocidos, una inmigrante de pasado complicado y presente incierto, un conductor que no esconde sus simpatías fascistas y un joven que quiere darle el último adiós a su madre, comparten trayecto entre Barcelona y Madrid. En ese viaje se entrecruzan la experiencia biográfica del autor y la imaginería pandémica, con el país en estado de excepción tras el asesinato de un ministro. A ese clima, más naturalista que distópico, se suman los funestos presagios de un nuevo orden mundial, amplificados por los discursos de odio ya naturalizados en las ondas de radio y el murmullo de fondo de cafeterías y restaurantes. Ese clima termina por materializarse en el territorio: calles vacías de turistas –como se advierte en una sobrecogedora doble página cenital– y postales espectrales de instalaciones petroquímicas y disturbios.

En la trayectoria de Bustos resulta constante su voluntad de apropiarse de distintos géneros y forzarlos hasta que aflore su carga política. En esta ocasión abraza el terror, sumándose a una corriente de autores nacionales que utilizan sus códigos para radiografiar el presente: desde la vía sugerente de Laura Pérez en “Ocultos” (Astiberri, 2019) hasta la metáfora inquietante de Javi de Castro en “Villanueva” (Astiberri, 2021). Bustos opta, sin embargo, por la vía naturalista. Tal vez porque las pulsiones autoritarias y la polarización de este primer cuarto de siglo han vaciado de eficacia las coartadas alegóricas. En materia de exhibición de atrocidades, la realidad ya puede rivalizar sin complejos con la ficción más terrorífica.

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Frente al tono distópico y apocalíptico que Bustos exploró en “Puertadeluz” (Astiberri, 2017), en “Meseta” apuesta por un registro más cercano al claroscuro documental que a la ciencia ficción especulativa. En sus páginas conviven las invocaciones visionarias de José Val del Omar, las sombras negras de Francisco de Goya y el material tóxico vertido por plataformas como TikTok. El mal no adopta aquí la forma de una criatura identificable, aunque no falten colmillos y tentáculos en las estructuras invisibles de poder, sino que se encarna en un nuevo orden tecnocrático y autoritario que promete estabilidad a cambio de sumisión. Una élite dispuesta a ver arder el país siempre que pueda negociar con las cenizas.

Si entendemos el conflicto que explora “Meseta” en términos de lucha de clases, el giro fantástico que irrumpe cuando los personajes recalan en un antro perdido en el páramo castellano –La Divina Cvstodia, espacio donde laten horrores de resonancia lovecraftiana, un ruido que sepulta de forma gráfica las conversaciones, canibalismo, abusos y rituales ominosos– no resulta en absoluto caprichoso. Es, más bien, la materialización de un mal estructural que hasta entonces se escondía en los márgenes de la página y en el espacio entre viñetas.

“Meseta” no supone una ruptura con el habitual libro de estilo de Bustos, pero sus constantes encuentran aquí un encaje particularmente fértil. Su gramática gráfica dialoga de forma orgánica con el material narrativo. El autor acentúa el contraste entre blanco y negro hasta devorar rostros, endurecer facciones y subrayar el carácter ominoso del relato. Sus habituales viñetas panorámicas, a medio camino entre la impronta de Frank Miller y su querencia manga, expanden en esta ocasión el espacio para dimensionar la gravedad de la amenaza. Más que al blockbuster de acción al que remite la saga “¡García!” (serie en curso desde 2015, Astiberri), que Bustos elabora junto a Santiago García, aquí la referencia hay que encontrarla en los wéstern camuflados de John Carpenter: un malestar larvado que desemboca en estallidos de violencia tan breves como brutales.

En este tránsito de thriller a pie de calle a relato de horror cósmico que tiene lugar en “Meseta” acaban por diluirse las fronteras entre realidad y ficción, pero no se resuelve el conjuro. ¿Acaso importa? La única forma de preservar la cordura parece ser seguir avanzando sin mirar atrás, aunque el horizonte mesetario permanezca intacto e inquietante. ∎

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