En Clockilandia, un parque de atracciones cuyo eje temático es el tiempo y cuya mascota es el reloj Clocki, Susi y su padre se suben a la atracción “Los pasillos del tiempo”. Mientras cruzan un decorado barroco inspirado en la imaginería de los relojes, el deterioro real de la atracción se contrapone al recuerdo del padre y a la expectativa de la niña, en lo que acaba siendo una experiencia angustiosa. En esta escena de “Clockilandia” (2023; La Granja, 2026; traducción de Alba Pagán), que funciona como ejemplo paradigmático de la idea del libro, se condensan varias capas temporales: la nostalgia (era su atracción favorita), la expectativa de la niña que deviene en terror, la ilusión de un tiempo detenido en un mecanismo circular propio de la atracción y la realidad de un tiempo lineal que todo lo desgasta. Para Eduardo Cirlot, en “Ferias y atracciones” (1950; Wunderkammer, 2023), la gruta mágica era el núcleo de la experiencia del parque: ese dispositivo de ficción mastodóntico pensado para suspender, aunque fuera momentáneamente, los problemas cotidianos, la ley de la gravedad y el paso del tiempo. Es en la cara oculta de esa ilusión donde el parisino Mathias Martinez (1993) despliega su relato.
Cada capítulo sigue a un personaje distinto –una mascota, un aficionado a las atracciones, una exempleada y una niña– y da testimonio de un momento clave en la historia del parque. Así, con una precisión casi taxonómica, el libro aborda qué hay “al otro lado” de esa fantasía: los ciclos de éxito y fracaso, la arbitrariedad de los sistemas normativos, el entusiasmo casi patológico del fan, las dinámicas corporativas y los conflictos laborales. Un capitalismo “emocional” que, con sus mascotas antropomorfizadas, moldea tanto el territorio –el parque es objeto de ampliaciones, franquicias, renovaciones y explotación publicitaria– como los afectos de los personajes que lo pueblan.
Si en “El bulevar de los sueños rotos” (1991-2002; La Cúpula, 2007), de Kim Deitch, los responsables de Fábulas Fontaine –trasunto de los estudios Fleischer– encontraban que proyectar un parque de atracciones era la extensión natural de su universo cartoon, Martinez invierte la fórmula y dota a su parque de la exuberancia surreal de la animación y el cómic de principios del siglo XX. Con un dibujo flexible, cercano al estilo rubber hose, y un cromatismo que remite al incipiente tecnicolor de dos bandas, Martinez recupera esa “infancia del arte”, inocente pero también terrible. Una estética del exceso y el desbordamiento que, como un infante, no estaría sometida a las normas (de la perspectiva, la proporción o la estabilidad de la línea): dibujos que gotean, decorados que se derriten, manos de líneas inestables y dedos puntiagudos. Formas de una belleza pulsional donde el dibujo actúa como una suerte de sismógrafo, tanto de las tensiones internas de los personajes como de los inconscientes culturales que lo atraviesan.
Por “los pasillos del tiempo” todo vuelve, pero nunca de la misma forma. Aunque el impacto cultural del cartoon de esas décadas de comienzos del XX es estructural en el medio, algunos autores han puesto su retorno pesadillesco en primer plano: el propio Deitch, la irreverencia del colectivo Air Pirates en el comix underground de los setenta, el trance psicodélico de los fanzines contemporáneos de HAZ, las tiras cáusticas de Pau Anglada, también recientes, o el muy perturbador “Rose profond”, de Dionnet y Pirus (1989, no traducido en España). Martinez evita lo truculento –el tema se prestaba– y sitúa su mirada en las inercias depredadoras del capitalismo, proponiendo, como puntos de fuga, la empatía y el cuidado entre los personajes.
Aunque el imaginario visual apunte al exceso y a cierto desenfado, “Clockilandia” se sostiene sobre un andamiaje conceptual y narrativo denso, sólido, casi diría que ejemplar. Destinado a persistir, como la efigie decadente de Clocki, elemento central de un parque de atracciones en ruinas. Al fin y al cabo, el asunto de este cómic, como el de todo cómic, es el tiempo y sus transformaciones: “los pasillos del tiempo”. Si Clockilandia cohabita con el pasado de una estética cartoon, todo parque cohabita con el futuro de su ruina y abandono. En el poder de fascinación de esa ruina resuena la ruina de todo un sistema y la belleza de las enredaderas que acabarán por cubrirla. Pero no nos pongamos graves: también es el escenario ideal para montar un picnic con los amigos. O con los que queden. ∎