Quienes nacimos en los años setenta fuimos educados, en buena medida, por la revolución comiquera de los años ochenta. Una década que miró al pasado para empujar el género de superhéroes hacia delante. Aquellos tebeos reconfiguraron los códigos narrativos y argumentales de los justicieros enmascarados, hasta entonces sujetos a parámetros comerciales reconocibles, a menudo rígidos a esas alturas. Autores como Frank Miller, John Romita Jr., Walt Simonson, John Ostrander y buena parte de la generación británica que terminó alumbrando el sello Vertigo de DC Comics, con Alan Moore de cabeza de puente, se colaron en los intersticios del mainstream para ensanchar la tradición narrativa del comic book norteamericano y sus posibilidades estéticas.
En ese contexto creció el cubano-estadounidense Michel Fiffe (La Habana, 1979), lector fascinado por aquellas historietas y, en particular, por el “Escuadrón Suicida” (1986-1992) del guionista John Ostrander, cuyo trabajo es la base de las recientes películas de “Suicide Squad”. El grupo, creado en 1959 por Robert Kanigher y Ross Andru para DC, sería reinventado en los ochenta por Ostrander, que lo llevó al límite. Su propuesta rompía moldes no solo por la personalidad extrema y amoral de sus personajes, sino también por la irrupción del terrorismo de Estado, la violencia física y emocional, una nómina de operaciones encubiertas que hacían saltar por los aires las convenciones, los líderes cínicos y unas muertes de las que no siempre se regresaba, como solía ocurrir con los personajes más relevantes de Marvel y DC.
Aquellas historias de superantihéroes, que pude leer en los “viejos-nuevos” cómics traducidos por Zinco entre 1989 y 1990, mostraban situaciones que no solíamos encontrar en las series más representativas de la Casa de las Ideas ni en las de su Distinguida Competencia. No resulta extraño, por tanto, que Fiffe formara parte de esa comunidad de lectores a quienes aquellos tebeos hicieron más intensa y más llevadera la infancia y la adolescencia. Tampoco sorprende que, con el tiempo, ese impacto cristalizara en una reinterpretación del delirio, la violencia pop y la diversión caótica del “Escuadrón Suicida” de Ostrander, trasladada a un territorio híbrido en estética y fondo. Hay que tener en cuenta que los cómics de DC siempre fueron más serios que los de Marvel, traslación que se identifica en sus adaptaciones al cine salvo excepciones, pero sin olvidar por un momento el disfrute por una historia imprevisible y unos personajes con características únicas. Así, Fiffe agita, deforma y devuelve su lectura infantil como una experiencia de lectura libre, imprevisible, más interesada en la energía que en la pulcritud.
“Copra” (2012-2025), al comienzo una serie autoeditada, toma la idea principal del supergrupo ochentero de Ostrander: un grupo de perdedores, mercenarios o villanos con cierto halo romántico es reunido para cumplir misiones suicidas. A partir de ahí, Fiffe mezcla el ADN del Escuadrón Suicida de Ostrander con resonancias de la “Doom Patrol” (1989-1993) del guionista Grant Morrison, y con ecos, más o menos evidentes, de diversos personajes de DC y Marvel. La historia en sí no es muy original, un viejo aliado los traiciona y son perseguidos por el gobierno mientras tratan de limpiar su nombre. Pero lo que sí es reseñable es el aliento y la energía que vuela en cada una de sus páginas.
El gran valor de la obra de Michel Fiffe reside en su narración. Su aparente sencillez convive con un dinamismo cinético que imprime movimiento, urgencia y riesgo a cada viñeta. Hay en sus páginas una cualidad casi abocetada, como si el dibujo conservara todavía el pulso de la primera intuición, en la tradición del cómic alternativo estadounidense; pero esa impresión de inmediatez no está reñida con composiciones audaces, soluciones precisas y una vitalidad difícil de falsificar. Los personajes y las situaciones sobreviven a su propia condición referencial porque Fiffe entiende algo esencial, y lo formula al final del primer número: “Se trata de no refinar el trabajo hasta dejarlo sin vida”. Esa frase funciona casi como una poética de “Copra”.
Este primer tomo que recopila los doce números iniciales, “Copra. Libro uno” (2012-2013; Moztros, 2026; traducción de Rodrigo Díaz), se lee a la vez como una historia de infancia y como una obra adulta, pues se sitúa entre las coordenadas del género por excelencia del cómic norteamericano, los supertipos disfrazados, y el impulso íntimo y underground de un autor que busca reproducir la conmoción de la lectura. Esa sacudida o “arrebato” lector, que perseguimos quienes seguimos leyendo superhéroes con memoria, convierte a “Copra” en algo más que un homenaje. La transforma en una experiencia viva e imperfecta, capaz de recordarnos por qué empezamos a leer tebeos y por qué, a pesar de todo, seguimos haciéndolo. ∎