Libro

Pepo Márquez

Antineutral. Música y economía moral en la era del turbocapitalismoLiburuak, 2025

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, Pepo Márquez (Madrid, 1978) ha publicado discos (The Secret Society), fundado sellos independientes (Suena Fuerte), escrito en revistas (‘Rolling Stone’), trabajado para discográficas (Universal y PIAS), macrofestivales (Rock In Rio) y plataformas de streaming (YouTube), o impulsado sindicatos (Unión Estatal de Músicos, Intérpretes y Compositoras). Pocas voces mejor fundadas que la de este viejo straight edge renacentista con sentimiento de culpa para diseccionar los entresijos de la industria musical y de los macrofestivales, el cacho más sabroso del negocio.

“Antineutral. Música y economía moral en la era del turbocapitalismo” (2025) gira alrededor de una vieja idea marxista según la cual los productos culturales no son ideológicamente inocentes, sino formidables armas simbólicas de transformación social. Márquez se introduce así en el campo de la filosofía política y práctica donde la noción de economía moral, desarrollada por autores como E. P. Thompson, que demandan la prevalencia de ciertos criterios de equidad sobre el interés individual en las transacciones económicas, ocuparía el centro de esta documentada filípica militante en cuya primera página impresa reza el lema “Desde el río hasta el mar, Palestina será libre” –una cuestión clave en el posicionamiento ético del libro– con el fondo de inversión KKR y su filial Superstruct, dueña de alrededor de 80 macrofestivales, como bestias negras a batir.

Más afirmaciones rotundas –“No debemos olvidar que cualquier lujo tiene un crimen detrás”– y diagnósticos calamitosos –“El vínculo emocional con la música está roto”– acompañan la denuncia razonada de Márquez sobre los graves problemas que sufren las bases del sector, proponiendo medidas especialmente esclarecedoras en el título “Algunas formas de resistencia” y en su capítulo dedicado a los sindicatos. Para entender mejor el insistente universo semántico –que puede llegar a estorbar como una camisa de fuerza, diría Adam Smith– y nominativo de la obra, el autor incorpora un flujo de definiciones a pie de página que refuerzan el tono didáctico de su ensayo, así como el epílogo “Notas”, donde recopila una serie “biografías mínimas” sobre los personajes mencionados, la bibliografía utilizada en cada sección y una interesante relación de los discos que estuvo escuchando el autor durante la redacción del libro –estamos seguros de que sin perder la concentración ni practicar el laid back listening o escucha pasiva que tanto reprocha al usuario de streaming–.

El turbocapitalismo ha convertido el arte en una inversión a gran escala donde el beneficio empresarial se impone a valores colectivos superiores. Debajo de esta idea debatible –el beneficio empresarial no extractivo puede ser fuente de riqueza general si intervienen mecanismos redistributivos justos– discurre una cloaca aún más pestilente. Marcas como Spotify y fondos buitres de altos vuelos como el mencionado KKR, además de proceder con métodos operativos impugnables, diversifican sus ganancias en actividades espurias absolutamente vergonzantes –armamento, inversiones inmobiliarias ilegales–. Cargado de argumentos que apelan a la razón y el corazón, Márquez no solo recomienda el activismo político –como el llevado a cabo por la organización DBS, acrónimo de Desinversión, Boicot, Sanción–, sino que ejemplifica su postura con alternativas exitosas de negocio –Corporación Mondragón–, salas vecinales –la barcelonesa Heliogàbal–, plataformas cívicas –Goteo–, el uso no mercantilista de los fondos públicos –el festival Bilbao BBK Live– o los festivales sostenibles –Periferias–.

Desde que a Lucifer se le fundieron los plomos para travestirse en Satán y al menos desde Aristóteles, sabemos que conocer el bien no apremia su observancia –el intelectualismo moral se quedó en Sócrates–. El mal existe y adopta formas sibilinas. Márquez identifica una de ellas en el negocio musical que manejan esos gigantes corporativos implementando ideas superestructurales como aceleración, maximización de beneficios, financiarización, control algorítmico o explotación simbólica, imponiendo sus narrativas de poder, deteriorando la concepción de la cultura como derecho colectivo y fomentando el consumo pasivo –y homogeneizado– de la música –“Pero qué público más tonto tengo”, que dirían esta vez Kaka de Luxe–. La fórmula de la Coca-Cola que Márquez propone se encuentra en la página 137, a lo que añade poco después: “Si supiera cómo solucionar el rompecabezas al que nos ha empujado el sistema turbocapitalista, dedicaría todo mi talento (!) a revertir la situación, pero es muy probable que ni tan siquiera haya una solución posible más allá de prenderle fuego a todo y empezar de cero sin las estructuras que nos han traído hasta aquí”.

¿Cómo soslayar dilemas tan apelantes como los que plantea el templado pensador madrileño? ¿Recurriendo a la inevitabilidad de los hechos como hace el liberalismo depredador? ¿Desde cuándo la verdad es la realidad? ¿No será mucho más noble tratar de mejorarla intercambiando de paso “verdad” por “verdadero”? Ser consciente de lo que para los artistas supone en términos de regalías escuchar Spotify o acudir a un inicuo festival participado por la sionista Superstruct Entertainment ¿refrenará al aficionado medio de usar tales servicios o preferirá este abandonarse una vez más al hedonismo atroz del Coliseo? ¿Se vive mejor con una venda en los ojos? ¿Qué está antes, el bienestar colectivo o la anestesiada felicidad individual? ¿Es posible comer carne y sentir compasión genuina por los animales?

Si vivir es cabalgar contradicciones y queremos seguir viviendo sin sucumbir a las carcomas intelectuales –hay muchas, desde el nihilismo antinatalista hasta el relativismo cultural–, puede que no haya más remedio que recurrir a alguna metafísica, eidética o religiosa, no tan diferentes entre sí –los marxistas de la Escuela de Frankfurt fueron un caso paradigmático de conciliación postulando la existencia de Dios–. Su consuelo nos hará mejores siempre que no tratemos de imponer nuestros hechizos absolutistas a los demás. Y una vez más, ¿no son las siempre corruptibles relaciones de poder consustanciales a toda actividad humana? ¿Es cierto que hasta el mismo lenguaje perpetúa las lacras de casta? ¿Debería el combustible turbocapitalista que nutre financieramente el sistema límbico de macrofestivales como el Sónar de Barcelona envenenarnos la fiesta? “Si la música sucede dentro de superestructuras capitalistas, la posibilidad de disenso se reduce”, escribe Márquez, pero ¿qué es el capitalismo sino un proceso de innovación creativa divergente? ¿No es en contextos anticapitalistas donde ha prevalecido la heteronomía intelectual, la homogeneidad estética o la falta de alternativas? Puede que ni unos ni otros y, como dijo Orson Welles en “El tercer hombre” (Carol Reed, 1949): “Tal vez los Borgia”.

Hecho irrefutable es que nos dirigimos cada día que pasa hacia la extinción personal –la parca– y global –según afirma Luke Kemp en “Goliath’s Curse. The History And Future Of Societal Collapse” (2025), mucho antes de que el próximo asteroide masivo nos visite–. Mientras tanto la humanidad ha avanzado considerablemente, por ejemplo, aboliendo la esclavitud, y en esa evolución mental entran las llamadas “filosofías de la sospecha” –Marx, Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche– entre las que “Antineutral. Música y economía moral en la era del turbocapitalismo” se alinea denunciando servilismos más sutiles, si bien inoculando a menudo enfoques bienintencionados que arriman el ascua a su sardina sin consensuar la realidad como merece. Porque, en el caso de la economía moral: ¿de qué valores morales estaríamos hablando? No hay que subestimar la utilidad simbólica de la música a la hora de cuestionar un orden injusto, pero tampoco exacerbarla. Cuando las consignas políticas entran por la puerta, el arte duradero suele salir por la ventana, aunque los gustos personales se encargarán de excepcionar esta regla general –en mi caso, Robert Wyatt o escépticos como The Fall servirían de ejemplo– sin que por ello tengamos que rasgarnos las vestiduras: una buena melodía puede amansar a las fieras y un ritmo pulsante desahogar la presión acumulada, suspendiendo y emancipándonos, justamente y sin culpa, de la cruda realidad. ∎

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