Serie

Primal

Genndy Tartakovsky(T3, HBO Max)
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En un primer vistazo, todo en “Primal” (2019-) exclama “prestigio”: desde el nombre del creador, la leyenda de la animación Genndy Tartakovsky –creador de “El laboratorio de Dexter” (1996-1998) o “Samurai Jack” (2001-2017)–, con su genitivo sajón justo antes del título o la ausencia total de diálogos inteligibles, la violencia descarnada y la animación rica y lujosa hasta las bandas negras arriba y abajo que antes de la era del streaming solíamos identificar con ese anhelado “aspecto cinematográfico”.

Sin embargo, en cuanto nos adentrábamos en su mundo, todo parecía contrastar con ese aspecto de seriedad. Había salvajismo, solemnidad y dureza pero en pos de una aventura pulp, en el fondo, muy ingenua; una que trataba de un cavernícola –que vendría a simbolizar “el último de los neandertales” en palabras de Tartakovsky– y una dinosauria, unidos por el trauma propio de un mundo violento y despiadado plagado de criaturas prehistóricas. Cualquier rigor histórico o biológico era desdeñado a cambio de la acción trepidante y un compromiso riguroso por darnos la versión más profesional y refinada de las fantasías pueriles de un niño que juega con sus muñecos como si la vida le fuese en ello.

Los eventos de la segunda temporada (2022) ampliaban exponencialmente el mundo, introduciendo al protagonista casi mudo en una marabunta de civilizaciones de la Edad del Bronce, introduciendo así el factor “humano”, con la crueldad que conlleva y que estaba ausente en las, por otro lado, muy brutales criaturas jurásicas de la primera temporada. Pero también la serie nos llevaba a delirios de terror cósmico o incluso un improbable flashforward a un episodio protagonizado por el mismísimo Charles Darwin.

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La impresión al terminar la segunda temporada es que ya todo estaba dicho en “Primal” y su final llegó incluso a certificarse por Genndy Tartakovsky, que prometió una tercera temporada de tipo antológico, con otros personajes y quién sabe si otra cronología completamente distinta. Quién tomó la decisión aún no lo sabemos, pero lo que sí se constata es que en el primer capítulo de esta tercera parte el cadáver del protagonista –sin nombre en la serie, “Lanza” si atendemos a los créditos finales– es revivido como zombi para funcionar como arma en manos de un maestro vudú al que todo se le va de las manos rápidamente.

En este punto es fácil para el analista en busca de sentido tratar de encontrar lecturas posmodernas acerca de una serie, un equipo creativo, forzados a “zombificarse” y anclarse a viejas fórmulas tratando de sacar algo nuevo de ellas. Algo de eso hay aquí, estoy convencido, pero Tartakovsky y su gente rápidamente encuentran nuevos motivos de fascinación. Si la primera temporada trataba de la brutalidad animal y la segunda de la crueldad humana, esta tercera profundiza con gran éxito en los abismos del terror y en la esencia de lo monstruoso. En términos comiqueros, si en un primer momento teníamos un tebeo selvático y exuberante de Jack Kirby, con un vigor adolescente, aquí nos adentramos en la oscuridad, la deformidad y el onirismo y la melancolía freak de una cosa del pantano.

Es difícil, imposible a título personal, sentir que esta tercera temporada, pese a todo, sea un simple refrito de ideas pasadas. Su violencia y dinamismo a la hora de contar una historia que es a veces tan incomprensible y tan elemental como una pintura rupestre, su habilidad para la invención de criaturas y su pericia a la hora de transmitir emociones complejas con aún menos palabras que en temporadas anteriores son logros que ningún aficionado a la animación o las aventuras debería dejar de lado. Sus homenajes –a veces muy explícitos, como el look de Pedro Picapiedra con el que se pasea nuestro protagonista– no son apelaciones nostálgicas, sino producto de la investigación en una tradición narrativa que parece más antigua que el lenguaje: la continua búsqueda de una humanidad en medio de un mundo brutal. ∎

Sobrevivir es el objetivo.
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