“Ferran Adrià cambió la cocina de vanguardia, pero quien cambió la cocina catalana y la cocina de mercado fue Ramon Cabau”. Lo afirma Eduard Soley, histórico paradista del mercado de la Boqueria de Barcelona, en las páginas de “Una òpera gastronòmica. Vida i mort de Ramon Cabau, ànima de la Boqueria” (Ara Llibres, 2025), libro del periodista gastronómico Marc Casanovas.
“Como autor, me está superando el personaje”, admite Casanovas, dando el primer sorbo a un cortado, reclinado sobre la mesa de un bar del Gòtic de Barcelona. Estamos en uno de esos locales de pátina moderna a partir de su aroma añejo, no muy lejos de aquel número 3 de la calle Trinitat donde se ubicaba el Agut d’Avignon, un restaurante de resonancia legendaria para los paladares más exigentes de la capital catalana. Entre 1962, el año de su apertura, y 1984, cuando Cabau abandonó su regencia, fue el templo culinario de la Ciudad Condal. Dos servicios, mediodía y noche, de doscientos comensales cada uno, entre ellos lo más selecto de la política y la cultura catalana. Tres soles en la Guía Campsa. Una estrella Michelin. “Aún no lo había verbalizado, todavía no lo había comentado con nadie, pero hubo un momento peligroso con el personaje”.
Con la gastronomía erigida desde hace años en una de las piedras angulares de nuestra cultura, es incomprensible que una figura como la de Ramon Cabau haya caído en el más profundo pozo del olvido y el ostracismo. Estableciendo paralelismos, sería como intentar explicar la historia del hip hop obviando a Run DMC o decodificar el ADN del Barça excluyendo del relato a Johan Cruyff. “Yo, que me considero una persona leída y formada en el sector gastronómico, conocía cosas del Agut d’Avignon, pero a Cabau no lo tenía ubicado. Eso me hizo reflexionar y plantearme la autocrítica de cuántos Cabaus más tenemos escondidos, no solo en el sector gastronómico, sino también en la historia de nuestra ciudad y de la cultura. Tenemos que hacer aflorar a esas figuras para defender unos valores, unos preceptos o un modelo de ciudad que ahora mismo están en peligro”, dice Casanovas.
Ramon Cabau lucía un frondoso bigote a lo Magnum. Vestía de forma extremadamente elegante, porte que culminaba siempre con pajaritas – alardeaba que estaban hechas con telas de vestidos de sus amantes– y uno de los muchísimos sombreros de todo tipo que coleccionaba. Era un pagès de corazón con inmaculado porte de gentleman británico. Su presencia nunca pasaba desapercibida, por la imagen cuidadísima que gastaba y por su extraordinario don de gentes. Un gastrónomo –porque Cabau no sabía freír un huevo– con visión de publicista. Cruce avanzado de Juli Soler (el cocreador de El Bulli) y Ferran Adrià, todo en uno: la primera gran estrella mediática de la cocina catalana. Ejemplo de ello es que, a principios de la década de los ochenta, protagonizaba anuncios vendiendo neveras y los medios de comunicación se lo disputaban para entrevistarlo. Fama que cruzó el charco mucho antes de aquella icónica portada que ‘The New York Times’ dedicó a Ferran Adrià preguntándose cómo España se había convertido –en términos gastronómicos– en la nueva Francia, con diarios y revistas de Nueva York, Boston y San Francisco regalándole páginas en las que se destacaba el Agut d’Avignon de Ramon Cabau como uno de los mejores restaurantes de Europa.
La carta del Agut d’Avignon iba variando a medida que pasaban las cuatro estaciones del año, y con ellas los productos de temporada. Materia prima que cada mañana iba a comprar personalmente al Mercat de la Boqueria, donde acabaría convirtiéndose en uno de sus personajes más amados (y punto final de esta historia: no nos avancemos a los acontecimientos). Cabau llegaba cada día a primera hora repartiendo besos y flores entre sus paradistas favoritas del mercado más popular de Barcelona. No discutía precios: siempre era quien más pagaba para asegurarse el mejor producto. Volvía a repartir besos y flores y marchaba hacia el Agut d’Avignon. Horas más tarde su chef se presentaba en la Boqueria, recogía los pedidos y pagaba. Cabau no se envilecía sacando la cartera: demasiado mundano para un hecho tan importante como obtener las más exquisitas viandas para las 400 bocas que alimentaba cada día. Hoy, una pequeña placa –que debería ser mucho más grande y visible– lo recuerda en una de las esquinas de la plaza.
Ramon Cabau abrió el Agut d’Avignon en 1962 y puso el negocio a nombre de su mujer, Paquita Agut. Cuando el matrimonio se divorció, Paquita vendió el negocio. Dicen que fue por una millonada. Ramon no vio ni un duro. Sin mesas que servir, se refugió en su masía en la costanera localidad de Canet de Mar. Intentó reinventarse como pagès. Cada mañana, antes de la salida del sol, llenaba su Peugeot 505 de lechugas y del resto de hortalizas y verduras que cultivaba en su finca, y bajaba hacia la Boqueria ahora no como comprador, sino como vendedor. Un rol con el que, acostumbrado a ser la estrella, no supo aceptar. La depresión con que convivió a lo largo de su vida, pero que silenciaba con su carisma, ahora le iba apagando la sonrisa. Hasta aquella mañana del 31 de marzo de 1987, en la que repitió el ritual: llegó al Mercat de la Boqueria y repartió besos y flores entre sus paradistas más amadas. Esta vez, sin embargo, pidió un vaso de agua y, cuando nadie lo vio, se tragó una pastilla de cianuro. Murió poco después, en aquella plaza que había sido el epicentro de su vida. Pocas veces Barcelona ha vivido un funeral igual por una persona a la que, desafortunadamente, hoy pocos recuerdan, pero que fue tan capital para nuestra cultura. ∎