Libro

Yoko Tawada

Desperdigados por el mundoAnagrama, 2026

Hay una frase que resuena en los pasillos de la lingüística y que Yoko Tawada (Tokio, 1960) parece haber convertido en el motor de su última pirueta narrativa: el idioma no es solo una herramienta, sino un “certificado intangible” de quiénes somos. En “Desperdigados por el mundo” (“Chikyū ni chiribamerarete”, 2018; Anagrama, 2026; traducción de Marta Morros Serret), la autora germano-japonesa nos propone un juego de espejos distópico donde Japón ha desaparecido del mapa –literalmente, hundido bajo el mar– y solo sobrevive en la memoria colectiva como una caricatura simplificada: el “reino del sushi”.

La historia, de carácter marcadamente coral, arranca en Copenhague cuando un lingüista descubre a Hiruko en un programa de televisión dedicado a personas cuyos países ya no existen. Esta refugiada climática, ante la imposibilidad de encontrar a alguien que hable su lengua materna, decide fabricarse la suya propia: el panska. Este híbrido improvisado de lenguas escandinavas no es solo un recurso de supervivencia, es una deconstrucción refrescante, y a ratos enrevesada, de la comunicación.

La premisa es potente y, para cualquiera que conozca de primera mano la ciudad de Tréveris, descubrir que es allí donde coinciden los primeros protagonistas hace que la novela gane puntos desde el principio. La autora se entrega a estas reflexiones llevándolas al extremo de la utopía gramatical, como cuando leemos en sus páginas: “Tendría que existir un idioma sin puntos finales. Como un viaje sin fin. O sin sujetos. Un viaje que no se sabe quién lo empieza ni quién lo sigue”. Sin embargo, a medida que la trama se desplaza hacia Oslo y Arlés, la novela empieza a sufrir su propia ambición. Tawada nos arrastra a un viaje alocado tras la pista de un misterioso chef de sushi –Nanuk, de origen inuit– sumando compañeros de ruta: Knut, el lingüista fascinado por la fonética de Hiruko; Akash, una joven india cuya representación como “un hombre vestido de mujer” de actitud obsesiva resulta algo cuestionable por parte de la autora; o Nora, que parece deambular por la historia sin un ancla clara. A este ecléctico grupo se asoman otras figuras, como la sobreprotectora madre de Knut o el enigmático Susanoo.

Lo que empieza como una sátira internacional brillante –con dardos envenenados hacia la mafia de los “países gourmet” o la curiosa idea de que, en un sistema de bienestar total, la mentira pierde su valor económico– termina diluyéndose en una construcción de mundo algo vaga. Tawada salta de la desaparición de las hormonas sexuales en Japón a la crisis de los refugiados enlazada con cuentos populares contados por Hiruko, o a la energía nuclear, sin detenerse lo suficiente en ninguno. La estructura acaba convirtiéndose en un “golpea al topo” narrativo; un juego que, paradójicamente, la propia autora menciona en el libro: en cuanto un tema interesante asoma la cabeza, Tawada lo martillea para saltar rápidamente al siguiente. Pese a ello, cuando la novela plantea que “hace un tiempo que la palabra nativo me chirría”, acierta de pleno al cuestionar y debatir con agudeza esa supuesta correspondencia exacta entre el alma y la lengua materna, desmitificando la autoridad del hablante nativo. A este lúcido debate se suma otra reflexión sobre que, más allá de las palabras, los gestos, el rostro, el aura y la calidez de los afectos compartidos resultan factores igual de determinantes para alcanzar el verdadero entendimiento mutuo. Llegados a este punto, es de justicia señalar que su traductora, Marta Morros Serret, no lo tenía nada fácil: trasladar este laberinto sintáctico ha debido de ser un arte lingüístico en toda regla.

“Desperdigados por el mundo” es, en esencia, un experimento especulativo sobre la condición transfronteriza y la identidad en la era del vacío. Tiene chispazos de ingenio y debates necesarios, pero el resultado final se siente tan fragmentado como su título. Quizá el principal problema sea que estamos ante la entrega de una trilogía –“Suggested In The Stars” (2020) y “Archipelago Of The Sun” (2022) en sus títulos traducidos al inglés–, por lo que es una obra que parece pedir a gritos ser analizada en su conjunto para cobrar un sentido. Con todo, tras su lectura queda una certeza inquebrantable: entran unas ganas irreprimibles de buscar más contacto con idiomas extranjeros. Aunque solo sea para asegurarse de que, si el día de mañana el propio país se hunde en el océano, a uno no le toque inventar el suyo. ∎

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