Emocionar con las manos vacías: recuerdo leer esta expresión en una crítica de un disco de Beat Happening (aparentemente, nada que ver con esto) en un Rockdelux de 1992 (sí, allá por el pleistoceno superior), y se me quedó tan grabada que me ha venido inmediatamente a la cabeza al encarar el tercer álbum de la menorquina Anna Ferrer. A continuación, descubro que Pedro Sánchez –nada menos– recomendó públicamente su disco cuando visitó el último Primavera Sound (imagino a Feijóo, el fan de Bruce Sprinter, comentando lo mismo, y me entra la risa), citando su compromiso social, y pienso que ojalá supusiera un empujoncito de repercusión popular –dejemos al margen otros descréditos– para un álbum tan singular, sentido y artesanal como este. Un cegador destello de Mediterráneo hecho disco.
Ya lo avanzó hace unos meses en canciones como “No ven más cien ojos”, con esas máquinas de hacer pan convertidas en percusionistas caseras e inopinadas de una canción con sabor a hogaza crujiente (para quien no haya caído, “PA” es pan en catalán, y aquí tributa al oficio de sus ancestros, cuatro generaciones de panaderos), fluyendo con naturalidad, hondura telúrica y la tersura orgánica de una guitarra acústica y unas palmas, subrayando una melodía a la que atisbo cierta sensibilidad compartida con el fado. Porque este es un trabajo que redimensiona su amplitud en su propia mediterraneidad: la electricidad de la vibrante “Son tus manos las primeras” enlaza con los sonidos más galvánicos del Magreb. Y yendo más lejos aún, trascendiendo ese marco mental en forma de mar, “Yeri Yeri” remite a un canto tradicional armenio que acompaña la elaboración del pan lavash.