Álbum

dani dicostas

Amores pasajerosEl Volcán Música, 2026

Si Serge Gainsbourg estuviese vivo y conociera a dani dicostas, tal vez habría querido grabar con ella. Desde el mismo título de “Amores pasajeros” –que hace pensar inevitablemente en el “Amoreux solitaires” de Lio– hasta su imagen un poco de Lolita neoyeyé (¿no recuerda muchísimo a Jane Birkin en el visualizer de “Clímax” y en la misma portada del álbum?), hay en ella un algo que nos retrotrae a aquella idea del pop francés.

La artista viguesa, de 29 años, ha utilizado un término precioso a la hora de hablar de su tercer álbum: nostalgia prematura, que puede hacer pensar en esa idea de utilizar sonidos retro desde un prisma contemporáneo para recrear emociones que no son tristes ni eufóricas, sino que se encuentran en un lugar más sutil. Ella se refiere, sin embargo, a una sensación más compleja, algo así como el no poder disfrutar plenamente del presente porque anticipa que eso lo va a echar de menos en el futuro. En cierto modo, algo que yo visualizo de un modo similar al punto de vista de la protagonista de “¿Qué nos va a pasar?”, de La Buena Vida (2001).

He empezado esta reseña con una andanada de clichés y, en realidad, lo hacía para quitármelos rápidamente de encima, porque conviene acercarse a este disco alejándose de los lugares comunes. Quiero decir, hay aquí mucho más de lo que se aparenta. Es naíf pero no tanto. Son nueve canciones cortas y sencillas sobre relaciones, pero no es un disco de amor romántico. Las lanza desde la intimidad emocional, con cierto candor en la voz, pero no hay ñoñerías, y sí mucha inteligencia en cómo va narrando sus historias. Suena a boîte de programa de variedades de los años setenta pero también se podría bailar en clubes como el Ochoymedio de Madrid. Son canciones pop cortas y directas, pero siempre hay algo en su estructura que quiebra con lo predecible, detalles que rompen y crean cierta molestia entre su accesibilidad (véase “Ya no llueve” entre los minutos 1:56 y 2:12, antes de culminar con un estribillo glorioso). Y no, no es una voz manejada y moldeada por un productor hábil (Aaron Rux, como en los dos discos anteriores), sino que este solo la ayuda a plasmar su concepto, sus letras, ambos lo coproducen y lo arreglan y él aporta instrumentos solo o en compañía de otros: hay sintetizadores, violines, saxos, trompetas y trombones en un trabajo ideado desde su apuesta por lo orgánico, por un contacto humano más palpable. Ya no es pop de habitación, sino que quiere llevarlo al exterior, compartirlo de otra manera, con una banda detrás.

Los estilos siguen siendo los mismos que Daniela Díaz Costas siempre ha cultivado: electropop, italo disco, funk, bossa nova (presente en el tema que titula el disco), soft pop, sofistipop… Aunque con la sensación de que la paleta de colores se ha ampliado. Cada una de sus canciones es como un relato corto, lanzado con un tono que, advierto, es dificilísimo de conseguir en su punto justo, tanto en los textos como en la forma de defenderlo. Es la suya una elegancia abrumadora, ni se recrea en el sentimentalismo ni suena nada fría, sino que su contención la sitúa en el punto cromático y emocional exacto para transmitir lo que quiere transmitir. Incluso su dicción a la hora de interpretar, con esa forma de separar las sílabas en muchas palabras (especialmente en “Mucho para ti”), me resulta realmente fascinante. No hay nada superficial en un álbum que se basa en lo pasajero y se antoja perdurable. ∎

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