El paso del tiempo solo es cruel para una vieja gloria cuando está fuera de foco. Cuando el séquito no acompaña. Cuando se quiere contentar a tanta gente que se acaba por no satisfacer a nadie. El primer álbum de canciones propias en más de veinte años de quien fuera una de las indiscutibles reinas del soul-pop y de la música disco podría haber sido ese disco que reivindicase su estampa en medio del revival atizado por Jessie Ware o Dua Lipa, con Kylie dignamente oteando desde las alturas. Incluso podría haber brotado como ese trabajo de soul añejo sin coartadas vintage con el que recortar un dorado crepúsculo. Pero no. Transmite empanada mental. Y de las buenas. Y el problema ni siquiera es la abundancia de firmas, estudios y productores, porque el concurso de talentos ajenos tampoco fue algo que desluciera mucho las últimas (y muy dignas) entregas de Nile Rodgers, Giorgio Moroder o Cerrone, pongamos por caso.
Se especuló durante meses con que podría ser Kevin Parker (Tame Impala) quien se encargase de su producción. También el ubicuo Jack Antonoff, asunto que se concretó, pero lo hizo tan solo en uno de sus cortes, el rotundo –aunque en absoluto innovador– pelotazo disco de la vieja escuela que es “I Still Believe”: con todo, está entre lo mejor de estos casi cincuenta minutos. Finalmente, concurren en los créditos un equipo de songwriters (junto a la propia Diana Ross, presente en mayor o menor medida en nueve de sus trece cortes) encabezado por Jimmy Napes (Sam Smith) y Amy Wadge (Ed Sheeran). Con tales mimbres, este cesto. Es lo que hay.
Y con una producción tan descompensada que otorga la mayor parte del pastel (ocho canciones) a Troy Miller (Jamie Cullum, Laura Mvula), a quien conoció en Los Ángeles mientras este grababa con su habitual Gregory Porter, en detrimento del colectivo Triangle Park (Kanye West, H.E.R.), reducido a cuatro tracks que aportan prácticamente las únicas dosis de excitación –junto a la de Antonoff– a un trabajo que, por lo demás, es pura medianía: “If The World Just Danced” es una cándida invitación a la fraternidad universal que recuerda demasiado al “Jerusalema” de Master KG, pero el elegante R&B de “In Your Heart”, el desparrame disco soul de “Tomorrow” (esas trompetas) y el resultón 2-step de “Let’s Do It” están tan bien redondeados que a esta última hasta se le perdona bien a gusto que hayan pasado casi veinte años desde que MJ Cole o Craig David despuntaran. Hasta ahí llega el saldo con Ali P y “Robot Scott” Carter. O sea, Triangle Park.
El naufragio llega, con la notable salvedad de la efervescente nostalgia del tema titular (todo hay que decirlo), con la derrama de baladones inocuos que pueblan el contingente bajo supervisión de Troy Miller. Cosas como “All Is Well”, “Just In Case”, “The Answer’s Always In Love”, “Count On Me” o “Beautiful Love”: la última al menos se salva por el protagonismo de sus suntuosos arreglos de cuerda, a cargo de la Royal Philharmonic Orchestra y la London Symphony Orchestra, pero entre todas marcan el tono general del álbum y lo sumen en una espesa melaza, cuya falta de punch no queda compensada –ni mucho menos– por unas letras dignas de un manual de superación cualquiera, por la manida filosofía de sobrecito de azúcar que seguramente avivó el confinamiento y la grabación en su estudio casero. Una lástima, porque el enorme blasón de la diva bien merecía que su hueco en la actualidad fuera algo más relevante. ∎