Álbum

Dominique Cravic et Les Primitifs du Futur

Les crimes du musetteBuda Musique, 2026

El retorno tan inesperado como exuberante de estos alquimistas de los sonidos añejos llega para reafirmar que el estilo musette, de origen rural pero configurado en los salones de baile parisinos, que pasó del vals original a transformarse en java para luego incorporar foxtrot, jazz manouche y otros estilos, ha seguido evolucionando. En las expertas manos del guitarrista, cantante y compositor Dominique Cravic y su cada vez más amplio colectivo de músicos que forman Les Primitifs du Futur, este sonido, que más que un estilo es una forma de vida, sigue enraizado en las esencias que a principios del siglo pasado impuso el genial acordeonista Émile Vacher, una auténtica estrella que reinó desde los felices años veinte hasta la Segunda Guerra Mundial grabando innumerables discos a 78 rpm para el sello Odeon que llegaron a vender cantidades estratosféricas, haciendo las delicias tanto de la ciudadanía biempensante como de la canalla apache que abarrotaba los salones donde sonaba el “bal musette”.

Las pizarras de Vacher y otros músicos de la época se convirtieron en objeto de deseo para el inveterado Robert Crumb, célebre coleccionista de antiguallas que aprovechó unos meses de vida parisina en 1986, subvencionado por el festival de Angoulême, para añadir a su colección de blues y country grabado en los años veinte y treinta nuevos artefactos de musette francesa. Siendo él a su vez experto en mandolina, banjo y ukelele, al frente de los míticos Cheap Suit Serenaders, no fue extraño que en su estancia francesa buscase entrar en contacto con otros músicos pirrados por la musette para que lo ayudasen a encontrar piezas raras y tesoros olvidados que pudiera agenciarse y de paso tocar con ellos. Es entonces cuando conoce a Dominique Cravic, un fanático del denominado “blues de Paname” –Paname se refiere en argot a París–, haciendo honor a Boris Vian, que decía “en France, le blues a trois temps et s’appelle musette”.

Fue en locales y garitos de Montparnasse donde se gestó el codiciado 10 pulgadas “Cocktail d’amour” (Média 7, 1986) en el que Cravic y Crumb presentaban a Les Primitifs du Futur, en un híbrido que mezcla blues y musette. El nombre del grupo evidencia su convicción de que es posible hurgar en el pasado para hacer algo nuevo, convirtiendo unas músicas demodés y que eran solo carne de coleccionistas en algo fresco, vivo y swingueante. El mismo equipo grabaría luego el álbum “Trop de routes, trop de trains et autres histories d’amour” (La Lichère, 1995) en una operación retromodernista para retornar el acordeón y el swing musette al primer plano. La tribu de músicos y los estilos incorporados aumentarían en los siguientes lanzamientos, “World Musette” (Acousti Studios, 1999) y “Tribal Musette” (Universal, 2008), siempre mezclando versiones de clásicos y temas propios. Pero ahí se paró la cosa, si exceptuamos el DVD “Concert au New Morning” (EmArcy-Universal, 2011) –que, además de un concierto que dieron en el célebre local parisino en 2009, incluye una película documental narrando las peripecias de tan peculiar troupe musical– y el doble vinilo recopilatorio editado con motivo del Record Store Day, “Resumé des épisodes précédents” (Soufle Continu, 2019), del que se editaron solo 1500 copias, que volaron y que contaban como novedad con tres temas grabados en directo.

Todos los discos tienen el aliciente de contar con portadas e ilustraciones interiores de Robert Crumb, que repite en este nuevo trabajo en el que expanden aún más su concepto de “world musette” en un CD –también disponible en streaming– de 27 temas que es un verdadero puzle de referencias. Y para sentar el mood nada mejor que la melancólica “Accordéon de Paris et d’ailleurs”, a la manera de chanson, que se convierte en declaración de principios. El piano comparte el protagonismo con el acordeón en “Ta femme m’a quitté”, sin perder el sentido nonchalance (desenfadado) pero añadiendo el ritmo que proporcionan los metales. El swing orquestal va de la mano de un banjo campestre en la juguetona “Dans le Jardín de Luxembourg”, y la recitada “Les petits musiciens” es un homenaje coral a la belle époque de la musette, con menciones en la letra a Montmartre, Pigalle, el cancán, la guitarra manouche o el acordeonista Maurice Alexander.

El foco se expande hacia Brasil en la explícita “Les enfants de João”, un tributo a la bossa nova sin perder la esencia parisina, mezclando el estilo desafinado original con orquesta exuberante y unas voces que reúnen recitado y canto. La nostálgica y a la vez luminosa “Le balcon” se mece entre un dúo de voces masculina y femenina, mientras los coros hacen un delicioso guiño al estilo vocalese. En “Cool paradis”, con piano y trompeta con sordina, se introducen en el jazz romántico de Chet Baker, mientras que “Momo Mandole Delight” es una miniatura oriental que les sirve para dar paso a la lograda revisión del “Take Five” de Paul Desmond y Dave Brubeck –rescatando la versión “Ne boude pas” que hiciera el pionero del twist Richard Anthony– convertido ahora en un chispeante “Boude pas” que combina swing jazzístico y aroma típicamente francés, con el acordeón y el contrabajo por bandera.

No falta el perfume latino, muy evidente en un “La Grande Serre” que conecta el chachachá cubano con los efluvios típicamente parisinos combinando marimba, voz masculina rugosa y fulgurantes coros femeninos, todo ello unido por el indispensable nexo del acordeón. Igual de lograda es “Fumée aux yeux”, que adapta al estilo jazz manouche, con ululante sierra de fondo, el estándar “Smoke Gets In Your Eyes” –que compuso Jerome Kern para un musical de Broadway de los años treinta– inspirándose en las versiones que hicieron la cantante Eliane Embrun y el guitarrista Django Reinhardt.

Los guiños y homenajes no cesan. No puede faltar uno a Henri Salvador (1917-2008) –si además tenemos en cuenta que Cravic tocó en su célebre álbum “Chambre avec vue” (2000)– en la explícita y melancólica “La valse douce d’Henri Salvador”, que evoca a la perfección la elegancia de aquel crooner francés de origen guayanés. Igual de exquisita es la revisión de “N’oubliez pas Gréco”, aparecida por primera vez en un álbum del mismo título para el mercado japonés de la cantante Claire Elzière. La nueva versión, con letra de Emmanuel Guibert y música de Cravic, enfatiza el acento jazz para, quizá, recordar aquel amor imposible entre Juliette Gréco y Miles Davis.

Veneración por partida doble muestran por Gino Bordin (1899-1977) en la canción “Patrick et Gino” y el instrumental “Le tombeau de Monsieur Gino Bordin”, recordando en ambos su sutil elegancia con los sonidos deslizantes. Bordin, de origen italiano, triunfó en el París en los felices años veinte y la década posterior introduciendo en la escena de la musette la guitarra steel al frente de la Gino Bordin Hawaiian Orchestra. Otra evocación hawaiana es “Ukulélé Lady”, un estándar estadounidense de hace un siglo que versionaron desde Bing Crosby a Arlo Guthrie, y que Cravic y los suyos transforman en una deliciosa fantasía tropical en italiano, sin perder en ningún momento su conexión con la bahía de Honolulu de la que habla el original.

Por su parte, “Ne tirez pas sur le pianiste”, lleno de scat y swing jazzístico, es un jocoso tributo a las revistas y operetas del dandi Maurice Chevalier (1988-1972), y la introspectiva “New Moon Dreams”, cantada y recitada, es el último eslabón del estándar “Moon Dreams”, que primero hizo célebre Glenn Miller, aunque la versión definitiva fuera la que incluyó Miles Davis en “Birth Of The Cool” (1957) con un arreglo de Gil Evans. Otro estándar de larga trayectoria es “As Time Goes By”, inmortalizado en “Casablanca” y que luego hicieron suyo Louis Armstrong o Frank Sinatra. La versión en francés se transformó en “Privé d’amour” y se hizo célebre en la voz de Christophe. En la adaptación de Les Primitifs du Futur, acordeón y clarinete acentúan aún más el aura de perdedor del detective protagonista: “Je suis un chasseur de cœurs sans espoir / Je suis un voleur d’amours dans le noir / Romances cachées et rendez-vous secrets / Tout est dans mon carnet”. No menos significativa es “J’fé pas canaille”, adaptación en el lenguaje creole de la Luisiana del “Ain’t Misbehavin’” de Fats Waller, que conecta las músicas francófonas y el jazz con la aportación destacada del pianista y musicólogo Anthony Baldwin.

En “Impressions d’Afrique”, Cravic se explaya con sarcasmo sobre los males de la colonización y lo hace con una melodía inspirada/calcada del “Candy Man” del Reverend Gary Davis. Después de eso, una miniversión del “Mbube” con gaita tiene su lógica. Volviendo al terreno propio, entre la musette y el jazz manouche, el dialogo masculino/femenino de “Evergreen” suena a pura ambrosía sentimental. Lo mismo que “Le colibri”, cuyo acordeón y ululante sierra evocan, tal como dice la letra, el “Dernier soupir d’une autre époque / Dont il disait: c’était l’bon temps”. La nostalgia por la bohemia de antaño luce en “L’aquarium de Sébasto”, cuya letra río, entre recitada y cantada, es un cúmulo de citas, empezando por los Frères Tang, la cadena de supermercados asiáticos más grande de Europa, el multicultural barrio Belleville (donde nació y vivió Edith Piaf), con su ambiente nocturno y su Chinatown, cuyos restaurantes eran como los camerinos de los músicos, donde mezclaban “el yin con Neil Young”, descorchando botellas de vino y tirando sake al acuario; lanzando guiños a Spirou y a Pierre Barouh (1934-2016), polifacético cantautor, productor, actor y director de cine que introdujo la bossa nova en Francia y fundó el seminal sello independiente Saravah, todo servido con sentido del humor y halo poético.

Los recuerdos se amontonan. No olvidemos que Cravic ya es un músico octogenario que tiene por lema: “Les jeunes ils ont le feu, mais les vieux ils ont la lumière”. Y una lucidez que lo lleva a rescatar “Quant j’étais mort”, una canción del cantautor y poeta Allain Leprest (1954-2011), que se suicidó, en la que habla de su traspaso con ironía: “Mais soyez sûrs / Je vous rasure / Rien de changé / J’suis reste digne / Dans l’grand parking / Des allongés / Pis c’qui m’a plu / C’est d’avoir pu / Sans un remords / Péter tout seul / Dans mon linceul / Quand j’etais mort” (“Pero estén seguros / Les aseguro / Nada ha cambiado / Me he quedado digno / En el gran aparcamiento / De los tumbados / Y lo que me gustó / Es haber podido / Sin remordimientos / Tirarme un pedo a solas / En mi mortaja / Cuando estaba muerto”). Y con el título de “Les crimes du musette” alude a las reticencias y a la condescendencia que algunos muestran con la musette, considerándolo un género no tan noble como puedan ser el free jazz, la chanson o el rock’n’roll. Pero no se preocupe, Monsieur Cravic: en sus manos la musette reverdece en lo que es, sin duda y hablando en la lengua de Molière, “un joli travail d’amour”. ∎

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