América siempre fue tierra fértil en personajes insólitos. A bote pronto, podríamos avanzar un cuarteto musical casi insuperable: Eden Ahbez –padre putativo del movimiento jipi–, James Edward Baker –más conocido como Father Yod, otro tipo de “padre”, harén incluido–, Louis Thomas Hardin –alias Moondog, el “vikingo de la Sexta Avenida”– y Dorothy Carter (1935-2003). La vida de todos ellos hace que los beatniks parezcan una agrupación de boy scouts.
El nombre de Dorothy Carter permanece asociado al salterio, instrumento que descubrió casualmente cuando llevaba a reparar el arpa irlandesa en la que se había especializado. Ramón Andrés dedica al también llamado dulcémele una interesante entrada en su “Diccionario de música, mitología, magia y religión” (Acantilado, 2012). También a la cítara, de la que parece provenir. Shirley Collins lo empleaba con traste de banjo incorporado, y el álbum “The Appalachian Dulcimer” (1963), de Jean Ritchie, maestra de Carter, es una guía didáctica imprescindible. También el rock lo ha utilizado: Brian Jones en Rolling Stones con “Lady Jane” –de “Aftermath” (1966)–, Marc Almond & The Willing Sinners en la época de “Mother Fist And Her Five Daughters” (1987) o PJ Harvey en “White Chalk” (2007) serían tres buenos ejemplos.
Grabado en 1978, cuando Carter ya tenía 43 años, “Waillee Waillee” es uno de esos álbumes de edición privada que ha pasado el filtro de la ocurrencia amateur tan prevalente en el género, convirtiéndose con el transcurso de los años en una obra de referencia para los amantes de la new age más creativa, por así decirlo. El mundo sonoro que encapsula en conjunto y en cada uno de sus ocho temas es de todo menos aburrido, plano o melifluo, empezando por la ensoñadora canción de ultramar “Waillee Waillee”, un tema tradicional que Marianne Faithfull había versionado al principio de su carrera como “Cockleshells”. Sobre un arreglo de piano, la toma de Carter resulta mucho más contemporánea. Pero es el primer corte del álbum, “The Squirrel Is A Funny Thing…”, un himno virtuoso de salterio que recuerda al Eden Ahbez secreto de “Scriptures Of The Golden Age”, con un tono aún más oscuro si cabe, el que marca la sonoridad espiritual y misteriosa del disco.
“Dulcimer Medley – Robin M’aime” –Popol Vuh encontraría su santo grial en similar reservorio sónico– y “Celtic Medley” te transportan al medievo –Dorothy Carter formó parte del conjunto femenino Mediæval Bæbes a finales de los años noventa–, mientras que “Along The River” contiene una cualidad onírica y exploratoria. Carter recita en ella unos versos de “Chamber Music” (1907), de James Joyce –Martyn Bates, de Eyeless In Gaza, les dedicó dos álbumes entre 1994 y 1996–. Le sigue la arrebatada “Summer Rhapsody”, siete minutos instrumentales donde interviene el bow chime –o quizá el steel cello, no sabría distinguirlos– accionado por Bob Rutman, su inventor y colaborador de Carter. El lirismo exótico de “Autumn Song” recuerda con su conga al “Three Hours”, de Nick Drake, pero es “Tree Of Life”, donde Rutman aporta de nuevo sus atmósferas espectrales –como un Titanic, entre Gavin Bryars y Pauline Oliveros, precipitándose al abismo– al tiempo que la voz de Carter emula el suave misticismo de Pandit Pran Nah, el cénit de este variado trabajo que parece habitar en un enigmático sueño. Entre Oriente y Occidente, los trovadores medievales occitanos y el folklore místico de los Apalaches, Dorothy Carter supo interpretar con natural maestría la experiencia insondable y compleja, bella e irrepetible, de la vida. ∎