Álbum

Frank Ocean

Blonde / EndlessBoys Don’t Cry, 2016 / Def Jam, 2016
Si hay una virtud que ha alzado a Frank Ocean sobre el resto de aspirantes al podio del R&B es su talento para tejer historias. Él mismo ha admitido que, en realidad, eso es lo que lo empuja a hacer canciones, llegando incluso a tontear con la idea de abandonar la secuela de “Channel Orange” (2012) para dedicarse a escribir una novela. Y lo cierto es que tras incontables avisos, retrasos y especulaciones, muchos llegaron a temer que “Blonde” (escrito “Blond”) jamás vería la luz. O peor: que aquel disco que Ocean llevaba años prometiendo ni siquiera existía.

Pero él no mentía, ni había estado perdiendo el tiempo. Si “Channel Orange” proyectaba su desfile de personajes en suntuoso tecnicolor con la nitidez de una lente suiza, Ocean gira el objetivo hacia sí mismo en “Blonde” para retratarse en un primer plano repleto de claroscuros que simula la ilusión de un salón de espejos deformantes donde reflejar el vacío, la dependencia (emocional y química), el abatimiento y la nostalgia, pero también el apogeo del deseo, la bisexualidad y la ilusión de la felicidad. Lo hace bajando las persianas y levantando la voz para servirse en bandeja como el gran intérprete que siempre ha demostrado ser, pero en una versión aún más vulnerable y descarnada.

La de Ocean es una voz llena de soul, y él se emplea a fondo para sacar todos sus matices expresivos en “Blonde”, pero si logra brillar así en cortes como “White Ferrari”, “Seigfried” o “Godspeed” es por lo impresionantes que son sus melodías. Porque ese es su paso trascendental aquí: su centro de gravedad parece rotar hacia el pop sonrosado de los setenta sin obviar la herencia de la música negra, aunque afrontando cada decisión estética desde una óptica irreverente y dadá en la que juego y distracción priman sobre todo lo demás (“Nikes”, “Self Control”, “Pretty Sweet”).

En la cima.
En la cima.
“Blonde” es como una botella de Dom Pérignon reventada dentro de un congelador porque alguien olvidó sacarla de allí. Su naturaleza oblicua, fragmentada y confusa lo convierte en un artefacto capaz de fundir guitarras californianas con voces disparadas de pitch. Esa audacia y la voluntad de ejercer como productor ejecutivo del disco –que lo mismo convoca a Beyoncé y Kendrick Lamar como segundas voces difíciles de reconocer, samplea a los Beatles, interpola un verso de Elliott Smith o reúne a Jamie xx y Rostam Batmanglij como productores en “Ivy” (por mucho que cueste creerlo)– delatan cierta inspiración en Kanye West y James Blake, quienes también se han involucrado en el álbum de un modo u otro.

La idiosincrasia sonora de “Blonde” –el protagonismo de teclados y guitarras como medios relativamente modestos, la confrontación entre sonido natural, distorsión y tratamiento digital– da relieve a cada verso, acentuando la visión artística de Ocean, cuyo alcance no se limita al álbum en sí mismo, sino que revela un proyecto mayor que incluye una revista de trescientas páginas de diseño alucinante –que sirvió para distribuir una edición física del disco de modo limitadísimo (una versión distinta, más corta)– y “Endless”, un álbum visual que anticipó la aparición de “Blonde” un día antes y que, pese a su condición de complementario (y en cierto sentido menor), esconde canciones tan enormes como la versión en delicioso falsete de “At Your Best (You Are Love)” de los Isley Brothers (que también cantó Aaliyah), “Alabama”, “Sideways” (con esa coda de sobrecogedores coros), “Deathwish (ASR)” y “Rushes To”.

“Endless” corre el peligro de quedar sepultado bajo el impacto de “Blonde”, y no debería ser así. Es cierto que su planteamiento sonoro es menos arriesgado, instalado en un registro puramente R&B, pero tanto sus temas como las imágenes que lo ilustran en vídeo –con Frank lijando y ensamblando las partes de una escalera de madera en espiral– aluden a la ilusión de la perfección que tanto obsesiona a Ocean: son ventanas al proceso creativo de un artista inspirado, meticuloso y tenaz, muy cerca de la mejor versión de sí mismo. ∎

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