Godflesh es considerada una de las bandas más importantes del metal industrial británico. El grupo lo fundaron en 1988 el cantante, guitarrista y programador de bases rítmicas Justin Broadrick y el bajista Ben G. C. Green, apenas unos pocos años después de haber creado un primer proyecto conjunto, Fall Of Because –nombre tomado de uno de los temas más rotundos y conocidos de Killing Joke–.
El período de esplendor del grupo se produjo en los años noventa y en 2002 el dúo se disolvió, después de publicar seis álbumes. Siete años más tarde, sin embargo, retomaron su actividad, primero en directo, y, a partir, de 2014, discográficamente, aunque con una cadencia más pausada. “Decay”, su décimo álbum –tienen EPS de duración también extensa–, es el cuarto de esta etapa de resurrección, y ya han avisado de que es, en realidad, “el penúltimo” de su trayectoria: el 5 de marzo de 2026, Broadrick anunció que se había sometido a una intervención quirúrgica para tratarse de una hernia inguinal y que, debido a esa lesión, ya no ofrecerían conciertos en directo, por la intensidad vocal que ha requerido históricamente la música del grupo. Está claro que la típica forma de gritar de Broadrick en Godflesh era lo que provocaba y agravaba esa hernia inguinal y, por eso, “Decay” es, prácticamente, un álbum de rock industrial… instrumental: según Broadrick, en los 42 minutos de duración de las seis canciones del disco hay menos de 150 palabras. El dolor ya debía estar ahí desde hace años: casi todo “Decay” se perfiló en las mismas sesiones de grabación de su disco anterior, “Purge”, en 2023, incluidas las voces –que ha comentado que fue “un auténtico suplicio”–. Godflesh, que había sido para él “una válvula de escape para expresar mi dolor” –aunque se refería a un dolor filosófico y existencial, ha terminado relatando el dolor físico–…
Es lógico, pues, que el nuevo álbum de los de Birmingham tenga un aire hostil, casi desolador, que se centra mucho más en la instrumentación y las texturas que en la letra. “Decay” suena como el intento de plasmar en sonido un paisaje postapocalíptico y desértico, aunque con “desértico” no me refiera a un páramo, sino al esqueleto, por así decirlo, de una ciudad en ruinas. La percusión industrial, que a menudo suena como objetos metálicos chocando entre sí, los aullidos y chillidos penetrantes de los sintetizadores y las guitarras distorsionadas hasta quedar irreconocibles resuenan como un chirrido indefinible.
La parte central del LP vibra con riffs y ritmos llenos de odio de cinco minutos de duración, el estilo Godflesh característico, pero el verdadero núcleo conceptual de “Decay” reside en el tema inicial “Master And Slave”, denso y viscoso, y en el tema final, “Consume Me”, una tenebrosa composición que discurre lentamente, como arrastrándose. Juntas, suman la mitad de la duración total del álbum y recuerdan a los Swans de “Cop” (1984). Como testamento, “Decay” resulta no solo convincente, sino mucho más claustrofóbico que los discos de los noventa por los que se convirtieron en mitos (en su nicho, y a su escala), más centrados en los breakbeats y el drum’n’bass. Por suerte, Justin Broadrick va a poder seguir componiendo música electrónica bajo una lista extensa de nombres, entre los que se incluyen JK Flesh, Council Estate Electronics, Pale Sketcher y Tech Level 2. Además, Broadrick también ha anunciado que el undécimo disco de Godflesh ya está compuesto, con un título provisional de “The End”… y seguirán publicando grabaciones en directo de varias épocas. ∎