No hubo separación oficial ni acritud pública entre sus miembros, pero Howling Bells han estado doce años inactivos, un tiempo durante el que su vocalista, Juanita Stein, publicó cuatro álbumes en solitario. Australianos afincados en Londres, siempre medraron en esa segunda división –sin desmerecer– del pop de factura británica a la que no lograron trascender, pese a lo prometedor de un debut homónimo, “Howling Bells” (2006), que los puso en el concurrido disparadero de great big things surgidas de las Islas. Lo mejor que puede decirse de este regreso es que su sonido no ha envejecido, pero tampoco ha progresado espectacularmente: tan solo ha perfeccionado su fórmula, un intencionado compendio de fiereza y dulzura, entre lo abrupto y lo acaramelado, siempre con un ojo puesto en la tradición del rock alternativo noventero, ya fuera en su versión más fornida o en la más ensoñadora, y con un puntito –ya cada vez menos– de revisionismo blues. Me pasa con ellos algo parecido a lo que me ocurre con los británicos Wolf Alice: tocan varios palos y todos los tocan bien, pero sin demasiada profundidad, como si les faltara un punto de personalidad y más que una saludable heterodoxia les gobernara cierta indefinición. No ayuda a disipar esa sensación que hayan contado hasta el momento con un productor para cada uno de sus discos: Alan Moulder, Mark Stoermer, Daniel James Grech-Marguerat, Ken Nelson y ahora el también experimentado Ben Hillier (Blur, Depeche Mode, Elbow…).
Dicho esto, tampoco se le puede afear prácticamente nada a este quinto álbum. Suena exquisitamente, independientemente del poso que nos deje. Algunas de sus letras remiten a cuestiones de actualidad para imbuirse de energía y justificar su existencia en 2026. Y puede decirse que cada corte cumple su cometido. Las fornidas “Unbroken” y “Heavy Lifting” guiñan el ojo a aquel indie noventero (Belly, Veruca Salt, Magnapop) sin sonar obsoletas. El sustrato heredado de las dulces melodías de los girl groups de los primeros sesenta se nota en “Angel”, balada que en una primera escucha parece un cruce entre Echobelly y Julee Cruise, aunque si hablamos de Cruise más notoria es aún su sombra en “Looking Glass”, puro terciopelo lynchiano. “Sacred Land” es la única, con su hechura tan PJ Harvey, que remite a aquel tonelaje blues-rock que frecuentaban en sus primeros discos. Y “Halfway Home” emite la narcosis propia del universo de Mazzy Star y derivados. Tras recurrir al pop diáfano en la desengrasante “Melbourne”, ahondan en su veta más onírica con “Dreamer”, evocando a Beach House, y una “Chimera” con su puntito gótico, antes de volver al indie recauchutado de “Sweet Relief” y despedirse con la dulcemente quebradiza “Light Touch”. Es un disco consistente y sin demasiadas costuras, que cumplirá las expectativas de cualquier fan, acólito o seguidor circunstancial. ∎