Álbum

Javier Pérez Corcobado

Canción de amor de un día. CADUDLiburuak, 2026

Esta es una historia que bien podría haber terminado de volver loco al que se le ocurrió, pero que, afortunadamente, ha finalizado de la mejor forma posible, después de… ¿cuánto?, ¿quince, veinte años? Da lo mismo el tiempo: la envergadura del proyecto es digna de un Hércules. Se trataba de componer una pieza musical que durara exactamente 24 horas y la idea/locura es de Javier Pérez Corcobado: le vino a la mente en 2004, mientras se daba “un reconfortante baño” en su casa, para lo que había puesto un CD recopilatorio de no wave en el lector. La tercera canción le deslumbró: “No paraba de sonar un instrumental de guitarra, bajo y batería desconocido para mí. Me embelesaba escuchar esa música destruyéndose, novedosa, alterada, arrítmica e inarmónica, que parecía no terminar nunca. No se trataba de un bucle. La intriga me picaba, pero me sentía muy calentito dentro del agua espumosa”, cuenta al respecto. “Al cabo de una hora, mi curiosidad me hizo salir precipitadamente de la bañera e ir a comprobar quién era ese grupo o artista tan genial y extremo”. Decepción: no era una pieza de nadie; era un error fruto del azar: una gota de anís se había secado sobre la capa de lectura del CD, confundiendo al lector láser y desquiciando al reproductor…

Ese providencial suceso le hizo evocar los surcos cerrados de sus canciones “Ladrada del afilador” y “El corazón de tu cabeza”, con la que finalizaban, respectivamente, la cara B de “Tormenta de tormento” (Triquinoise, 1991) y la cara A de “Ritmo de sangre” (Triquinoise, 1993), dos de sus álbumes con Los Chatarreros de Sangre y Cielo, y la inequívoca intención de poner los nervios del oyente de punta.

Cinco años después, en 2009, ya viviendo en Bilbao, le habló a su esposa, Aintzane Aranguena, con la que comparte el grupo Los Morenitos, de ese quimérico proyecto de 24 horas, que hasta entonces solo existía en su mente y en un documento archivado en su ordenador al que había puesto por nombre “Canción de un día” –el título evolucionaría a “Canción de amor de un día”, y quedaría resumido como “CADUD”, incompleto pero eufónico acrónimo–. “A ella le pareció algo muy interesante, exótico y hasta útil para frenar a una sociedad tan afectada por el estrés. Me animó a retomarlo y empecé a tomármelo más en serio”. Primero digitalizó alguna viejísima grabación musical de su pubertad y otras piezas experimentales que había pergeñado mientras cumplía el servicio militar en Tenerife, entre los años 1983 y 1984… y empezó a componer.

La citada “Canción de amor de un día” ya está aquí, en un formato insospechado: cien fragmentos musicales unidos entre sí formando una única pieza, sin tracks. Su peso digital es tal que ni siquiera se puede transmitir como un WeTransfer del plan gratuito, porque supera los 2 GB de información: concretamente 25,79 GB…, a una resolución Wav de 24 bits/48 kHz. Podría haberse planteado como una caja de 24 CDs, pero el coste de producción sería inviable para la comercialización de una grabación de un artista alternativo, así que se optó por algo práctico y novedoso: un pen drive. Aun así, y puede que se deba a la vejez de mi ordenador, la descarga de iTunes es larga y la escucha solo me ha resultado posible sin parones con QuickTime Player. La presentación, sin embargo, es preciosa: el pen drive, de madera, se ha incluido, troquelado, en el interior de un libro de 196 páginas que expone no solo todo el proceso de elaboración, sino algo más… que el propio Corcobado explica en la introducción del volumen (de donde también se han extractado los entrecomillados precedentes): “En enero de 2011 decidí escribir un texto, un relato en forma de diario en el que se reflejaran las 24 horas de un día cualquiera de la vida de una persona cualquiera. Al final opté por ser yo mi propio conejillo de indias y relatar un día de mi vida en Bilbao, donde residía entonces. El texto es autobiográfico, pero con los nombres cambiados de los personajes. En tres meses terminé de escribir lo que vais a leer a continuación, y cuya intención inicial solo era confeccionar un guion para ordenar mis pensamientos y asignar fragmentos –pautas literarias– a los demás artistas participantes, como inspiración para componer sus canciones o instrumentales. Los 24 capítulos corresponden a cada hora del día, siendo el primero las 9 de la mañana, ‘Nueve h’, y el último las 8 de la mañana del día siguiente, ‘Ocho h’”. Y, efectivamente, como anticipa, el proyecto es coral y en él participan un montón de artistas españoles e hispanoamericanos, desde Nacho Vegas a Andrés Calamaro, pasando por Bunbury, Amaral, El Aviador Dro, Vetusta Morla, Suso Saiz, Esplendor Geométrico o La Fura dels Baus, además de esos nombres mucho más cercanos a la estética corcobadiana en los que todos los familiarizados con él podéis estar pensando: Aintzane con G De Gloria, Los Morenitos, Alicia Alemán, Fino Oyonarte (con y sin Clovis y con y sin Los Eterno), Justo Bagüeste, Bruno Galindo, Gonzalo Lasheras, Javier Almendral, Javier Arnal, Jesús Alonso (con y sin Les Rauchen Verboten), Cartografía del Ruido, Frank Rudow (ex Manta Ray), Susana Cáncer, Nacho Laguna, Erizonte, José Luis Moreno-Ruiz, Ajo, Forastero y Mar Otra Vez. La relación de músicos participantes se completa con Alex Eisenring, Atom Rhumba, Audience, Caballero Reynaldo, Carlos Ann, Cathy Claret, Charly Chicago, Cinexin, Francisco Eduardo Conde Ruiz, Delusion Of The Fury, Edgar Torres, Eureka Hot 4, Juan Mari Beltrán, Julio De La Rosa, La Muñeca De Sal, Lüger Magmadam, Mariona Aupí, Markus Breuss, Miguel A. García (a su nombre y al de Aaah), Motel 3, Mursego, Muzzikman Witxita, Raúl Lomas, Sixto Venganza, Tomás Virgós, V De Amor, Visor, Zhanna Dymchenko y Zü.

De la dificultad del proyecto habla a las claras comprobar que la gran mayoría de los cien fragmentos se grabaron y entregaron entre 2012 y 2013, con algunas piezas ofrecidas con posterioridad, pero no más allá de 2016. Han pasado ocho largos años tratando de conseguir financiación para el complicado ensamblaje de todos estos fragmentos (de duraciones tan variadas como el minuto de la aportación de Ajo con Richard Collins Moore a los cincuenta minutos de “La victoria”, la aportación del tristemente desaparecido Miguel A. García/AAAh –que murió a principios de enero de 2025, sin llegar a verlo publicado– o la hora del instrumental de Corcobado “El silencio lentamente”) y otro año más para la materialización física del proyecto. Por el camino, algún fallecimiento más, como los de José Luis Moreno Ruiz, Josetxo Ezponda, Javier Carnicer, Larry Martin, César Contreras, Mikel Caballero y Daniel Ulecia. Pero, como se puede leer en el libro, “también es bueno añadir que, durante todos estos años, algunos de los artistas de ‘CADUD’ han traído niños al mundo”.

Rescates musicales del pasado, pocos: apenas dos o tres piezas, entre las que destaca, por su rareza, un instrumental, de 25 minutos, “Ruido despacio”, que data de febrero de 1980 y es, posiblemente, la primera composición de Corcobado, cuando este era un mozalbete de 16 años, y también la versión de cinco minutos de “Un día triste y otro feliz”, de la que ya había adelantado una versión algo más corta en “Somos demasiados” (Intromúsica, 2019).

En el capítulo de “sorpresas”, están, qué duda cabe, la presencia de Vetusta Morla y Amaral, que participan, ¡ay!, con sendas piezas instrumentales: la de los primeros, una de tres minutos. La de los segundos, de veinte… En realidad, la intervención de Eva Amaral y Juan Aguirre no es tan sorprendente: Amaral ya había reflejado su admiración literaria por Corcobado en, al menos, dos ocasiones. La primera en “Te necesito” (incluida en su álbum “Estrella de mar”), canción en la que se escucha el verso “así es como yo contemplo / mi tormenta de tormento”, referencia a “Tormenta de tormento”, canción y álbum de Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Cielo, y la segunda en “La barrera del sonido” (canción incluida en “Gato negro, dragón rojo”, en la que se escucha el verso “que son demonios tus ojos de fuego”, referencia a “Demonios tus ojos”, canción y álbum del supergrupo homónimo de Corcobado y Javier Colis). La intervención de Nacho Vegas –con quien ya había colaborado Corcobado en el pasado, en “Diminuto cielo” (Astro, 1997), un álbum conjunto entre Corcobado y Manta Ray– es otro breve instrumental de dos minutos de duración.

24 horas de duración dan para mucho y me es imposible hacer una valoración crítica certera pese a las ocho escuchas completas y seguidas (¡lo juro!, aunque no se produjeran en plan maratón, sino retomándolo al día siguiente donde lo había dejado) de obra tan monumental, en la que la cabeza desconecta inconscientemente cuando menos te lo esperas. De todas formas, no estamos aquí para “descubrir” ese-single-imprescindible: si es eso lo que estabas buscando, no has entendido nada de lo que iba/va el proyecto. Pero, para tu información, te diré que sí: entre las 24 horas hay más de dos horas de hallazgos muy valiosos. Ahora es tu turno para empezar a bucear en sus profundidades… ∎

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