“Today I’m leaving / (...) I ain’t got no man / I got my own plan / (...) My road is a wild and a wide open road”. Sin intermediarios, sin anestesia y rompiendo las amarras del conformismo. Con esta declaración de independencia casi salvaje y envuelta en un mantra rítmico abrasador, se planta la tempestad en el corazón de
“Long Wave Home”. Quien avisa no es traidora. Ese grito de liberación pertenece a
“Big Storm”, la pieza que mejor define el monumental cisma vital e industrial que acaba de ejecutar la californiana
Jesca Hoop. Tras pasarse dos décadas asimilando las lecciones de los mejores artesanos de los mandos técnicos –desde las texturas de John Parish hasta los acabados de Blake Mills o Tony Berg–, la compositora ha decidido que ya es lo suficientemente mayor como para convertirse en su propio faro. Metió un puñado de discos duros en su caravana, se pateó las carreteras británicas grabando a sus músicos a quemarropa y se sentó sola ante la consola de mezclas. El resultado es su séptimo tratado de estudio, un manual de folk de cámara indómito que destila un descaro y una autonomía fascinantes.
Hagamos un rápido ejercicio de memoria colectiva, porque la trayectoria de esta tejedora de canciones tiene miga. Hablamos de una mujer que nació arropada por la inmensidad de California, que aprendió técnicas de supervivencia en los páramos de Arizona y que terminó ganándose el pan como niñera de la prole del mismísimo Tom Waits. Fue él quien, fascinado por sus maquetas imposibles, le abrió las puertas de una industria que la catalogó de inmediato como una rara avis inextinguibile. De su accidentado debut con
“Kismet” (2007) al preciosismo de
“Memories Are Now” (2017) o el reciente
“Order Of Romance” (2022), Hoop siempre ha sido una creadora de melodías laberínticas e impredecibles a la que el traje de estrella pop de consumo rápido le venía deliberadamente estrecho.
Para este disco, Jesca ha contado con la ayuda de unos músicos excelentes que le dan una gran variedad de sonidos al álbum. Tenemos la batería de Sebastian Rochford (de Sons Of Kemet), el bajo de Jon Thorne, los instrumentos de cuerda de Sam Amidon y unos arreglos de viento creados por Jesse D. Vernon que aparecen y desaparecen con mucha suavidad. La artista afincada en Mánchester utiliza muy bien todas estas herramientas para dar vida a un grupo de canciones variadas que combinan momentos duros con otros mucho más dulces.
Fijemos el microscopio en varias paradas obligatorias del trayecto. El recorrido se abre con
“Adam”, un tajante ultimátum de ruptura donde Hoop, cansada de esperar y sin paciencia, despacha un reproche directo sobre una relación que se ha vuelto unidireccional. En
“Now The Ash”, esta entrega se balancea sobre un pulso percusivo de inequívoco aroma norteafricano. Es un juego hipnótico y circular que se rompe en mil pedazos cuando el canto puro y sin vibrato de Hoop entra para recordarnos que todo lo que se junta termina desgarrándose, pero que aun así nunca hay que temerle al amor. La distancia da perspectiva, y tras años viviendo fuera de su país natal, la artista se calza los guantes de analista cáustica en
“Designer Citizen”, una burla minimalista que ataca sin piedad el adoctrinamiento y los tics dictatoriales de la política de su tierra mientras ella suelta con ironía que se va a reír viendo cómo se pierde su propio país.
También es de recibo pararse a degustar
“Caravan”, pista que despacha un perfume medieval precioso, mudando su voz hasta convertirla casi en una flauta de bolsillo, en un romance acústico que deriva en una auténtica peregrinación y entrega mística. En otra línea del mapa,
“Signal To Noise” inyecta una energía muy inquieta al álbum a través de un tema arropado por distintas voces, marimbas y campanas que suenan a cascabeles, el cual reflexiona sobre la necesidad de la solidaridad colectiva en un mundo lleno de ruido y noticias falsas. Tampoco conviene perder de vista el peso de
“Playground”, que se corona como el cénit discursivo de todo el trabajo. Se trata de una pieza (con ecos al sonido de Peter Gabriel) preñada de una rabia contenida que apunta directamente a las horrendas consecuencias de la guerra en Gaza. Sin efectismos, Hoop escupe verdades incómodas sobre cómo el lenguaje se convierte en un arma mientras las bombas camuflan el trauma de los niños.
Jesca Hoop ha facturado una obra de artesanía bellísima, secreta y misteriosa, con un nivel de texturas, madurez y honestidad intelectual abrumador. Ella buscaba crecer en su oficio y vaya si lo ha conseguido: ha firmado un disco desafiante y libre. Vale que en Mánchester llueve a diario y el cielo es de un gris plomo deprimente, pero al menos el berrinche
le coge con un buen paraguas en la mano y lejos del botón rojo de Donald Trump. ∎