Álbum

Kathryn Mohr

CarveThe Fenser, 2026

A grandes rasgos y etiquetas, hay a priori pocas diferencias entre este nuevo trabajo y el anterior “Waiting Room” (2025), debut largo oficial de Kathlyn Mohr: ambos están compuestos desde el aislamiento y en soledad, ambos orbitan los mismos temas –muerte, enfermedad, pérdida, ¿esperanza?– y ambos pueden inscribirse en una genealogía de cantautores estadounidenses malditos que han transitado el doom folk, el slowcore y otros paisajes fantasmagóricos. Y sin embargo hay entre los dos diferencias sutiles pero sustanciales: si “Waiting Room” se grabó durante una residencia artística en el frío islandés, este “Carve” surge de otra intensa semana de aislamiento pero esta vez en coordenadas prácticamente opuestas, en un Airbnb tematizado del Oeste perdido en el desierto del Mojave, en California, y el resultado es más cálido en todos los sentidos –para bien y para mal–. Más corpóreo, más presente.

Esto se traduce en algo esencial: Mohr utiliza aquí más su voz, y de manera más prístina, sin sepultarla; y del mismo modo hace que sean las guitarras desgarradas que guiaban los temas más accesibles de “Waiting Room” (“Petrified”, “Take It”, “Elevator”) las que cobren el protagonismo. En esa línea, encontramos aquí una continuación de los experimentos de la artista de Oakland con el imaginario más desértico y desnudado de PJ Harvey que marca el pulso del trabajo: lento y áspero pero en general directo, como los vaivenes slacker de “Doorway”, la pátina noise de “Angle Of Repose”, la ignición indie rock casi metalera de “I Do” o, sobre todo, una “Cells” que es de lo mejor del recorrido.

No quiere decir que lo folk se haya perdido, y todavía quedan rastros de la vertiente más etérea de Mohr en canciones como “Commit” y tomas mucho más acústicas como “Idiocy”, la extraña “Owner” –con su cascada de notas en un hipnótico fingerpicking– o “Trouble Me”, con reminiscencias de Grouper. La Liz Harris de “Carve”, sin embargo, sería más bien la que vemos en el verdadero eje del disco, “Property”: una que podría comandar con su voz a bandas como Earth o Sunn O))). La mencionada “Trouble Me” sigue a una especie de grabación estática de una noche terrorífica aludiendo a una contaminación por cromo (VI), y tras ella parece más bien una alucinación, una experiencia cercana a la muerte, la luz al final del túnel. Pese a que haya aquí que descifrar menos capas y entendamos la voz y el mensaje de forma más clara, “accesible” sigue siendo un término que se le escapa a la música de Kathlyn Mohr, decididamente comprometida con la incomodidad.

No en vano, “Carve” se abre en “Bone Infection” con una nube de bleeps, sonidos percutores, señales alienígenas, crujidos y drones; y sí, esta mórbida programación parece una infección carcomiendo poco a poco un hueso, pudriendo su tuétano. El emplazamiento final de otra pieza de drone aún más ominosa, electrónica y oscura, construida con grabaciones de campo prácticamente psicofónicas (“Crow Eyes”), nos hace pensar en una narrativa situacional, en un principio –la enfermedad– y un final –la muerte, “los ojos del cuervo”–, situando todo lo que sucede entre ambas en el terreno de la incertidumbre. En esa tierra liminal y maldita, ¿encontraremos algún día algún remanso de paz en la música de Mohr? ∎

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