Álbum

Kelsey Lu

So Help Me GodDirty Hit, 2026

Kelsey Lu nunca ha sido una artista con prisa por volver. Durante estos años ha estado ocupada con bandas sonoras, instalaciones artísticas, proyectos de moda y colaboraciones con Kamasi Washington, Yves Tumor, Sampha o Kim Gordon. Nada de eso parece un simple paréntesis entre discos. Más bien da la sensación de que el álbum es solo una pieza dentro de una forma mucho más amplia de entender la creación. Aun así, “So Help Me God” suena como un punto de encuentro para todas esas experiencias. No es un regreso a lo que hacía antes, sino una nueva versión de sí misma construida a partir de todo lo que ha ido explorando.

Hay una idea que atraviesa el disco: el cambio constante. No solo porque pase del pop orquestal a ritmos cercanos al drum’n’bass o a pasajes casi ambientales, sino porque las canciones parecen estar siempre transformándose. Se alargan, se repliegan, desaparecen durante un momento y vuelven con otra forma. “Reaper” lo muestra perfectamente: empieza como una delicada canción de soul-pop, se va deshaciendo poco a poco y termina reconstruyéndose con una energía distinta. Es la misma canción, pero convertida en otra cosa.

Se nota la presencia de colaboradores como Jack Antonoff o Kamasi Washington, aunque ninguno intenta robar protagonismo. El saxofón de Washington aparece integrado en la atmósfera de las canciones. La guitarra de Kim Gordon apenas llama la atención, pero ayuda a definir el paisaje sonoro. Incluso Sampha, normalmente tan reconocible, parece diluirse dentro del conjunto. Quizá ahí esté una de las claves del álbum. Lu no reúne estrellas invitadas para sumar nombres al cartel. Lo que hace es crear espacios donde todas las voces forman parte de la misma conversación.

En el fondo, “So Help Me God” es un disco sobre una ruptura, pero no sigue el recorrido habitual que va del dolor a la superación. Habla de la separación como algo que continúa abierto, como un proceso que nunca termina de cerrarse. Canciones como “Comfort” o “Running To Pain” se mueven entre el deseo de seguir adelante y la dificultad de hacerlo. Y cuando parece que la música va a ofrecer una liberación clara, siempre aparece algún detalle que introduce incertidumbre.

Hay momentos en los que la libertad juega en su contra. “Better Than That”, por ejemplo, parece algo dispersa y no consigue conectar del todo con la emoción que intenta transmitir. Pero incluso esas pequeñas irregularidades encajan con la lógica del álbum: Lu parece más interesada en reflejar las contradicciones de los sentimientos que en ofrecer canciones perfectamente cerradas. Lo más llamativo es que, pese a toda su ambición sonora, el disco sigue resultando muy físico. El chelo, el instrumento con el que Lu empezó su carrera, sigue siendo el ancla de muchas canciones. Se escucha el roce del arco, el peso de las notas, la respiración que hay detrás de cada interpretación.

Al final, “So Help Me God” no intenta resolver sus contradicciones. Conviven el pop y la experimentación, la belleza y la incomodidad, el deseo de avanzar y la imposibilidad de dejar atrás ciertas heridas. Si “Blood” (2019) mostraba a una artista descubriendo su lenguaje, este nuevo trabajo muestra a una que ya sabe quién es y que se siente cómoda moviéndose entre la incertidumbre y el cambio. ∎

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