Álbum

Kurt Vile

Philadelphia’s Been Good To MeVerve-Universal, 2026
Tengo el problemón de que, con esa cara de persona bonachona, de las que no solo te dejarían beberte todas sus cervezas, sino que además no dudarían en pasarte la última calada del porro mientras escucháis vinilos de Guided By Voices y Neil Young, de Dinosaur Jr. y Bob Dylan, de Pavement y Bruce Springsteen, a Kurt Vile lo abrazaría hasta tener calambres en los brazos.

¡Joder! He disfrutado tanto durante tantos años escuchando sus discos que rajar de él, del tipo que ha despachado álbumes del calibre de Smoke Ring For My Halo” (2011), Wakin On A Pretty Daze” (2013) o B’lieve I'm Goin Down…” (2015) –sin contar el debut de The War On Drugs, “Wagonwheel Blues” (2008)–, aunque sea mínimamente, solo un poquito, me parece traicionar a un amigo que nunca lo haría en sentido inverso.

Y vale, sí, “Philadelphia’s Been Good To Me” no es un mal disco, pero tampoco es muy bueno. Es un OK. Quizá un bien alto. Es bonito, porque todo lo que hace Vile es bonito. Pero a veces la belleza no es suficiente. Una línea recta agradable, pero algo monótona con solo unos pocos picos vitales al alza en el pulsioxímetro.

Oda y homenaje, égloga y carta de amor a su ciudad, Kurt Vile empezó a escribir este álbum bajo la supuesta premisa de que sería su último disco. Evidentemente, con 46 años, no lo será. Esperemos que no lo sea. Su primer largo en cuatro años –exceptuando algún que otro EP y diversos proyectos paralelos– nace de esa idea y llega acompañado de una convicción que el propio músico ha repetido en varias ocasiones desde que lo grabó en el estudio del sótano de su casa: que este es el mejor LP de su carrera. Quizá lo dice para autoconvencerse, quizá para hacerse trampas al solitario; o quizá lo crea de verdad. En cualquier caso, no lo es.

El principal pero de “Philadelphia’s Been Good To Me” es que es un ejercicio formulístico. Kurt Vile hace de Kurt Vile a la máxima potencia cayendo en sus propia ratonera en la mayoría de canciones. Hay momentos disfrutones, algunos instantes a los que quieres regresar. Como la inicial “Zoom 97”, ensamblaje perfecto entre los primeros Wilco y los Pavement de “Range Life”, ese “Chance To Bleed” a mitad de recorrido en la que Vile vuelve a recordarnos a un J Mascis flipándolo con el “Rust Never Sleeps” (Neil Young, 1979) o incluso la atemperadamente hipnótica e infinita “99th Song” (tres acordes zen en carrusel durante 10 minutos); el resto es un ejercicio de soft rock desde el margen alternativo, con sus características guitarras distorsionadas, pero cubiertas de una neblina envolvente, y esas baterías sutiles, casi infantiles (súmale aquí un sintetizador, una mandolina allá). Casi siempre ensoñador pero flirteando peligrosamente con el sopor en algunos de sus pasajes.

En su reseña, David Fricke, histórico editor de la revista ‘Rolling Stone’ (aunque firma el artículo para la británica ‘Mojo’), sostiene que uno de los principales valores del nuevo álbum de Vile es que “llega como una ensoñación oportuna para una época desquiciada: una reflexión sobre el arte de mantenerse en pie aferrándose a los lugares de los que uno procede”.

Fricke remata su crítica asegurando que no hace falta conocer Lincoln Drive, la carretera que atraviesa el barrio de Mt. Airy donde creció Kurt y sobre la que canta en “Zoom 97”, porque, partiendo de una geografía muy concreta, el disco acaba convirtiéndose en un ejercicio universal con el que cualquiera puede empatizar. Puede, pues, que el secreto para acabar de comprender y gozar de “Philadelphia’s Been Good To Me” sea coger el Oxford Dictionary Of English y ponerse a traducir. ∎

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