Además de un ácido pepito grillo del pop británico de las últimas décadas, Luke Haines siempre ha sido un auténtico freak de la cultura popular de su tiempo. Él mismo podría ser uno de los personajes que describió (y con los que tanto empatizó) en su estupendo libro “Freaks Out! Tarados, raros e inadaptados: ascensión y caída del rock and roll como Dios manda” (2024; Contra, 2025). Porque no se le escapa ni una. Si hace quince años ya dedicó un álbum a algo tan bizarro como las figuras del wrestling británico de su adolescencia y juventud (el disco “9 1/2 Psychedelic Meditations On British Wrestling Of The 1970s & Early ‘80s”, de 2011), en esta ocasión echa la vista atrás hasta reparar en los espacios televisivos de magia de los años sesenta y setenta: territorio de cuervos siniestros, casas encantadas, cartas de tarot y hechizos sobrenaturales que sedujeron a la chiquillería británica de la época. De los lugares más insospechados tiene que extraer la inspiración un tipo que lleva ya 16 álbumes a su nombre en los últimos 25 años: ya son doce más que los que se cuentan sumando las discografías conjuntas de The Auteurs, Black Box Recorder, Baader Meinhof o sus tres trabajos con Peter Buck. Pura incontinencia creativa. Un desparrame editor.
Obviamente, ni el público español puede estar familiarizado con lo que aquí se nos cuenta ni con personajes como Mick Robinson, Tommy Cooper o Graham Bond (sería como hablarle a un británico sobre la Bruja Avería o los Electroduendes) ni tampoco lo apabullantemente prolífico de la discografía de Mr. Haines puede redundar en que todo lo que publique sea sobresaliente. No hay disco suyo que no caiga en cierta irregularidad, menos cuando casi todos se estiran hasta las 15 o 20 cortes. Sería inhumano lo contrario. Este no es una excepción, pero me parece uno de los más atinados que ha desvelado en mucho tiempo. Y tiene un poco de todo. “Izzy Wizzy Let’s Get Busy” remite a los Auteurs más sofisticados y exuberantes, con esas cuerdas a lo Morricone. Hay mordiente, garra y chispa en canciones como “Mama Cass”, “Headchanger” o “Mick Robertson Says”, temas que no desentonarían entreveradas en algunos de sus mejores discos. Ecos del glam rock, cómo no, tratándose de la época que rememora, en “Death Card For The Kids” y “TV’s On All The Time”. Evocaciones de la abundante tradición de library music británica en “Tommy Cooper”, una tonada que comparte intriga e insinuación con cortes como “Spiritualist Church At 7.30pm Every Other Wednesday” o “Graham Bond Tutns On His Mellotron”. E incluso una magnífica “The Standing Stones Of The ITV”, que con su distinguido trote a lo Ray Davies conecta directamente con la parte noble de los primeros Auteurs: palabras muy mayores.
Una reflexión final: lo más granado de sus 16 álbumes en solitario daría para un fabuloso disco recopilatorio. No creo que lo veamos nunca. Así que lo mejor es que cada cual se haga su formidable playlist en la plataforma que estime. ∎