Álbum

Lykke Li

The AfterpartyNeon Gold, 2026

Lykke Li lo deja. Como persona inteligente que es, se ha cansado del ritmo absurdamente fragmentario de los tiempos, o para ser más precisos, de las presiones de la industria musical actual, de tener que atender a las necesidades del algoritmo y ver su trabajo troceado y relativizado para servir como papel pintado sonoro en TikTok.

Lo medio afirmó en una “listening party” en Los Ángeles y lo corroboraron del todo después sus representantes a los medios: “The Afterparty” es su último disco, el sexto en una colección que incluye verdaderas maravillas del pop moderno como el revelador “Youth Novels” (2008), el precozmente maduro “Wounded Rhymes” (2011) o el nunca del todo bien ponderado “so sad so sexy” (2018), producto de su fascinación por hip hop, R&B y trap.

Si en los cinco primeros álbumes, Li desvelaba una y otra vez su adicción al amor, en este canto de cisne se mueve por derroteros más existenciales, aunque sin dejar de lado su temática de cabecera. Como no podía ser de otra manera en esta maestra del doom-pop, la reflexión no se traduce aquí en automejora, en el ascenso a la mejor versión de uno mismo, sino en el descenso a los bajos instintos, el “deseo de venganza, la vergüenza, la desesperación, todo eso”, según explicó en un comunicado.

Es una perspectiva que no resulta evidente si solo oímos la música. Sobre todo en su primera parte, “The Afterparty” es más bien un party, a secas, en la que una orquesta de 17 músicos infunde épica emotiva y los bongós (tan importantes en la carrera del productor Björn Yttling, de Peter Bjorn & John) ejercen como elemento cohesivo rítmico. Pero si pegamos la oreja a las letras, nos daremos cuenta de que en “Not Gon Cry” Li no se divierte realmente, sino que se fuerza a sí misma a pasarlo bien: “No voy a llorar, es la lluvia / No voy a llorar, no, no / No voy a desperdiciar mis lágrimas en ti”. En la increíble “Happy Now”, a cuerdas y bongós se une un sintetizador rave, pero Li baila sola y despechada: “Me llevaste ahí, me llevaste allá / Me diste a probar la puerta del cielo / Enredaste tus dedos en mi pelo / Ahora soy la idiota, una jodida payasa”. Por suerte, en la también estupenda “Lucky Again”, basada en un sample del famoso “Spring 1” de Max Richter (& Vivaldi), aflora una mayor esperanza, un reconocimiento de que la vida son ciclos y hasta las cosas buenas pueden llegar a repetirse. En la balada final “Euphoria” y el medio tiempo “So Happy I Could Die”, lejos de hundirse en la desesperación, canta sobre la posibilidad de breves (quizá engañosos) momentos de felicidad.

El viaje (al fin de la noche) es corto, no llega a los 25 minutos, pero al menos se hace corto. Esa duración parece también una respuesta de Lykke Li a un momento en que los artistas pueden (por sugerencia externa o ampulosidad propia) lanzar tres álbumes en un solo día (hola, Drake), o un solo disco, pero de casi dos horas y 31 pistas (hola, SALEM). Ella tiene la elegancia de despedirse con nueve temas, en su mayoría de menos de tres minutos. ∎

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