Dejando a un lado dos discos en directo, “L’aigua no cansa” es el primer disco de la mallorquina Maria del Mar Bonet en nueve años, desde “Ultramar” (Picap, 2017). Recién cumplidos los 79 años, y con el triste precedente de Joan Manuel Serrat, asombra descubrir que su voz sigue siendo su voz: nada le ha hecho mella. Pero ¿para quién canta hoy la Bonet? Ella presentaba su nuevo disco en el bellísimo Palau de la Música de Barcelona el sábado 23 de mayo, mientras Bad Bunny daba su segundo concierto en el Estadi Olímpic… Puedo imaginar la edad media de sus respectivos públicos.
A finales de este año va a cumplir el sexagésimo aniversario del debut de la Bonet en los escenarios, el 19 de diciembre de 1966 en L’Ovella Negra de Barcelona, como integrante de el colectivo Els Setze Jutges. Su objetivo: ofrecer su poesía entroncando y renovando la canción folclórica balear y catalana. Y en esas sigue, con un capítulo más de una trayectoria discográfica que supera la treintena de referencias, convirtiendo la canción popular en lied y música de cámara, dotando su expresividad de una elegancia ultraterrenal.
De las nueve nuevas composiciones dos son sendas versiones de canciones populares mallorquinas –“S’aigo no” y “Sa ximbomba”, arregladas y adaptadas por ella misma– y otras dos recreaciones musicales de sendos poemas –“Blaus i sol de roses banques”, del fallecido poeta mallorquín Blai Bonet (1926-1997), y “Nit”, de Alcmán de Sardes, poeta espartano del siglo VII a. de C.–, pero cinco son piezas propias, con la colaboración puntual de músicos compositores como Toni Pastor –que ejerce, además, como su director musical de directo–, Toni Cuenca, Antoni Parera Pons, Mauro Pagani y José María Vitier.
El título del nuevo disco alude a una frase del folclorista mallorquín Rafael Ginard i Bauçà referida a la música popular y la poesía, según la cual estas, como el agua, “nunca cansan”. Todo su mundo panmediterráneo está aquí presente, desde la ligera sonoridad arabizante de “Blaus i blaus”, con la que abre el disco, a la proximidad con la tarantela de la Apulia italiana de “Cançó dels disbarats”. De querer buscarle tres pies al gato se podría decir, quizá, que no hay revolución, sorpresas o giros copernicanos en su nuevo álbum: solo “rutina” (¡entiéndaseme!) en la excelencia. Quiere uno imaginar qué sería de sus composiciones si hubieran caído en las manos de Raül Refree y se pone la piel de gallina. Su nombre ya era sagrado dentro de la música folclórica de las cuencas mediterráneas desde hace décadas. Pero queda la curiosidad por saber qué saldría de su interior si alguien la lanzara al siglo XXI, a la manera de una Shirley Collins, una Brigitte Fontaine o una Ingrid Caven, cantantes octogenarias situadas todas ellas en el futuro. ∎