“Go”, 1991. El primer single de Moby tomaba el tema que Angelo Badalamenti había escrito para Laura Palmer y lo aceleraba hasta convertir el duelo de un pueblo de montaña en algo que se pudiese bailar. Treinta y cinco años después, su disco número veintitrés, publicado el pasado mes de febrero, se abre con “When It’s Cold I’d Like To Die”, grabada en 1995 y devuelta a la circulación por “Stranger Things”, una serie que vende los ochenta a quienes no los vivieron. Entre los dos extremos cabe una carrera, y los dos se apoyan en la comodidad estética del pasado. Moby empezó sampleando la nostalgia televisiva de los adultos y termina prestándose a la de los adolescentes: todo ello, mirando al mismo televisor.
“Future Quiet” es su nuevo disco, que puede leerse de dos maneras diferentes: un futuro callado porque ya no queda nada nuevo que decir, o un futuro callado porque lo único que valdría la pena añadir, a estas alturas, es silencio. Moby ha grabado un disco sobre lo que ocurre entre la música y aquello que la rodea, y se lo dedica, sin nombrarlos, a quienes sostienen que el silencio es el material más importante para crearla. John Cage estuvo cuatro minutos y medio sin tocar una nota para demostrar que el silencio absoluto no existe; Moby presenta su propuesta a través de cuerdas, con un piano desnudo, algún sintetizador grave y varias voces invitadas que entran para una frase y se van. Ni un bombo, ni un break, ninguna de las máquinas con las que llenó pistas hace treinta años.
El apartado colaborativo no es nuevo: “Play” (1999), por ejemplo, se construyó sobre grabaciones que Alan Lomax había hecho a cantantes negros del Sur (casi todos anónimos) y las convirtió en estribillo de anuncios de coches, de bancos, de aerolíneas. Los niños y niñas españoles que nacimos en los noventa y tuvimos nuestra primera conexión musical a través de la radiofórmula conocimos al artista por su featuring con Amaral. Aquí ficha a gente como Jacob Lusk (que sustituye a Mimi Goese en la canción de 1995), serpentwithfeet, Elise Serenelle e India Carney.
Moby es un estudioso de la rave, pero en su cara más edgy. “Go” (1991) funcionó como himno de la escena breakbeat y hardcore británica. “Everything Is Wrong” (1995) todavía se movía entre rave, ambient y hardcore. El giro hacia el downtempo de “Play” vino después. Realmente, “Future Quiet” es coger la filosofía de la rave, despojarla del componente festivo y dejarlo en su pensamiento meditativo. La rave funciona en plural, igual que el álbum, pero ahora también puede escucharle con auriculares y de forma aislada.
Por eso, los momentos más extraños del disco son aquellos en los que se cuela el Moby electrónico, el de antes. “This Was Never Meant For Us” es el caso más raro: canta él mismo, con la voz filtrada como si llegara por un walkie-talkie, sobre un piano escueto y un sintetizador de timbre de juguete, que repite una figura ochentera. Por debajo asoman acordes que suben y muestras reproducidas al revés; suena a un Moby joven haciendo una colabo con el viejo. “Mott St 1992” lleva el nombre de la calle de Nueva York donde vivió ese año y recupera un break ralentizado, cuerdas largas y un sintetizador de ciencia ficción: tres minutos y medio de algo parecido a la alegría. “Estrella del mar” pone en primer plano la voz operística de Elise Serenelle y deja que las cuerdas, en tono menor, la cubran casi por completo. “On Air”, rescatada de su disco de 2024, le cede el centro a serpentwithfeet, que sostiene el estribillo (“It’s been a minute since I’ve seen you smile, but I believe in us somehow”) mientras las cuerdas cambian a través de un crescendo lentísimo. “Mono No Aware” encadena arpegios de piano cercanos a Philip Glass; “The Opposite Of Fear” y “Le Vide” estiran ocho minutos de sintetizador que aspiran a banda sonora. Casi todo en modo menor, casi todo a medio tiempo.
Un disco que se titula “Future Quiet”, que apunta hacia delante, está hecho casi entero de pasado, de un collage de canciones y sampleos que vienen de épocas que ya no existen. Moby se samplea, por fin, a sí mismo, anticipando un futuro que no tiene nada que decir. 60 años, veintitrés discos, un hombre que ya no quiere llenar pistas, si acaso vaciar habitaciones. ∎