Naomi Scott es una actriz que lanza un primer álbum como artista musical, pero eso no significa que sea una intrusa o caprichosa. En realidad lleva más de década y media haciendo música, casi siempre para ella, aunque lanzó EPs en 2014 (“Invisible Division”) y 2016 (“Promises”). Fue descubierta cantando en la Bridge Church del sur de Woodford (Londres), donde sus padres ejercían como pastores, y en tiempo casi récord estaba en Hollywood rodando una popular TV movie de Disney, “Lemonade Mouth” (Patricia Riggen, 2011), en la que, así es, cantaba además de actuar. Exhibió (demasiada) técnica en “Aladdin” (Guy Ritchie, 2019) y carisma de (ficticia) popstar en “Smile 2” (Parker Finn, 2024), para cuyo EP promocional cocompuso algunos temas.
Quizá animada por la experiencia de “Smile 2”, Scott se ha propuesto recuperar antiguos sueños musicales, aunque desde un planteamiento menos bombástico que en dicho filme. Apoyada en la producción por Lido (Halsey, Jaden, Aluna), busca un espacio ligero e íntimo en la escena del pop-R&B actual. Su primer disco, “F.I.G”, enamora tanto por lo que es como por lo que no es: ni efectista ni extralargo ni excesivamente artificioso. Suena a lo que Scott dice que es, una exploración de sus posibles otras vidas –con inspiración en la metáfora de la higuera de “La campana de cristal” (1963), de Sylvia Plath– a lomos de un sonido ensoñador y nostálgico.
La artista cita como influencias a Phil Collins, Kate Bush, Whitney Houston y la clase de música 80s y 90s que su padre tenía en el Windows Media Player. Pero en la inicial “Hellbent” recuerda más bien a la Solange producida por Blood Orange, la del EP “True” (2012); y de hecho, Dev Hynes aparece algo después como coproductor en “Cut Me Loose”, balada disco-pop sobre el tira y afloja en una relación al borde de la desintegración. Incluso cuando Hynes no está presente, se nota su influencia; esa capacidad para evocar los ochenta desde una óptica levemente retorcida o la lógica del sueño. Entre los otros grandes aciertos están “Cherry”, que apunta hacia terreno de Ariana Grande (también producida alguna vez por Lido) en los fraseos y de Jessy Lanza en el estribillo, o “Call For Me”, un volantazo hacia la synthwave con una melodía que aprobaría Annie.
Temáticamente, el remordimiento es quizá la clave. Scott nos recuerda en “Sweet Nausea” que no por darle muchas vueltas a una historia vamos a cambiar su final. En “Losing You” o “Bound”, la protagonista trata de aceptar que está perdiendo al ser amado y que cualquier aproximación solo serviría para marcar nuevas distancias. En “Rhythm”, compartida con el también sutil Johnny Yukon, la reflexión sobre el anhelo se desdobla en celebración de la música y su capacidad para afectar nuestra percepción.
Son solo once canciones, menos de media hora en total, apetecibles en cualquier momento, suaves sin llegar al muzak, dotadas de una misteriosa habilidad para hacer más sugestivos los momentos que ambientan. ∎