“Nostalgia. Es frágil, pero potente. En griego, significa literalmente el dolor de una vieja herida. Te golpea el corazón mucho más fuerte que el simple recuerdo”. Así explicaba Don Draper, el personaje interpretado por Jon Hamm en la serie “Mad Men” (2007-2015), lo que es la nostalgia, en una de las escenas más especiales que se han rodado nunca para televisión. La descripción la podría haber realizado también Paul McCartney, quizá el compositor vivo que más y mejor ha sabido destilar ese sentimiento a través de la música. A sus 83 años, “The Boys Of Dungeon Lane” supone un viaje oblicuo a través del tiempo, buscando instantes de melancolía atrapados en la memoria como si de ámbar se tratara.
“Solía pasar por tu casa / Cada noche, miraba hacia tu ventana / La luz estaba encendida y veía tu silueta en la persiana / Alguna vez pensaste en mí / Alguna vez crucé tu mente”. Así arranca “As You Lie There”, primer corte del álbum, relatando un amor fugaz, casi platónico, que quizá pudo ser. Sienta el tono lírico del disco, pero también el musical: un acorde disonante, un cambio de tempo, detalles psicodélicos. McCartney parte de su infinito saco de melodías perfectas, que permanecen impolutas, pero brilla en los momentos en los que encuentra un pequeño hallazgo sonoro o literario para no resultar obvio. Ayuda, por cierto, que toque prácticamente todos los instrumentos que suenan, secundado por el productor y compositor Andrew Watt (en su lista de colaboraciones aparecen The Rolling Stones, Dua Lipa, Post Malone o Pearl Jam, entre otros).
“Days We Left Behind”, una pieza acústica que se suma de inmediato a la lista de clásicos de la casa (“Blackbird”, “Junk”, “One Of These Days”, “Calico Skies”, “Jenny Wren”…, ya saben), brilla en su simplicidad y emociona ver el paso del tiempo en su voz. A cambio, “Lost Horizon” y “Ripples In A Pond”, aunque funcionan como un reloj suizo, dan cierta sensación de que podrían haber estado en cualquier disco del británico. Sin más. Paul podría hacer una canción así al día si quisiera.
“Mountain Top” es la pieza más psicodélica de la colección y quizá la que más conecta con “McCartney III” (2020), su predecesor. En “Down South” vuelve a recuperar las guitarras acústicas, en ese tono alegre-pero-triste que tan bien ha manejado siempre. La historia narra una aventura haciendo autostop junto a George Harrison (“Era una buena manera de conocerte / Antes de que aprendiéramos Twist & Shout”). No se puede pedir más. La referencia Beatles también está, claro, en “Home To Us”, el dueto con Ringo Starr. Es una canción sencilla, pero honesta y, también, llena de sentimentalidad bien entendida. “We Two” está grabada sobre una vieja cinta utilizada en los años sesenta por los Beatles y, con un sonido abiertamente retro, demuestra que su habilidad para hacer canciones perfectas sigue impoluta: está casi al nivel de “RAM” (1971) y “Band On The Run” (1973), sus dos mejores discos de los años setenta.
El boogie-rock de “Come Inside” queda un poco fuera de lugar. Tiene ese sonido limpio y profesional que a Macca tanto parece gustarle (y que, por ejemplo, el productor Nigel Godrich lo obligó a eliminar en “Chaos & Creation in The Backyard”, 2005, su mejor LP del siglo XXI). Más amable resulta “Never Know”, con melotrones, guitarras puestas al revés y un ingenioso juego vocal. Tiene dejes de “Distractions”, tema maravilloso incluido en “Flowers In The Dirt” (1989), y hasta de “The Fool On The Hill”.
La recta final del elepé deja el mejor sabor de boca y promueve la sensación de que quitando dos o tres piezas, el álbum sería mucho mejor; pero, a su edad, si alguien se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana, es él. “Life Can Be Hard”, con acústica, bajo marca de la casa y piano juguetón, es una maravilla. Puro McCartney, sin adulterar, el mejor. “First Of The Night” sigue en la misma línea, una corta pieza de orfebrería pop. “Salesman Saint” es otro tesoro: una historia sobre las experiencias de los padres de Macca durante la Segunda Guerra Mundial con tono de big band de jazz. Para cerrar, “Momma Gets By”, nuevo añadido a la lista de baladas pluscuamperfectas del repertorio del de Liverpool.
Resulta imposible disociar cada lanzamiento de Paul McCartney de su edad, de esa sensación de “¿Y si es el último?”. Se trata, por tanto, de un pequeño regalo que hay que disfrutar con mente y corazón abiertos. ∎