La intermitencia editora y la ausencia de ligazón con modas y tendencias de la actualidad han lastrado hasta ahora la proyección de Petit Mal, el proyecto (muy) personal que Suso Giménez –valenciano de 48 años– comanda desde hace dos décadas. Despuntó con “Finlandia” (2005), álbum que recabó cierto culto en la escena local, hasta el punto de que fue revisado diez años después por un variopinto elenco de músicos valencianos (Néstor Mir, Isa Terrible, Desguace Café o Perro Grande, en el disco “Visiones finlandesas”, de 2015), pero su eco no dejaba de transitar por un underground que lo era más por inevitabilidad que por vocación, porque lo suyo no tenía nada que ver –por ejemplo– con la bulliciosa escena del post-punk y el post-hardcore locales que se fogueaban en salas como La Residencia o Magazine. Ni tampoco con escuelas rock más veteranas, como la de Doctor Divago, La Gran Esperanza Blanca o Los Radiadores. Ni estilística ni conceptualmente. Sin embargo, tres álbumes han bastado para que el proyecto de Suso luzca por fin la continuidad, la claridad de concepto –desde lo visual a lo meramente sonoro– y la determinación que le faltaban. Y con una formación y un productor (Paco Morillas) tan eficientes como estables. Primero llegó “Andar sobre hielo frágil” (2019), pero han sido “Páramo” (2022) y, sobre todo, este “Como que nada ocurrió” –su mejor trabajo– los que han llevado su propuesta, entre el folk, la americana y un pop de autor que no renuncia a la factura de dianas melódicas irrebatibles (aquí hay unas cuantas), a su mejor versión. La más madura y lograda. La que demanda trascender su entorno más inmediato.
El equilibrio aquí conseguido entre sus distintos nutrientes es encomiable. Sobresalen tres clásicos instantáneos: el descorche con “Haré como que nada ocurrió” (con la guitarra de Juan Luis Salmerón dándole una pátina de rugosidad a lo Black Keys), “Para no desesperar” (con el teclado de Ana Sanz de Galdeano reforzando su vocación abiertamente pop) y la exultante “Partimos de un error”, todas luciendo textos sencillos que navegan entre el escepticismo y la esperanza, muy marca de la casa. Bueno, serían cuatro en realidad, si contamos el rescate de “Water Or Snow”, una de las mejores canciones de sus primeros tiempos (cuando aún se expresaba de vez en cuando en inglés, hace casi veinte años), reinterpretada con el contrapunto vocal de Carolina Otero. El trote country emerge en “Mala elección” y “Desde el pedestal”, con sus preceptivos banjo y pedal steel guitar. “El ojo del huracán” también registra autoridad para modular una americana en castellano que por estos lares ha lucido últimamente también en dominadores del género como Badlands. Y el folk-pop luce en “Quizá sea mucho pedir”, “Me conoces bien” y, sobre todo, en una bellísima “Desaparecerá”, con ecos a Nick Drake. Se trata, en resumen, de la maceración de un lenguaje musical ortodoxo pero versátil, de formas reconocibles pero sin deudas evidentes, y con más propiedades adherentes que nunca, con varios cortes que anidan en la cabeza para no marcharse en semanas. ∎