“Nada de fuzz. Nada de baladas. Nada de rollo Pink Floyd”. Con esas tres prohibiciones se metió Pond en el estudio para grabar su undécimo disco, y la lista ya dice más del grupo que cualquier nota de prensa. Porque Pond es precisamente la banda que ha construido veinte años de carrera a base de fuzz, baladas y rollo Pink Floyd, la hermana díscola de Tame Impala que siempre out-friqueó a Kevin Parker cuando este se hizo estrella. Reducirse a diez canciones y renunciar a sus trucos de siempre suena a suicidio creativo. No lo es.
“Skyworks” abre el disco con un groove de ventanilla bajada que habla de crisis climática sin sonar a panfleto, y ya marca el terreno: menos capas, más urgencia. El giro estilístico es hacia el new wave australiano con pinta de gótico de barrio, Sisters Of Mercy y Magazine cruzados con la Australia de las gafas de sol y la resaca. “Two Hands” nace de la voladura de los abrigos rocosos de Juukan Gorge por parte de Rio Tinto, cuarenta y seis mil años de historia indígena convertidos en escombro para ampliar una mina, y Nicholas Allbrook no se anda con metáforas al cantarlo. En la canción título repite “she’ll be right” hasta que la frase, ese comodín australiano para no afrontar nada, empieza a sonar a cómplice del desastre.
Lo mejor del lote llega donde el disco baja la guardia. “Through The Heather”, nacida de los experimentos con Ableton del batería James Ireland durante la gira europea del año pasado, es la balada que técnicamente no puede ser balada, aislamiento con regusto a codeína sobre sintetizadores fríos. Y “Tourmaline” resuelve en una frase seca, “violence bores me”, lo que a otra banda le habría llevado tres estrofas.
El precio de la dieta se nota al final. Sin fuzz que rellene los huecos, algún riff se repite de más y empieza a sonar a muletilla. Pero el cálculo sale a favor de Pond. Quitada la niebla, queda al descubierto lo que esta banda llevaba veinte años disimulando entre chistes y pedales: el mal cuerpo. ∎