Se preguntaba el compañero David S. Mordoh hace tres años si Porter Robinson podría ser el Paddy McAloon de la generación Z. Ahora tiene 32 años. Salvando innumerables distancias –no vamos a ponernos demasiado exquisitos–, si aquel “Nurture” (2021), su segundo álbum, fue algo así como su particular “Steve McQueen” (1985), este “SMILE!:D” bien podría ser como su “Jordan: The Comeback” (1990). Por su heterogeneidad, fundamentalmente. Por su disparidad de enfoques. No porque sus canciones sean más recargadas, que no lo son. De hecho, el de Atlanta ha querido desligarse más que nunca de cualquier vestigio EDM y retornar a las emociones y hechuras básicas de sus primeros pasos como músico, apostando por unas vibraciones positivas –esa colorida portada de estética anime– que, en realidad, a poco que uno se fije en sus textos, no lo son tanto. La apertura con “Knock Yourself Out XD” ya nos avisa, por otra parte, de que este es un disco melódicamente muy dosmilero (de la primera década de los dosmil, para entendernos), deudor de los tiempos de MySpace y del skate-pop-punk más chicloso, pese a que su inicio tan chiptune nos revele inequívocamente que estamos en los años veinte y el hyperpop es lingua franca para las generaciones más jóvenes.
“Cheerleader” enfoca las relaciones tóxicas entre fan y artista mediante un estribillo que apunta al cielo y un sonido que remite a unos Phoenix pasados por su particular tamiz generacional, mientras que “Russian Roulette” desmiente la tentación del suicidio (ya dijimos que la liviandad era solo aparente) con una progresión que, entre ecos dream pop y de sus admirados M83, desemboca en una eufórica cascada de beats. Dentro de una dinámica tan bipolar, es normal también que la resultona melodía de “Perfect Pinterest Garden” remita al primerísimo Justin Timberlake o que “Year Of The Cup”, que da la bienvenida al segundo tramo del disco, mucho más reflexivo y sosegado, ya levantado el pie del acelerador, recuerde por igual a los Death Cab For Cutie de su mejor época que a sus clones, Owl City. El dúo Frost Children contribuye a redondear los coros épicos de “Mona Lisa” y cuando la azucarada e intimista balada “Everything To Me” pone final a estos cuarenta minutos se queda uno con la sensación de que este tercer álbum no es tanto una progresión respecto a su predecesor como un ligero desvío a una vía de servicio paralela. ∎