Pussy Riot siguen vivas y activas. Recientemente, se aliaron con FEMEN para protestar en la Bienal de Venecia contra la readmisión de Rusia, y en su país de origen han sido declaradas un grupo extremista y terrorista. Además, Nadezhda “Nadya” Tolokonnikova acaba de publicar un libro, “Police State”, documentando su exposición-performance en el MOCA de Los Ángeles en la que denunciaba la represión policial tanto en Rusia como en el país en el que reside desde hace años, Estados Unidos.
Al lado de todo esto, siento que hablar sobre su música tiene algo de frívolo. Es cierto que el aspecto sonoro nunca fue prioritario en el colectivo, pero sí pudo haber tenido más importancia en sus inicios, más adscritos al punk. Las intenciones de Tolokonnikova –única representante actual de las Pussy Riot musicales– como aspirante a estrella del pop me despistan en este sentido. “CYKA” (“puta” en ruso) es su primer álbum y, aunque no resulta tan decepcionante como su mixtape anterior (“MATRIARCHY NOW”, 2022), sigue pareciendo un trabajo innecesario, irrelevante, rápidamente olvidable.
El mensaje es claro, bastante más combativo que el de su entrega previa, e incluye unas cuantas proclamas líricas reseñables. Me hace mucha gracia que, en Spotify, aparezca acreditado su archienemigo Vladimir Putin como intérprete en la canción “CYKA” (introducen un sample con su voz). Sus dardos también se dirigen contra el ICE en “FACELESS PIGS”, con formas que regresan a su oi!! primigenio, y en “GORE”, un rap blandito que cuenta con la colaboración de B-Real, de Cypress Hill. “DISOBEY”, más chillona y punk, hace referencia a su performance en Venecia, mientras que “CANDY DOPAMINE” carga contra la industria farmacéutica con formas de pop metal en compañía de los insufribles Avenged Sevenfold. “CANCEL ME” introduce un texto de resistencia y orgullo, pero la más interesante es “OUTRO”, dedicada a su madre fallecida, y en la que expresa el coste humano del activismo.
El gran problema de la facción musical actual de Pussy Riot es que el mensaje se contradice demasiado con el medio utilizado. El sonido sigue siendo genérico, insustancial, una especie de trance-pop de segunda B que ni siquiera movería a nadie en una pista de baile. Ante esto, cabe preguntarse qué sentido tiene que Nadya siga grabando discos, si es un mero divertimento para ella o si incluso puede resultar contraproducente en el sentido de que diluya el resto de las acciones del colectivo. Antes, la música era un elemento más de sus provocadoras performances. Ahora, no lo tengo claro y, confieso que, como admirador suyo, me deja muy descolocado. ∎