Rey don perro es el proyecto musical en solitario de Lluisen Capafons, batería y miembro fundador de la banda Gazella. En esta aventura sonora predominan, al igual que en Gazella, las sonoridades dream pop y shoegazae. Pero en Rey don perro Capafons explora el dream pop más libre y experimental, con buenos momentos para la contemplación y el uso del loop.
En “Mansión Castillo”, su primer álbum, habla de la casa en la que creció e inició su relación con la música y que ahora alberga Estudio Maret, su miniestudio de grabación. A través de nueve canciones y 22 minutos se explaya en una fórmula personal adentrándose por otros parajes más arriesgados.
“Intro” sirve de pequeño aperitivo para que entre “En París”, un estallido de dream pop con flautas en puro arrebato. Una canción que va instalándose como un amanecer musical, con elementos que aparecen, acompañan y finalmente impactan.
Las bases de “Mañana es mejor” sirven de destellos de una canción que crece en una exhibición de pop electrónico con ínfulas psicodélicas, con esas voces distorsionadas que cantan en catalán. Sirve como himno ante la desolación y se apodera como un mantra.
“Te vi llorar” es un medio tiempo que engancha mediante ese dúo inicial de voces. El pop lo-fi desgarra en una letra confesional: mostrarse, ver, llorar y aceptar. “Cántalo más alto / para escucharte en todas partes / que no te escapes de mi mente” son versos que apelan a la presencia e importancia del otro en nuestra vida. De ese ser especial presente. Pero también hace referencia a los desencuentros personales y al dolor producido.
En “Perrita” y “AAA” hay descargas de guitarras y bases rompedoras, distorsiones vocales, como si fuera una amalgama de videojuego acelerado con brotes industriales y matices hyperpop en ese “Calla / calla / calla” que resuena en “AAA”, como si por momentos quisiera acercarse al universo de Nine Inch Nails o Ministry.
Las atmósferas misteriosas y envolventes de “Cada nit” acompañan dos voces desando “bona nit”, el llanto de una cría, el sonido de las ovejas balando. Es como un tránsito o un preámbulo de “En casa”, donde se busca la tranquilidad, la paz (“Dentro de mí, todo está bien”), aunque aparezca cierto dramatismo (“Estoy listo para golpearme la cabeza contra la vida adulta”). Lo hace en un aire de levedad entre ruidos nocturnos y loops que se agrandan orientándose hacia el más allá. Buscando la quietud, a pesar del ruido y de los ladridos.
“Grrr” es un breve epílogo que transcurre entre texturas cristalinas, bases y deseos posibles (“Yo no voy a explotar”). Así se cierra un álbum muy curioso que circula como un flujo libre, condensado en peripecias pop y experimentales. Un disco que busca su propio lugar en la galaxia apuntando a un pop multidireccional por investigar. Y que acaba perdiéndose por algunos parajes para luego redescubrirse. ∎