Disco destacado

Rickie Lee Jones

Flying CowboysGeffen, 1989

Tópico uno: los críticos del rock (malos) siempre utilizan tópicos de rock (malos) para definir todo lo que ellos creen indefinible. Por ejemplo: como un torrente de emoción en movimiento a punto de desvanecerse en la oscuridad de cualquier habitación solitaria. Y quizá por eso suena a confidencia hermosa, a verdad pura, a pastel de limón, a guiño en la noche, a abrazo fuerte, a beso pequeño, a cinco años de ausencia. ¡¡¡Rickie Lee Jones ha vuelto!!!

En efecto, no todo está perdido. Rickie Lee Jones pasará a la historia como la cantautora más eficaz –la mejor– de la década de los ochenta; la más destacada, también, desde Joni Mitchell. Antes de los tiempos de Suzanne, Tracy, Michelle, Nanci, Phranc, Mathilde, Jane, Mary Margaret, Cindy Lee, k.d. y todas las demás, ya reinaba Rickie Lee. Y Rickie Lee Jones siempre ha sido básicamente grande, a pesar de los tópicos de rock malos de los críticos de rock malos.

Al margen de corrientes estilísticas o movimientos generacionales que hagan de una voluntad de musicar canciones toda una moda consumista –con el género femenino por bandera, en este caso–, Rickie Lee Jones siempre ha ido por libre. Por necesidad, quizá. Surgida en una época no especialmente propicia para el sentimiento de folksinger –finales de los 70, principios de los 80–, su obra ha ido ganando solera y valor con el paso del tiempo. Producto de cosecha señalada. Cargando injustamente con el apelativo no del todo exacto de Tom Waits femenina –referencias similares; próximos en personalidad; sentimientos comunes en un tiempo–, los que hayan podido acercarse a sus discos ya habrán comprobado sobradamente que la Jones es material autosuficiente. Fácil. Evidentemente.

Jazz, escena californiana y beat generation, dicen los que la definen. Susurrante, que no blanda, a la manera de una rompecorazones tristona, dicen los que la conocen; mejor, los que la querrían conocer. Siempre a punto de estallar de gozo, alegría serena, recogimiento noble, lirismo natural, marea de tiempo dulce. Rickie ofrece calidad sin la trascendencia de los gestos serios o las reivindicaciones a pelo.

Lo suyo es como navegar por el interior de una reflexión tranquila que de repente explosiona sin hacer ruido. Ella puede cantar. Se puede servir del calipso en una tonadilla encantada de reggae para expresar con devoción de iluminada el impulso mágico de un “oh, away from the sky” obnubilante. O de un pellizco aflamencado, o de un pasaje robado al Miles Davis todopoderoso, o de un rhythm’n’blues básico sin desarrollar, sonando siempre a producto “reconfortante” para los ya confesos y a desestabilizador para los no creyentes.

No tan rompedor como The Magazine” (1984), pero tan maravillosamente válido como aquel; sin renunciar a esos detalles extraños que a veces se ciernen inesperadamente sobre pasajes congelados en la memoria de un recuerdo lejano, justo cuando todos empezábamos a conocer a Rickie Lee por primera vez. A mí me ocurrió escuchando la radio. Era de noche, claro. Fin (tópico treinta). ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados