Álbum

Sidonie

Catalan GraffitiSonido Muchacho, 2025

Pasar de la lengua del imperio a otra minorizada: ese riesgo. Salvo que tengas el sustento garantizado en el circuito de la periferia estatal. Sidonie no lo tienen, ni mucho menos, porque hace ya tanto tiempo que se pasaron del inglés al castellano que casi nadie entiende su trayectoria sin los giros y las expresiones de la lengua cervantina (de hecho, han llegado a decir recientemente que expresarse en castellano les hacía sentirse culturalmente excluidos de un cierto concepto de catalanidad), por eso dicen –y seguramente acierten– que no será este el disco con el que se hagan ricos. Pero es lo que les pedía el cuerpo. Los cambios de idioma siempre son espinosos: que les pregunten a los Sopa de Cabra de 1993, por ejemplo, cuando lo hicieron al revés que Marc Ros, Axel Pi y Jesús Senra, pasando del catalán al castellano. No fue un tránsito especialmente bien acogido. Cuando vienes directamente del inglés, todo resulta más fácil: ahí están las carreras de Love Of Lesbian (en castellano) o Mishima (en catalán) para corroborarlo. Pero lo del disco número doce de Sidonie viene a ser como un triple tirabuzón (inglés, castellano y ahora catalán) de los que no se estilan. Y además lo ejecutan en su debut para la escudería madrileña Sonido Muchacho, que no les ha puesto ni un pero (y hacen muy bien). En cualquier caso, hablemos de canciones, que es lo que realmente importa: algunas de las que hay aquí son de las mejores que han hecho en toda su carrera.

Enlazar con la lengua en la que fueron educados en su adolescencia, en la que se han comunicado desde siempre con amigos y familiares, tiene mucho de reconexión con los principios básicos que los llevaron a dedicarse a la música pop, y es precisamente ese el punto fuerte de un disco que debe su génesis idiomática a “Portlligat”, incluida en “El regreso de Abba” (2020). Para eso, claro, has de superar una cierta barrera vital: la mediana edad. El tiempo en el que ya no tienes que demostrar muchas cosas. Cuando ya te puedes permitir estar de vuelta de muchos asuntos y transparentar tus filias (o incluso tus fobias) sin temor a que nadie te acuse de estar fusilando sin la menor vergüenza algunos libros de estilo ajenos. Marc, Axel y Jes tienen ahora entre 46 y 48 castañas. Los tiempos de la psicodelia, los sitares, el olor a pachulí y los ritmos del tardomadchesterismo son prehistoria. La portada no engaña: su berenjena aúna el guiño al “Trempera matinera” (1977) de La Trinca, el mítico plátano warholiano del debut de The Velvet Underground (1967) y la nostalgia teenager de la película “American Graffiti” (1973) de George Lucas, por el título. Manifestaciones artísticas que tienen, en su mayoría, más años que ellos mismos. Es un disco de homenaje a las raíces. De tributo a la cultura pop.

Es por eso que “Cançons que maten” se resuelve como un pedazo de impepinable jangle pop que tan bien podría encajar en la discografía de la interminable secuencia de émulos de The Byrds como en la de Els Pets. Es también por eso que “Et puc odiar molt més” recuerda tanto a los Cure más ágiles como a la tradición del indie pop británico de los ochenta. El trío funciona aquí como una factoría de golosinas pop que, de tan abundantes, parece que casi se les caigan de los bolsillos. A estas alturas dominan la fórmula con una suficiencia casi insultante. Como quien lava. Es fácil imaginar cualquiera de estas doce canciones bombeando su flujo a pleno rendimiento en cualquiera de sus próximos directos, convertidas en highlights de nuevo cuño. “Sé”, por ejemplo, con su ritmo vivaz, podría prender entre su parroquia como uno de sus nuevos himnos. Tiene todos los números. Reparten sus filias a ambos lados del océano: “Ets italià” tiene un barniz muy Smiths, el ascendiente de “Els Beatles” no hace falta ni que lo mentemos (yeah yeah yeahs de “She Loves You”, incluidos al final), pero “Sismologia” suena a new wave neoyorquina, “El cap ple d’ocells” a su reedición para el nuevo siglo (es decir, a los Strokes), “Boda” es una bonita balada años cincuenta (a lo Del Shannon, como destripa muy bien Miqui Otero en la hoja promocional) y “Mentida” cabalga sobre un ritmo Motown. Sidonie esmaltan su proverbial olfato pop con ecos del Brill Building, del merseybeat, de la nueva ola, del pop marcado por la tersura de las Rickenbacker y de la tradición indie pop anglosajona en un trabajo tan desenvueltamente honesto en sus intenciones como inapelablemente trufado de canciones que, en su gran mayoría –hay que reconocerlo– , son redondas. ∎

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