Desde el principio de su carrera, hace más de treinta años, Tom Jenkinson –aka Squarepusher– ha entendido la música como un espacio en el que poder confrontar ideas preconcebidas acerca de los géneros. En el que estos dialoguen en torno a sus similitudes y sus divergencias, planteándose siempre preguntas entrecruzadas. Su obsesión temprana por incorporar instrumentación orgánica, elementos jazz y dinámicas de banda en el drum’n’bass, por “naturalizar” los breakbeats y dotarlos de un componente “académico”, abrió el camino de lo que luego se consideraría drill’n’bass, y desde entonces ha desplegado su pasión por la fusión desde muchos ángulos: electrónica, avant-jazz, ambient, electroacústica, acid, música concreta, funk, música experimental... “Kammerkonzert”, su decimocuarto álbum, lo ve por primera vez acercándose a la idea de un concierto de cámara, y desde este formato más orquestal entrega el que es su disco más definitivo en décadas, uno que es puro Squarepusher, que captura a la perfección el alma del compositor y productor y que desarrolla largamente muchas ideas con las que ya había coqueteado con mayor o menor profundidad a lo largo de los años.
“Kammerkonzert” va, así, directo a la raíz. En muchos sentidos es su gran oda al bajista Jaco Pastorius y al alma inclemente y proggy de Frank Zappa, y a la vez captura unas ambiciones cinematográficas que siempre lo han visto canalizar el espíritu de Lalo Schifrin o Herbie Hancock y la intensidad de la música de espías, y que nos remontan a “Hard Normal Daddy” (1997). Por otra parte, parece suceder espiritualmente al experimento de jazz abstracto que fue “Music Is Rotted One Note” (1998), un trabajo desprovisto de samples y secuencias que hasta ahora era lo más cerca que el productor había estado de la vanguardia y del entorno más académico. Pero sobre todo consigue no desviarse demasiado de esa sensación de progresión que siempre destaca en la música de Squarepusher, esa intensidad intrínseca, la forma en la que lleva al límite las dinámicas de tensión y distensión, al trasladarse al contexto de cámara. Jenkinson, por fin, ha explorado un territorio que se encuentra más allá de los confines del “Rossz Csillag Alatt Született” (2005) de Venetian Snares.
En este sentido, la aproximación al third stream –la tercera vía– y a la música creativa del británico llega a través de sublimar su propia experiencia en el drill’n’bass como catalizador de la fusión: sus sorpresivas estructuras hibridan a la perfección con la instrumentación jazzística, y es de esa colisión de donde parten la mayoría de los desarrollos aquí, pero el peso melódico de los instrumentos, el hecho de remarcar sus distintos caracteres o de introducirlos casi siempre asociados a motivos concretos refuerza su relación con la tradición académica europea. “K7 Museum”, por ejemplo, es uno de los temas más jazzísticos del recorrido, una fantasía de sorpresas y juegos rítmicos que parecen estar guiados por la improvisación, pero parte de subvertir el uso de un instrumento barroco como el clavecín, que en la sección final contribuye a desatar un delirio reminiscente de las fases medievales del juego “Crash Bandicoot” y del dungeon synth. El mismo clavecín, aún más procesado, lidera la algarabía estructural que conduce al disco a sus más altas cotas de intensidad en “K10 Terminus”, rivalizando con la música de espías y el crime jazz de los cincuenta y los sesenta; en mi cabeza suena como una versión acelerada y espídica de “Atrápame si puedes”.
Todo esto refuerza la construcción de ambientes y narrativas por la que opta el álbum, y es aquí donde más deja ver su espíritu de “concierto”. Desde la inicial “K1 Advance”, todos los instrumentos –marimbas, metalófonos, idiófonos, crótalos y percusiones orquestales de todo tipo, junto a la formación clásica de un quinteto jazz– juegan con esquemas teatrales y sirven a una escenificación musical que entronca con los cuentos sinfónicos de principios del siglo XX, como se ve especialmente en el avant-prog de “K6 Headquarters” o en una “K13 Vigilant” muy virtuosa y expresiva que por momentos es como si un Danny Elfman poseído se hubiera encargado de la banda sonora de “The Sims”. “K5 Fremantle” directamente evoca el suspense de un thriller psicológico entre ambient oscuro, pianos ominosos, resonancias drone y cuerdas avant-garde. Y la increíble “K2 Central” apuesta por un desarrollo kosmiche verdaderamente cinematográfico. “K3 Diligence”, por su parte, ayuda a interiorizar la magnitud de la escala de un disco que deja la sensación de estar grabado completamente en un auditorio –y que nos recuerda que Jenkinson llegó a girar con la London Sinfonietta, una orquesta de cámara que incluso reinterpretó alguno de sus temas– pero que realmente está íntegramente tocado y producido por él mismo en la más estricta soledad.
En este sentido, “K4 Fairlands” resulta reveladora: pese al revestimiento orquestal, todo el fondo está construido con baterías programadas, breaks, detalles y glitches electrónicos, riffs que parecen sacados de un videojuego; según avanza el desarrollo, los electronics parecen apoderarse por completo de las cuerdas, pirateándolas y desproviéndolas de su componente humano de un modo que sublima lo que ya vimos en “Music For Robots” (2014). En plena pandemia, sin la capacidad de montar una banda, y tras un lesión en la muñeca que le impidió tocar el bajo, Squarepusher se encomendó a su manifiesto MIDI para construir, pieza a pieza, capa a capa, un álbum complejísimo que simula la escala de una orquesta, y que solo un ensemble podría reproducir fielmente en directo. La final “K14 Welbeck” parece no solo un guiño a su amor por la música de órgano, sino un homenaje al legendario cierre de otro gran disco de Warp, “R Plus Seven” (Oneohtrix Point Never, 2013). ¿Una metáfora que simboliza el hecho de que este disco está construido, aunque no lo parezca, a base de cortar y pegar? ∎