El cuarteto neoyorquino Sunwatchers es un torbellino de free-rock-jazz liderado por el guitarrista Jim McHugh, un personaje de la escena alternativa que hace gala de un concienciado izquierdismo, no en vano es el fundador y propietario de Property Is Theft –bautizado así en honor al eslogan “la propriété, c’est le vol!” imaginado por el padre del anarquismo, el francés Pierre-Joseph Proudhon–, un centro comunitario, local de conciertos y tienda sostenido por las ventas de libros y música radicales. Sin ir más lejos, este pasado septiembre se le pudo ver entregado a la causa, durante el NYC Anarchist Book Fair Music Festival, actuando con Eugene Chadbourne, guitarrista y banjista que es otra alma libre de la música. Su estrecha conexión ideológica y artística ya se puso en evidencia en el álbum “3 Characters” (2018), compartido por Charbourne y Sunwatchers, un potente artefacto en el que rendían tributo a Minutemen, a Doug Sahm y al músico vanguardista Henry Flynt, colaborador de La Monte Young y The Velvet Underground. El mismísimo Mike Watt participaba en algunas intros, en clave spoken poetry, de un disco que rescataba títulos tan irreverentes como “Political Song For Michael Jackson To Sing”, “Bob Dylan Wrote Propaganda Songs” o “Too Many Dociled Minds”, bebiendo a discreción de rock, jazz y americana.
Por su cuenta Sunwatchers han editado cinco álbumes. El primero, de título homónimo, lo publicó en 2016 Castle Face, el sello independiente fundado por John Dwyer para dar salida a la música de su grupo Thee Oh Sees, ahora llamado Osees. Y aunque a partir del segundo álbum, “II” (2018), ya pasaron a formar parte del catálogo del sello Trouble In Mind de Chicago, su relación ha seguido siendo magnífica: han sido los primeros en estrenar Discount Mirrors, el nuevo estudio de Dwyer en Los Ángeles, trabajando estrechamente con Eric Bauer, el ingeniero de la casa, y teniendo acceso a una amplia panoplia de instrumentos vintage, como un saxo eléctrico que perteneció a Eddie Harris o un bajo que tocó Klaus Flouride de Dead Kennedys. La portada del disco es cortesía del reputado grafista y activista Josh MacPhee.
En el sonido del grupo también tiene un papel destacado Jeff Tobias, al saxo, teclados y vibráfono, del que hace poco hablamos en Rockdelux por su también estrecha relación con el colectivo británico Modern Nature que dirige Jack Cooper. En ambos grupos, con sonidos antipódicos, Tobias es el encargado de realzar los aromas jazz y experimentales. Ambos lucen florecientes en “World People”, una andanada de casi siete minutos en la que se nota una clara influencia de Frank Zappa, en una catarsis que evoca los momentos más apabullantes de “Over-Nite Sensation” (1973), con un saxo graznando titánico en diálogo con una enfebrecida guitarra de riffs obsesivos. ¿Es punk, es heavy, es noise? Un poco de todo. Rítmicamente muy intenso y con filigranas de gran lirismo que se desdoblan en varias pistas como si hubiera una armada guitarrera pasada de dexedrina.
En la siguiente, “Too Gary”, no bajan un ápice el pedal apisonador del ritmo, aunque unos teclados minimalistas dan a la canción un tono juguetón que pugna por sobresalir en un muro de sonido en el que se deja entrever tangencialmente su querencia por el krautrock. Remata un inicio de disco tan incontestable como “T.A.S.C.” (o Theme for Anarchist Sport Center), una píldora punk-jazz de apenas un minuto inspirada por Sonny Sharrock.
Para coger aire, nada como “Foams”, un desarrollo de diez minutos más atmosférico, con unos riffs de guitarra que recuerdan el lirismo de Tom Verlaine en Televisión, dejando espacio para un saxo que cavila jazzístico en un solo que oscila de lo melódico a fraseos más free. Hace falta recordar que en su tercer álbum, el muy recomendable “Illegal Moves” (2019), incluían una versión del “Ptah, The El Daoud” de Alice Coltrane.
La canción de título funerario “Tumulus” está dominada por el sonido de un saxo eléctrico, dirigiendo un muro de sonido en el que guitarras y secuenciadores van de la mano, por encima de la consistente sección de ritmo que integran el rotundo batería Jason Robira y el bajista Peter Kerlin. Este ejerce de gran aglutinante de un sonido progresivo, en el mejor de los sentidos, que al final de la canción parece Albert Ayler llevado al terreno del groove.
Su variedad de recursos hace que se muevan como pez en el agua en el desarrollo entre dub, lounge y jazz experimental de “There Goes Ol’ Ooze”, humeante y misterioso hasta que llega el hachazo de una guitarra que recuerda al mejor Robert Quine. Cierra el álbum “Song For The Gone”, una elegía para los seres queridos que han abandonado este mundo, dominada por las volutas de diversas capas de guitarras, sobrevolando un mar de teclados que se encargan de proporcionar la solemnidad adecuada a un crescendo final casi litúrgico. ∎